Royally fucked

Redacción Animal Político · 15 de agosto de 2025

La historia de los safe havens —o refugios privados— de los ultrarricos no empieza con The Line en Arabia Saudita ni con los búnkeres de Nueva Zelanda, que han salido en las noticias en la última década; sus raíces son más largas y mucho más calculadas.

De los castillos medievales a los búnkeres de Silicon Valley

Desde la Edad Media, las élites han buscado lugares fortificados para protegerse de revueltas, guerras y pandemias. Los castillos eran la versión feudal de un compound: muros, guardias, agua propia y acceso a alimentos, mientras el pueblo lidiaba con la peste.

Durante la Guerra Fría, los búnkeres privados empezaron a construirse en serio. No sólo gobiernos; familias adineradas en Estados Unidos, Suiza y Alemania pagaban refugios antiatómicos bajo sus mansiones. La lógica era la misma: aislarse del riesgo masivo.

Con el cambio de milenio, entramos en la era de la “seguridad como estilo de vida”. Los compounds en islas privadas, fincas amuralladas y comunidades cerradas se volvieron símbolos de estatus. Lo que antes se justificaba como “protección contra secuestros” en América Latina o “exclusividad” en Estados Unidos, empezó a mutar en estrategias explícitas contra colapsos climáticos, pandemias y crisis políticas. Del 2010 al 2020 aparecen proyectos como The Line en Arabia Saudita, que es una ciudad lineal de 170 km, hipertecnológica, vendida como “sostenible”, pero con un control social total.

Luego está el Survival Condo (Kansas, Estados Unidos). Antiguos silos nucleares convertidos en residencias de lujo con piscinas, cine y huertos hidropónicos. O Nueva Zelanda que se convierte en destino fetiche de magnates de Silicon Valley para construir casas fortificadas y almacenes de provisiones, por su estabilidad política y aislamiento geográficos. También hay proyectos en Noruega, Suiza y Patagonia, que son comunidades de ultra baja densidad con acceso privado a recursos naturales, energía propia y seguridad armada.

Los ultrarricos buscan cuestiones muy específicas al invertir en estas mañas, pues privacidad y control absoluto –en modo– los compounds como el Koolau Ranch de Mark Zuckerberg incluyen túneles subterráneos, biometría, cercas de agua, enfoque en el aislamiento físico y digital.

Also autosuficiencia y resiliencia; infraestructura propia de energía, agua y comida, para mitigar riesgos de colapso social, fallas energéticas o pandemias. O hedge contra volatilidad extrema, pues las crisis geopolíticas o financieras llevan a preferir activos tangibles y poco líquidos frente a mercados financieros volátiles, e incluso diversificación estratégica, pues los ultrarricos destinan hasta el 50 % de su patrimonio a inversiones alternativas —bienes raíces físicos incluidos— versus solo 5 % en mercados tradicionales.

Y la pregunta obligada sería: ¿qué saben ellos que nosotros no? 

No es que tengan una bola de cristal, pero sí acceso a briefings de gobiernos, reportes científicos sin filtrar y consultores de riesgo global. Los temas que más los inquietan son el colapso climático acelerado (escasez de agua, migraciones masivas), inestabilidad política global y populismos extremos, pandemias más letales que el COVID-19, fallos en la cadena de suministro global y/o levantamientos sociales contra la desigualdad.

Así que mientras tú haces tu feedeco friendly”, ellos privatizan la selva, los glaciares, los mantos acuíferos. Y no para salvar al mundo… sino para salvar–se del mundo.

En mi opinión estos safe havens son –en esencia– un nuevo apartheid geopolítico. Son la versión arquitectónica de decir: “Si el mundo se quema, no es mi pedo, al fin y al cabo yo tengo mi burbuja”.

Una vitrina verde para el futuro… pero solo si eres parte del 0.01  %. ¿Y qué pasa con los demás? Con los que vivimos en departamentos con goteras. Con los que todavía creemos que votar puede cambiar algo. Con los que reciclamos como acto de fe #misviditas.

