Votar para estorbar al poder (o de cómo usar los acordeones en su contra)

Redacción Animal Político · 30 de mayo de 2025

Votar para estorbar al poder (o de cómo usar los acordeones en su contra)

En los últimos días hemos leído y escuchado a una gran cantidad de voces que comparten con distintos grados de orgullo que no acudirán a votar este domingo o bien que anularán su voto. Escribo este texto para cuestionar esta postura. No porque considere que los argumentos no son válidos (de hecho, me parece que todo argumento que sustenta una decisión es, por definición, válido para quien la toma), sino porque me parece que los argumentos para votar desde una postura crítica tanto frente a la reforma como frente al poder no sólo existen, sino que resulta importante al menos considerarlos. En la misma línea, aprovecho el espacio para compartir algunas ideas alternativas sobre cómo resistir activamente la concentración de poder y debilitamiento institucional que estamos presenciando.

Inicio estableciendo con claridad mi disgusto con la reforma judicial aprobada. La justicia en nuestro país es y lleva mucho tiempo siendo una tragedia. La reforma no sólo no corrige los problemas sino que los agrava. Pero esa es sólo mi opinión, la cual, aunque sea compartida por muchas otras personas, resulta irrelevante porque la reforma ya fue. Ya fue propuesta, ya fue aprobada y ya fue promulgada. Quiero también dejar en claro que esta pelea no se perdió en septiembre del año pasado tras la aprobación de la reforma. Se perdió desde antes del 2 de junio de 2024 con una serie de lamentables e irresponsables omisiones y torpezas por parte de las autoridades electorales que avalaron una sobrerrepresentación que, para fines prácticos, borró los candados constitucionales que se habían establecido desde la reforma electoral de 1993 para evitar que cualquier ocurrencia unilateral se convirtiera en texto constitucional. Esto y lo que siga es consecuencia directa de esas imperdonables faltas que abordé en su momento en este mismo espacio aquí y aquí.

Pero regreso a los hechos del presente. Este domingo se decidirá qué personas ocuparán 881 cargos del Poder Judicial de la Federación, más cientos de cargos locales. No importa cuántas personas emitan su voto o dejen de hacerlo. Este es el mecanismo vigente para definir a las personas que llevarán miles de juicios en todo el país. Lo que pase este domingo afectará, nos guste o no, a miles de personas que enfrentan o enfrentarán procesos judiciales. Con esto abordo el que quizá es el argumento más mencionado para no votar o anular el voto: “convalidar” la reforma judicial.

Vivimos, para bien y para mal, en una democracia representativa. La idea es que la ciudadanía elige a las personas que tomarán las decisiones. En este sentido, nosotras, como votantes, no convalidamos nada. La reforma fue convalidada por el Congreso y las autoridades electorales el año pasado. Si bien existen mecanismos de democracia directa en donde se pide a la ciudadanía su opinión con respecto a cuestiones públicas y/o de política pública, este ejercicio no va en ese sentido. Este domingo se trata de la elección de personas, no de recabar las opiniones de la ciudadanía. Por más loables que sean las intenciones de las personas abstencionistas, su conducta es indistinguible de la apatía. Quizá eviten la incomodidad de participar en un ejercicio plagado de problemas y con el que están en contra, pero no contribuirán en ningún sentido a cambiar aquello que no les gusta, ni mucho menos contribuir a mejorar la justicia en el país. No con esta decisión particular porque la resistencia pasiva suele ser, en cualquier contexto, la menos efectiva.

Hay quienes guardan la esperanza de que el partido en el poder –con una popularidad por los cielos y sin una oposición medianamente competente– reaccione ante una previsible baja participación. Sinceramente, no veo que existan las condiciones para que esto suceda. Si algo nos ha demostrado el oficialismo actual es que no encuentra razones para la mesura o la vergüenza. No las encuentra porque no las tiene y abstenerse de votar no cambia esta realidad.

Desde una perspectiva pragmática, no votar o anular el voto sólo contribuye, como diría una vieja canción, a darle más poder al poder. Desde una perspectiva aún más pragmática, votar, no votar o anular el voto resulta irrelevante para cualquier elección porque no incidirá en los resultados. Pero las estrategias electorales deben ser pensadas desde una lógica colectiva, no individual. Si el grupo de personas que se opone a la reforma cede voluntariamente cualquier mecanismo disponible (por viciado que esté) para definir a las personas que se ocuparán de las decisiones judiciales, no está enfrentando al poder ni lo está cuestionando, le está pavimentando el camino para adquirir aún más poder. Si una decisión se divide entre 10 personas, el peso relativo de cada una es de 10 %; en contraste, si la misma decisión se divide entre 2 personas, el peso relativo de cada una es de 50 %. Personalmente, esta me parece razón suficiente para emitir un voto este domingo. Por principio, decido contribuir con el ínfimo porcentaje marginal que me corresponde, a reducir el peso relativo del acarreo oficialista.

Entiendo perfectamente la reticencia a participar en un procedimiento opaco, injusto y perfectamente mal planteado desde donde se le mire. Mi primera respuesta es que ningún procedimiento es perfecto o se ajusta a lo que nos gustaría observar. Aún así, la evidencia nos muestra que la manera más efectiva de propiciar cambios es, por un lado, la participación, y por el otro la identificación clara de los problemas a corregir para poder establecer exigencias puntuales de cambio. Ahora bien, más allá de las críticas de forma y fondo a todo el proceso electoral, existen también problemas prácticos que deben ser abordados para poder ejercer un voto de resistencia. Quizá uno de los más mencionados es la imposibilidad de evaluar el perfil de todas las candidaturas que disputan algún puesto judicial. Empiezo diciendo que, efectivamente, resulta imposible evaluar a todos los perfiles. Sin embargo, aquí debemos preguntarnos qué nos motiva a votar. En mi caso, de las dos décadas que llevo votando, me parece que nunca he votado por una persona que me convenza completamente. Nunca me ha motivado la selección del mejor perfil. En realidad, la mayor parte de las veces he elegido a quien me parece menos peor. Esta vez no es la excepción.

En particular, en esta ocasión, mi motivación principal es votar en contra del oficialismo. En ese sentido, la creación y distribución de acordeones facilita enormemente la tarea. Si quien me lee desea ejercer un voto de resistencia dedicándole la menor cantidad de tiempo posible, mi recomendación sería que consiga un acordeón oficialista y lo lleve el día de la elección para votar por personas que no aparezcan en dichos acordeones. Si se desea dedicar un mayor esfuerzo, recomendaría buscar algunos sitios que han compilado información para descartar a aquellas personas que tengan posturas o vínculos que nos parezcan insostenibles. Evitaría dedicarle demasiado tiempo a las propuestas porque éstas no tienen realmente sentido, dada la naturaleza de los puestos judiciales.

Adicionalmente, puede usarse la información de postulación para generar atajos de decisión. Para la Suprema Corte, el Tribunal de Disciplina y el Tribunal Electoral sugeriría priorizar las postulaciones del poder judicial, seguidas del poder legislativo y dejar al último el poder ejecutivo. Al analizar los acordeones oficialistas que se han hecho públicos, es posible identificar que la mayoría de las candidaturas apoyadas por el oficialismo fueron postuladas por el poder ejecutivo. En el caso de las magistraturas y las y los jueces puede priorizarse a las personas en funciones, seguidas del poder judicial, legislativo y ejecutivo. ¿Es información perfecta, completa y garantiza sin lugar a dudas que no se cuelen perfiles indeseables? No. ¿No estaré descartando a buenos perfiles? Seguramente. Pero, siendo realistas, no es como que no hubiera ya perfiles indeseables y, a estas alturas, no se trata de garantizar que lleguen los mejores perfiles, se trata de seguir la lógica de los contrapesos al poder. Los acordeones nos indican con precisión las apuestas del oficialismo. Votemos en contra de sus apuestas.

Reitero que me parece que no ir a votar es tirar la toalla, es renunciar a uno de los mecanismos institucionales para protestar y resistir. Me parece que las condiciones actuales nos obligan a hacer uso de todos los mecanismos de resistencia posibles. Si la apuesta es por una democracia constitucional, entonces la resistencia debe ser a partir de las reglas constitucionales vigentes, por deficientes y aberrantes que nos parezcan. Históricamente, así ha sido. Los logros democráticos no se heredan, se defienden y se ejercen.

* Nuria Valenzuela Márquez (@nuriav) estudió Economía y Ciencia Política en el ITAM y actualmente cursa el doctorado en Análisis Experimental del Comportamiento Social en la Facultad de Psicología de la UNAM. Es analista, consultora y cofundadora de Crucigrama.

 

P. D. En un texto posterior, abordaré algunos de los problemas electorales que identifico en la elección judicial, con el afán de contribuir a la identificación puntual de exigencias de cambio.