De qué hablamos cuando hablamos de sinodalidad

Redacción Animal Político · 9 de noviembre de 2025

De qué hablamos cuando hablamos de sinodalidad

La palabra sinodalidad proviene del griego syn-hodos, que significa “caminar juntos”. Es la apuesta de la iglesia que busca responder, desde ahí, a la injusticia, a la guerra, a la polarización, al dolor. Más allá de un camino evangélico, es (o debería ser) un esfuerzo por reconocer y atender las heridas, redistribuir el poder, integrar a las periferias que habitan más allá de las fronteras, incorporar formas discernidas y comunes para tomar decisiones y mitigar el clericalismo y las estructuras verticales de las jerarquías, que poco tienen que ver con la iglesia que imaginó Jesús cuando creó aquella primera y muy diminuta comunidad de apóstoles.

Francisco hablaba de la sinodalidad como una manera de ser iglesia, como un horizonte para entender las relaciones dentro de ella y con el mundo. Y, en ese sentido, la sinodalidad es un camino político hacia dentro y hacia afuera de la iglesia. Político porque busca tender puentes, ampliar el horizonte de entendimiento, desdibujar las fronteras y acercar a quienes hemos ido expulsando a las periferias: víctimas, jóvenes, mujeres, migrantes, marginados, desplazados, comunidad LGBTQ+  y un largo etcétera de personas que no parecen encontrar su lugar dentro del pueblo de Dios.

Sinodalidad es el nombre que debería hoy tener la construcción de paz. Fincada en el reconocimiento de las diferencias, motivada por un deseo genuino de reconciliar y sanar las heridas y posibilitada por una escucha profunda en medio de la decisión radical de salir al encuentro del otro, la sinodalidad es una invitación a pensarnos y nombrarnos a partir de miradas distintas, más humildes, más humanas, más realistas, más conciliadoras.

La sinodalidad, así como la paz, es impensable sin la reconciliación, ese afán de reparar, sanar, repensar que exige el encuentro con el otro. La reconciliación implica memoria, pluralidad y un amplio proceso civilizatorio.

Para Ricoeur, la reconciliación no es posible sin memoria, porque una paz basada en el olvido reproduce la injusticia; es necesario un doble movimiento: reconocer el daño y reimaginar la convivencia. No es volver a lo que fuimos, sino crear lo que todavía no existe.

Hannah Arendt sostiene que el espacio político nace cuando nos reconocemos como pluralidad. La reconciliación se vuelve esencial para preservar la diferencia: permite que la acción humana —capaz de daño, pero también de perdón— no quede atrapada en un pasado que paraliza o destruye.

El proceso civilizatorio es el conjunto de transformaciones históricas mediante las cuales las personas desarrollamos capacidades para vivir juntos, regulando la violencia, creando instituciones y generando vínculos sociales más estables. Supone una evolución de comportamientos, normas y afectos que permiten que la convivencia sea posible más allá de la fuerza y el miedo. Es un logro colectivo en constante riesgo y suponerlo una conquista definitiva, como lo hizo Fukuyama, es ingenuo y peligroso. El proceso civilizatorio, tan añorado desde los griegos, es frágil, como frágiles somos los seres humanos. Las conquistas sociales son siempre volátiles, como volátiles son las conquistas personales, resultado de esas batallas que libramos en silencio. De ahí la importancia de reconciliar.

La paz, la reconciliación, la sinodalidad exigen repensarnos como seres humanos, como instituciones. No plantean una vuelta al pasado, un pasado previo a las heridas, idealizado, que quizá nunca existió. Exigen el valor de reconocer las heridas estructurales, la desigualdad, la exclusión hacia las periferias, el afán de no esuchar, el abuso y la concentración de poder, la injusticia y nuestras infinitas maneras de perpetuarla. Y, desde ese reconocimiento, desde esa memoria, imaginarnos un modo de ser distino.

*Ana Paula Hernández Romano (@ensusmarcas) es coordinadora del Diálogo Nacional por la Paz (@dialogopazmx).