Mujeres enfrentan temores e incertidumbre ante una posible liberación

Marcela Nochebuena · 24 de marzo de 2026

Mujeres enfrentan temores e incertidumbre ante una posible liberación

En la cárcel, las mujeres tienen que encontrar todos los días la forma de renovar un resquicio de esperanza, pero al mismo tiempo, cada 24 horas que se suman a su encierro se aleja un poco más la expectativa de una vida diferente.

Catalina está cumpliendo 20 años en prisión, desde su detención el 25 de marzo de 2006 cuando tenía 42 años de edad. Tenía una pareja que la engañó; decidió separarse de él y hacerse cargo de sus cinco hijos sola: tres hombres y dos mujeres. Los tres primeros están privados de la libertad también en reclusorios capitalinos.

Ella vivía en Iztapalapa. La detuvieron en su casa por una mala decisión, dice. Después de estar tres años sola, conoció a una persona que se dedicaba al secuestro, sin que ella lo supiera; él le pidió rentarle un cuarto a uno de sus amigos, donde metieron a una persona secuestrada y al día siguiente los detuvieron. Estuvo dos meses y medio en arraigo, y la sentenciaron al año, en febrero de 2007.

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Foto: Cuartoscuro

Asegura que hay muchas anomalías en su expediente. En su caso, el protocolo de Estambul fue positivo a tortura: la hicieron confesar bajo amenaza. Estuvo en un reclusorio capitalino, luego en Mexicali, y después cuatro años en las Islas Marías –donde aprendió a escribir—, hasta el cierre de esa prisión. Después pasó 8 años en el Cefereso 16, en Morelos. En julio de 2024 le concedieron su regreso a la Ciudad de México por cercanía con su familia.

Cuando murió su mamá, no estaba en la capital para ir a verla. Debido a los traslados, pasó más de 10 años sin tener visita. Ahora parte de su familia acude, pero acusa que a sus sobrinas ya no las van a dejar entrar. Dice que solo está esperando un milagro de Dios. “¿Cómo quieren que tengamos una reinserción familiar si no permiten que la familia nos visite?”, cuestiona en entrevista.

A Catalina la privaron de la visita de su mamá durante sus últimos años de vida, cuando son las madres, precisamente, quienes más acuden a ver a las mujeres privadas de la libertad (38.4 %). En tanto, apenas un 10 % recibe visita de su pareja, de acuerdo con el informe De la ausencia a la criminalización, que la organización EQUIS Justicia para las Mujeres presentará este martes.

La mayoría teme por ese rompimiento del vínculo familiar: “Este aislamiento y abandono se observa en las relaciones con la familia nuclear y extensa una vez que las mujeres son liberadas de prisión. Poco menos de la mitad tendría un lugar en dónde vivir al salir de prisión. De éstas, menos de la mitad volvería al hogar donde vivían antes de su detención”, describe el documento.

Las tareas de cuidados son otra constante en las historias de mujeres antes, durante y después de su paso por la prisión: “Cada vez que una mujer es encarcelada, no sólo se encierra un cuerpo: se fractura una familia entera”, advierte la organización. Los datos señalan que mientras la mitad de los hombres en prisión con hijas o hijos cuenta con una mujer —la madre— que sostiene y cuida, solo 2 de cada 10 mujeres encarceladas recibe el mismo apoyo por parte del padre de sus hijos. Las abuelas se hacen cargo en el 37.4 % de las veces.

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“Si no reconocemos el vínculo entre las ausencias en la garantía de derechos, cómo estas contribuyen a la criminalización de las mujeres cuando entran en conflicto con la ley penal, y cómo dichas ausencias se agravan durante y después del paso de las mujeres por la prisión, es poco probable pensar en una política de reinserción social que ponga en el centro a las mujeres, sus necesidades y deseos”, señala el documento.

Aunque desde 2008 ocurrió un cambio de paradigma en el sistema penitenciario en México, que pasó de enfocarse en “lograr la readaptación social del delincuente” a “lograr la reinserción del sentenciado a la sociedad y procurar que no vuelva a delinquir”, está lejos de hacerse realidad para las mujeres privadas de la libertad. Quedó en un plano superficial, pues sus historias dan cuenta de que sus derechos en prisión no se garantizan.

