De la admiración a la reflexión: redescubriendo la charrería con ojos críticos

Redacción Animal Político · 8 de enero de 2025

De la admiración a la reflexión: redescubriendo la charrería con ojos críticos

La charrería, declarada patrimonio cultural de la humanidad por la Unesco, ha sido para mí un símbolo de orgullo y cariño. Es un recuerdo vivo de momentos compartidos con mi abuela y ahora con mi madre, mientras vemos películas del cine de oro mexicano. