Redacción Animal Político · 12 de noviembre de 2025
El agua es uno de los elementos vitales para conservar la vida y, de acuerdo con la Clínica Mayo, es el componente químico principal de nuestro cuerpo, pues representa entre 50 % y 70 % del peso corporal; ayuda a mantener la temperatura en niveles normales; lubrica las articulaciones y protege los tejidos; cada día, dicho líquido es eliminado a través de la orina y de la transpiración.
Si nos deshidratamos, el cuerpo altera su funcionamiento normal; uno de los primeros síntomas es el cansancio y el agotamiento, hasta llegar a perder la consciencia y tener delirios. Esto último se debe a que 80 % de la composición del cerebro —órgano vital para el cuerpo humano— es agua. Su óptimo funcionamiento nos permite pensar, imaginar, reflexionar, analizar, tomar decisiones, realizar cálculos, ejecutar acciones, dibujar o componer música, entre otras muchas tareas.
El consumo de agua es algo natural y forma parte de nuestra rutina, por ello es muy probable que no pensemos en que algún día no la tendremos. Hoy sabemos que es un recurso finito y que estamos muy cerca del temido día cero, un periodo en el que no podremos obtener el agua que requerimos para realizar las tareas mínimas que nos permitan vivir en condiciones de salubridad y limpieza (la Organización Mundial de la Salud calcula que una persona requiere 5 o 6 cubetas grandes al día para satisfacer sus necesidades), ya que no sólo será un problema de cantidad, sino de calidad y limpieza en las fuentes de agua.
Cada primavera y cada verano enfrentamos un periodo intenso de sequía y nos quejamos; sabemos que los niveles de agua en las presas son cada vez menores; que las industrias, la ganadería y la agricultura utilizan mucha agua para llevar a cabo sus procesos.
Bajo la amenaza de que algún día el agua se acabará, hemos modificado nuestros hábitos: nos lavamos los dientes con un vaso de agua y cerramos la llave cuando enjabonamos los trastes o ponemos una cubeta bajo la regadera para reunir el agua fría en tanto cae el agua caliente. Pero quizá ha pasado inadvertido el gasto de agua que genera el estrecho vínculo que hemos establecido con la tecnología. Usarla también implica un gasto considerable de agua.
De acuerdo con una infografía difundida en la cuenta de Instagram de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM (@dgdcunam), el uso de la inteligencia artificial (IA) también afecta nuestro consumo de agua, ya que “funciona con una gran cantidad de datos que se procesan y almacenan en enormes servidores”, los cuales generan calor y requieren sistemas de refrigeración (que funcionan con agua) esenciales para mantener los servidores a la temperatura adecuada para evitar que se sobrecalienten. En 2014, los centros de datos de Estados Unidos utilizaron agua suficiente para llenar 250 000 piscinas olímpicas.
Otro aspecto que impacta es el uso de la IA generativa, que ahora está disponible incluso en los teléfonos celulares, los cuales también utilizan una cantidad enorme de datos, energía y agua para generar textos. Chat GPT utiliza medio litro de agua para generar de 10 a 50 respuestas, eso puede sonar muy poco, pero al multiplicarlo por los miles de usuarios en el mundo, la cantidad de agua utilizada puede resultar inimaginable.
Aunque la mayoría de las empresas no revelan la cantidad exacta de agua utilizada en sus operaciones, lo que dificulta evaluar el impacto real en el medio ambiente, de acuerdo con una nota del periódico Excélsior: “Un informe ambiental de Microsoft reveló que, entre 2021 y 2022, el consumo de agua de la compañía aumentó 34 %. Este aumento coincide con el lanzamiento de ChatGPT en noviembre de 2021. OpenAI, la empresa detrás de ChatGPT, utiliza la infraestructura en la nube de Azure AI de Microsoft para entrenar y ejecutar sus productos de inteligencia artificial”.
El consumo de agua es una preocupación generalizada, pero no somos capaces de analizar las consecuencias del uso de los recursos tecnológicos que utilizamos. Existe una tensión invisible, que cada día se incrementa, entre el desarrollo tecnológico y la sostenibilidad ambiental. Que los centros de datos que entrenan y ejecutan la IA consuman grandes cantidades de agua debe preocuparnos no sólo por la ya señalada escasez del recurso hídrico, sino también por la desigualdad global, ya que las empresas tecnológicas acceden al recurso de zonas donde las comunidades locales tienen dificultades para obtener agua potable.
Además, la sociedad en la que vivimos se caracteriza por la falta de unión; somos seres individualistas con carencia de empatía hacia el planeta. Las necesidades humanas son prioridad por encima de los ciclos de la naturaleza; los cuidados hacia la Tierra quedan fuera de la atención de la humanidad, y esto es evidente en la crisis del agua a causa de la sobreexplotación de recursos, la escasez en zonas marginales y de producción agrícola, así como en la mala gestión del gobierno, el aumento del precio del líquido y de productos derivados. Todo esto son consecuencias alarmantes que comenzamos a atender, pero no siempre de manera uniforme.
Existe un privilegio social en cuanto al uso, consumo y almacenamiento del agua; el beneficio apunta a las clases sociales medias y altas, y se ha hecho evidente que su administración no responde a una justicia en la distribución de este recurso.
La tecnología nos ha permitido mejorar en muchos aspectos e incluso nos ha ayudado a enfrentar el cambio climático mediante el desarrollo de energías renovables y la optimización de procesos industriales. Sin embargo, su impacto a veces contradice sus beneficios. Su uso tiene un costo que no podemos seguir ignorando; el consumo de agua en ese rubro ha sido un aspecto que avanza silenciosamente y que no somos capaces de ver con claridad. Vivimos en una era dominada por la tecnología cuyos avances transforman nuestra vida, pero en su uso subyace un costo ambiental significativo que muchas veces ignoramos.
La justicia ambiental exige que los costos y beneficios del desarrollo tecnológico se distribuyan de manera equitativa, evitando que ciertas poblaciones sufran daños desproporcionados. Pero el uso de la IA, mediante sus centros operativos, generan una desigual distribución del impacto ambiental y de acceso a los beneficios, y al tener una mayor demanda de electricidad, contaminan más porque se incrementa la emisión de carbono y, por ende, el cambio climático.
Si bien el derecho al agua es un derecho humano reconocido por la Organización de las Naciones Unidas y por la Constitución Mexicana, todo lo anterior genera una desigual competencia por recursos hídricos; no existe transparencia en su igualitaria distribución y sin normativas estrictas sobre el uso del agua, que queda de manera arbitraria en manos de empresas privadas, puede generarse una explotación insostenible.
Aunque la tecnología revoluciona el mundo, optimiza recursos en las empresas, favorece el avance médico y la productividad individual y social, también impone nuevos desafíos y no debemos olvidar la importancia de mantener el equilibrio de nuestra vida, de nuestro consumo, del avance tecnológico y del daño que nuestro consumo (tecnológico, alimenticio, social) provoca en el medio ambiente. ¿Será posible avanzar tecnológicamente sin comprometer el equilibrio ambiental? ¿El beneficio de la IA justifica su alto consumo de agua y energía?
Incentivemos el uso más eficiente de las tecnologías, del agua y la energía, y busquemos equilibrar la innovación tecnológica con la protección de los derechos humanos y la sostenibilidad ambiental.
* Blanca Rocío Muciño Ramírez es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM, y maestra en Diseño y Producción Editorial por la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco (UNAM-X). Actualmente se desempeña como secretaria técnica y responsable de edición y gestión de publicaciones en el Programa Universitario de Bioética (PUB). Juan Pablo Tovar Sánchez es licenciado en Fisioterapia egresado de la licenciatura en Fisioterapia de la Facultad de Medicina de la UNAM. Actualmente es maestrante en Bioética por la UNAM.
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