Cuatro aspectos son centrales en esta falla del sistema: omitir a las personas privadas de la libertad sin sentencia o quienes, con antecedentes penales, no ingresaron a prisión; plantear la reinserción como un asunto individual sin considerar a instituciones, familias y sociedad; mantener un concepto todavía centrado en la noción de seguridad, y no derechos, pues su finalidad es evitar la reincidencia —las personas siguen siendo objeto de sospecha—, así como no reconocerla como un derecho.

En lo que se refiere a educación, por ejemplo, aunque las mujeres muestran una mayor disposición a aprovechar la oferta educativa disponible, la mayoría de las personas privadas de la libertad no continúa con sus estudios dentro de centros penitenciarios; las mujeres indígenas o afrodescendientes son quienes más lo hacen.

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Foto: Cuartoscuro / Archivo

“¿No podré quedarme dormida 20 años y despertar después?”

Catalina dice que se lleva bien con todas sus compañeras, no consume sustancias, trabaja como maestra de tejido y trata de mantenerse ocupada siempre, pero el tema familiar es el que más le pesa: “luego entonces me retiran de mi familia, las convivencias, fue algo así como para quererme quedar dormida y no despertar… ¿No podré quedarme dormida 20 años y despertar después de 20 años?”, le preguntaba a una compañera.

Crecer las expectativas es difícil para todas ellas, pues 6 de cada 10 consideran que el haber estado en un centro penitenciario afectará sus posibilidades de reintegrarse al ámbito laboral una vez que cumplan su condena —27.7 % de las mujeres que sí tienen trabajo dentro de un centro penitenciario se dedica a labores artesanales—, y 9 de cada 10 mujeres reciben menos de 3 mil pesos al mes por su trabajo dentro.

La hija más chica de Catalina terminó por decirle: “mami, la vida sigue adelante contigo y sin ti”. “Me dolieron esas palabras como no tiene idea; me dijo ‘estás en la cárcel, trata de vivir tu cárcel, vívela como puedas y como quieras, échale ganas, recuerda que contigo y sin ti, y con nosotros y sin nosotros, la vida sigue adelante. Parece que me echaron una bandeja de agua helada en la cabeza”, lamenta.

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Todavía tiene esperanza de que se reduzca la sentencia por su comportamiento y su trabajo. Su hijo le dice que hay un nuevo licenciado que le dará asesoría jurídica. A su defensor de oficio le reclama no haber trabajado como debería, pues no ha logrado reducir su sentencia. “Por ustedes las cárceles están llenas de gente inocente, le digo, porque la verdad la culpable, anda libre. Y en la cárcel estamos los tontos pagadores, porque no tenemos dinero”, reclama.

Ante las anomalías, le deja todo a Dios. Su audiencia se ha suspendido tres veces, y ahora está programada de nuevo para el 25 de marzo, día que cumple los 20 años privada de la libertad. En dos más habrá cumplido la mitad de su sentencia y podría obtener una libertad anticipada. “Yo tengo mucha fe en Dios, que él me va a dar la oportunidad de salir de este lugar, y no volverme a juntar con gente que hace cosas malas”, asegura.

Sobre todo quiere recuperar el tiempo con su familia, y en particular con sus sobrinas y sobrinos que ya no podrán ir a verla. Insiste: “¿Cómo podemos tener una buena reinserción familiar? Porque acá adentro, pues sí, porque mientras yo me porte bien, tengo una buena reinserción aquí adentro, pero con mi familia, ¿cómo?”.

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Foto: Cuartoscuro

“Mi plan es irme de la CDMX, por la pena, la vergüenza”: Verónica

A Verónica su propia percepción de la cárcel la lleva a decir que cuando salga, su plan es abandonar la Ciudad de México por vergüenza. Antes de entrar al reclusorio, dice, le daba miedo todo lo que veía en la televisión. Ahora, cuando ve la desesperación de quienes venden cualquier cosa hasta en cinco pesos para comprar droga, sabe que aquello era solo un vistazo.

