Redacción Animal Político · 24 de junio de 2025
Después de matar a los sacerdotes en el altar frente a uno de sus hermanos jesuitas, después de haber permanecido los sicarios más de una hora en la iglesia, después de haber pedido ser confesados, se llevaron los cuerpos de Joaquín y Javier. Y el de Pedro.
A diferencia de miles de cuerpos que no devuelven, que no aparecen, que nadie encuentra, los devolvieron y los encontraron. Los sicarios los dejaron a la orilla del camino en el límite entre Bocoyna y Urique.
Las cruces, le dicen ahora a ese sitio en donde los dejaron de noche y a la intemperie. Ahí arrancó el sábado la caravana a tres años de su asesinato. Decenas de coches con banderas blancas, mujeres rarámuris con sus faldas de colores, músicos tocando lo necesario para bailar matachín o pascol y las hermanas y los sacerdotes decididos a no abandonar la sierra, a no dejar a las comunidades con las que todos los días deciden permanecer.
Con esa música resbalosa del violín y la guitarra que les enseñaron unos jesuitas audaces hace trescientos años, bailamos. Bailamos sobre el polvo de unas tierras deshidratadas acompañando a los rarámuris en la última celebración del duelo: tres fiestas por ser hombres, cuatro si fueran mujeres, una para cada alma. Y hay que despedirlas todas, una por una. Despedirlas y pedirles que no vuelvan.
Pero ¿quién querría volver del más allá a estas tierras mexicanas que se han vuelto inhabitables? Es verdad que hay atardeceres, colibrís y conversaciones que no tienen fin. Es verdad que nuestra comida es patrimonio cultural de la humanidad, que inundamos la vida con colores y sabores, que las playas son tibias, que se hablan más de 60 lenguas, que estas tierras vieron nacer a Sor Juana y a Rulfo, que el promedio de edad es de 29 años; que, por alguna razón misteriosa, estamos en los primeros diez lugares del índice de la felicidad y que el World Population Review nos otorgó el primer lugar del país más amigable del mundo. Es verdad.
Pero es verdad también que ocupamos los primeros lugares en homicidios, desapariciones forzadas y violencia contra las mujeres. Es verdad que la brecha entre ricos y pobres nos hace el segundo país más desigual de la OCDE, que tenemos siete de las diez ciudades más peligrosas del mundo y que contendemos por los primeros puestos de homicidios a sacerdotes, periodistas, defensores de derechos humanos y personas trans. Es verdad que se desmantelan instituciones y se desdibuja la división de poderes con aceleración de vértigo, que se descubren centros de exterminio, que el crimen organizado recluta por TikTok, que la impunidad ronda el 95 % y que en muchos de los territorios del país gobiernan redes de macro criminalidad.
¿Quién querría, pues, volver del más allá a estas tierras? Y, aun así, con sus bailes levantaron sus espíritus para que vinieran a acompañarnos.
De las cruces salimos rumbo a San Rafael, más bailes, más violín, más faldas de colores.
-¿Por qué los levantamos de sus tumbas?– le pregunto a Margarita con su sahumerio, su falda muy verde y muy floreada, su blusa muy morada y su paliacate amarillo.
-Para que se vayan y no vuelvan más– me dijo encaminándonos a Bahuichivo, mientras el cielo se debatía entre lloviznar y emborracharnos de sol.
Que no vuelvan, como no vuelven los desplazados a sus tierras, los migrantes, los desaparecidos. Que no vuelvan, como no vuelve el sosiego a quienes buscan a sus familiares arrebatados o lloran a un muerto que se fue mucho, mucho antes de tenerse que haber ido. Que no vuelvan, como no vuelven las ganas de resistirse a una realidad que corre como alud.
Resistir no es aguantar. Resistir es oponerse, es no tolerar; no tolerar el odio y la violencia descomunal que nos atraviesa. No tolerar el atropello, el abuso de poder, el adormecimiento anestesiado que nos asfixia. Resistir no es un verbo pasivo, es el más activo de los verbos. Resiste quien no se resigna. Resiste quien, con Camus, en lo profundo del invierno descubre en sí un infinito verano. Pero ese verano se quedará en golondrina si no encuentra un atisbo de ese mismo verano en los ojos de alguien más que, con miedo y en invierno, también asoma un verano.
Dejamos los coches a la entrada de Cerocahui y caminamos entre faldas de colores y caras que no hablaban. Repicaban las campanas con digna rabia y sin intención de detenerse.
-Habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra de paz y libertad- dijo el gobernador rarámuri en alguna de las paradas.
No quise decírselo y desilusionarlo, pero no. No habrá un día de paz y libertad. No lo habrá si no somos capaces de despertar e identificar el infinito verano que habita en cada uno debajo de la impotencia que provoca la realidad apabullante. No llegará ese día si esos veranos incipientes, pero infinitos, no se contagian. No llegará si no somos capaces de construir un sujeto social tan amplio, tan abarcador, que ahogue todo intento de aniquilar la vida. No llegará ese día de paz y libertad sin un nosotros que permita resistir, porque la resistencia es inimaginable sin un sujeto social que hoy es inexistente en México.
A las tres en punto repicaron las campanas en Cerocahui y en todo el país, resistiéndose al silencio, escapando de la resignación desolada de permanecer calladas. Repicaron en Oaxaca, Veracruz, Baja California Sur, el Estado de México, Coahuila, Sonora, Puebla y tantos más. Repicaron en catedrales, templos y parroquias. Repicaron buscando despertar el infinito verano que, estoy segura, habita en los corazones de la mayoría de quienes vivimos en este país.
En tres años, el Diálogo Nacional por la Paz ha logrado identificar a miles de personas dispuestas a resistir juntas, a resistirse al miedo, a la desesperanza, a la rendición, a la violencia, a la venganza. Somos miles. Pero tenemos que ser millones para que el verano compartido nos permita imaginar un país distinto al país que, como Saturno, devora a sus hijos. Un país que no se siente a esperar una paz y justicia que no llegarán jamás a menos de que sean intencionalmente construidas en todos los territorios. Un país que no desahucie a sus juventudes, que no mate a sus mujeres, que no nos inunde de niños huérfanos y de madres deshijadas. Un país que exija verdad y justicia. Uno que construya otra forma de mirarnos, de entendernos, de encontrarnos en un diálogo que posibilite acuerdos y cuidados. Un país que se resista, en fin, a terminar de convertirse en su versión de pesadilla.
El día de justicia y libertad no llegará si no convertimos la impotencia en denuncia, el miedo en articulación, la indiferencia en resistencia.
* Ana Paula Hernández Romano (@ensusmarcas) es coordinadora del Diálogo Nacional por la Paz.