¿Qué pasa con los que no tienen un pasaporte dorado ni acciones en Tesla ni un búnker con jardín hidropónico? #pobraamiscielas.

Nada.

Nos toca mirar desde afuera. O peor: ser gestionados. Convertirnos en problema. En estadística. En “riesgo social”. El nuevo apartheid no es racial. Es ecológico, financiero y digital.

¿Tu país se vuelve inhabitable? Migrante. ¿Tu ciudad se vuelve ingobernable? Delincuente. ¿Tu comunidad se organiza? Amenaza.

El problema es que no son sólo espacios físicos; son también la metáfora de una economía que invierte más en huir del desastre que en evitarlo.

Mientras un puñado de personas se construye búnkeres con jardines hidropónicos y aire filtrado, el resto seguirá viviendo en ciudades cada vez más vulnerables a inundaciones, apagones y violencia como ya lo estamos viendo —obviamente– en México (porque país bananero no falla), pero –ahí te va– lo fascinante es que también ocurre en los Yiunaited, donde supuestamente es primera munda, bandita: en 2023 se estimó que el mercado mundial de bienes raíces de lujo alcanzó  903.2 mil millones de dólares, proyectado a crecer hasta 1.3 billón de dólares hacia 2032 con un CAGR (tasa de crecimiento anual compuesto) del 4.5 %.

Los ultrarricos suelen poseer en promedio 3.7 viviendas, con bienes raíces representando casi el 32  % de su portafolio y, de acuerdo con Knight Frank (2024), casi uno de cada cinco UHNWI (individuo con un patrimonio neto ultra alto) planea invertir en bienes raíces comerciales, y más de uno de cada cinco en residencia.

Checa que en Estados Unidos las ventas de viviendas por más de 10 millones de dólares aumentaron considerablemente entre febrero y mayo de 2025, incluyendo una venta récord de  225 millones de dólares en Naples, Florida. Palm Beach vio un 50  % de crecimiento anual en este segmento.

El mercado de ultralujo aquí en Manhattan tuvo su mejor primer trimestre en seis años: el 90  % de las viviendas sobre  3  millones de dólares fueron pagadas en efectivo; las ventas por encima de  5  millones de dólares subieron 49  % interanual. El valor total vendido fue de  5.7 mil millones de dólares, un 56 % más que el año anterior.

Lo más irónico es que, históricamente, estos refugios rara vez salvan a las élites por generaciones completas: los castillos fueron asaltados, los búnkeres se volvieron obsoletos, y el aislamiento absoluto termina generando conflictos internos medio cabrones (y SÚPER personales) que con el encierro se exacerban aún más. Mientras tanto, lo que sí hacen es que refuerzan la brecha y perpetúan la idea de que la salvación es un bien privado, no un esfuerzo colectivo.

Porque el verdadero safe haven no es donde nadie entra. Es donde nadie necesita escapar.

Olvídate del muro de Trump. La verdadera muralla es invisible, pero infranqueable: una muralla hecha de contratos, algoritmos, sensores, propiedad privada, narrativa tecnológica y miedo.

Y si el futuro es un compound, entonces que la revolución sea comunitaria, feminista, rural, urbana, incómoda, radical, imperfecta, pero viva.

Tal vez ya no podamos frenar el iceberg, pero aún podemos decidir cómo naufragamos. Con quién. Con qué valores. Y si será con dignidad o rogando por entrar a un paraíso que no nos estaba destinado.

O sea que a la mierda nos vamos a ir un chingo, incluidos todos los servidores públicos que en lugar de poner los recursos a disposición de los ciudadanos, roban y corren con cantidades que –aunque exhorbitantes– no les alcanza ni para su isla en Hawái ni para un slot en The Line.

Así que estamos todes, royally FUCKED.