Ser hija, ser madre

Redacción Animal Político · 22 de noviembre de 2024

Cuando nació Nicolás me di cuenta de que mi “ser madre” se había vinculado estrechamente con mi “ser hija”. Aunque ningún rol determina al otro, ambos se sujetan, a veces para bien y otras no tanto. Cuando tenemos hijos, si bien nos va, se nos ilumina el corazón y agradecemos lo que mamá y papá (si es que hubo) hicieron por nosotros a lo largo de nuestra vida, especialmente durante la infancia y adolescencia. Reconocemos lo complejo, demandante y desafiante que es criar.

Nos damos cuenta de lo que significa ser madre hasta que somos madres. Empatizamos, sin duda, pero también notamos con mayor claridad la diversidad de la maternidad: para algunas mujeres ser madre es poner el cuero de por medio, para otras no tanto. Para algunas es replicar lo aprendido, para otras es evitarlo. Para algunas solo se trata de sobrevivir: al mundo, a ellas mismas. Ser madre es voltear a ver a tu madre y a tu padre. Y reescribir tu historia a partir de mirarles distinto, no como héroes sino como seres humanos.

Conectar las memorias de la infancia con la experiencia de la maternidad puede ser una experiencia agridulce. Así como al convertirnos en madres se nos ilumina el corazón de gratitud, al ejercer la maternidad se nos encienden algunos cuestionamos sobre nuestras carencias emocionales: de dónde vienen y cómo se instalaron.

Durante estos últimos años me han surgido inquietudes, reclamos e incomodidades que han requerido ser trabajados (o de menos atendidos) sin hacer a mi madre y padre parte del proceso, porque ya no son la misma madre ni el mismo padre. Ya no somos el mismo río. En esta etapa adulta que nos ha alcanzado a los tres, cada uno es responsable de su propio cauce, aunque a veces nademos juntos o por lo menos cerca. Este desprendimiento ha sido elemental para comprender, perdonar y construir una historia diferente con mi hijo, que también integre los anhelos de mi propia infancia.

El perdón hacia arriba, hacia los padres, no se trata de una actuación espiritual magistral, sino de un acto racional que implica la aceptación del dolor en los momentos de mayor vulnerabilidad (cuando somos niños).  Supongo que para perdonar hay que comprender y para comprender hay que estar en el mismo lugar. Si la maternidad no trae consigo la comprensión de las decisiones de nuestros padres, entonces el ejercicio de perdón se transforma en aceptación: aceptación de que una es quien es gracias a ella y a él; y la aceptación de que una vez reescrita nuestra historia, es hora de dejar de mirar tanto hacia arriba, hacia lo que fue y no fue, y continuar tejiendo, hacia abajo, hacia los lados y hacia el infinito, lo complejo, demandante y desafiante que es criar.

Imagen de Penné para el blog de Bárbara Hoyo En la madre.

@barbarahoyo