Llegó a un reclusorio capitalino apenas el 18 de diciembre de 2025. Dos años antes había conocido a un hombre con el que entabló una relación sentimental, “él en lo suyo y yo en lo mío” –aclara—, hasta que decidió empezar a trabajar con él vendiendo aguas y garrafones en un paradero de transporte público. Sostiene que está privada de la libertad solo por haber estado en el lugar equivocado. Fue acusada de extorsión.

Verónica pudo acceder a un abogado de oficio, que le dijo que se reservara el derecho a declarar. Después ya no supo qué hacer; considera que no ha tenido cómo defenderse. Ahora, ahí adentro, un lugar sobre el que ella misma tuvo prejuicios, todo le da miedo. Los ojos se le cristalizan cuando recuerda “lo fuerte que era allá afuera”. Le cuesta trabajo compartir la mesa con quienes gritan su delito, y por eso ahora se avergüenza.

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Su audiencia está próxima, pero no tiene los 920 pesos que le piden por reparación del daño. Aunque primero asegura que su pareja siempre está con ella, cuando llega al tema del dinero matiza que la ayuda de repente, y después le dice “o junto esta parte, o junto para mantenerme aquí (en su trabajo)”. Ella no había pisado en su vida ni una delegación, ni un reclusorio siquiera de visita.

“He aprendido muchas cosas, pero no está fácil, de no saber qué era un lugar llamado reclusorio…”. Está convencida de que su vida no volverá a ser posible en el mismo lugar: no quiere volver con esa vergüenza pública, como la considera, porque ella había gritado a los cuatro vientos que con todo y sus decisiones, no tenía de qué arrepentirse. “Mi único error fue estar donde no debí haber estado”, y ahí todo mundo la conocía, y la va a juzgar, sostiene.

Ese es su peor temor. Porque desde ahora, ya varias personas le han dado la espalda: la única visita posible sería la de su pareja, que alega que no la va porque necesita un documento de concubinato, y además ahora tiene lesionado el tobillo. Al momento de la conversación, lleva dos días sin contestarle. Su hijo, ya adulto, se alegra de que hoy, al menos, sabe dónde encontrarla, pero no va.

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Foto: Israel Fuguemann

EQUIS advierte que un reto persistente en materia de reinserción social es la falta de información respecto a la oferta de servicios pospenitenciarios. Siete de cada 10 mujeres privadas de la libertad no conocen ni han escuchado sobre algún programa pospenitenciario para reincorporarse a la vida en libertad.

Carolina, por ejemplo, desde otro reclusorio capitalino, cuenta que a pesar de que tiene hoy un hijo de 18 años, al que dejó cuando tenía apenas tres, ahora no sabe si quiere volver a la vida afuera: “a veces viene el sentimiento de que no me quiero ir, cuando yo siempre he anhelado una libertad. Tal vez por eso viene esa parte de no me quiero ir, no quiero ver, me da miedo; 15 años tan solo, no sé qué tan cambiado esté todo”, lamenta.

De acuerdo con el informe de EQUIS, quienes llegan a tener contacto con instituciones de reinserción social critican los tiempos de espera para el acceso, así como trámites complejos o poco claros. Algunas incluso refieren —documenta el informe— que se les ha condicionado el derecho a servicios pospenitenciarios a la participación en actividades abiertamente clientelares.

La organización llama con urgencia a sacar el tema de la reinserción de la agenda de seguridad y vincularla con una más amplia de derechos: “Debe verse como un continuum que considere a las personas desde que están privadas de la libertad hasta que salen de prisión, pues lo que está sucediendo en prisión no es ‘reinserción’ ni restitución de derechos, sino castigo. Y, en un futuro no tan lejano, plantearnos incluso un modelo que priorice medidas alternativas a la privación de la libertad o, incluso, un mundo donde las cárceles simplemente dejen de existir”.

Catalina, Verónica y Carolina conocen el temor, la incertidumbre y la inseguridad que les provoca la idea de volver, si lo logran, al mundo que las espera afuera. Pero la oferta pospenitenciaria, no.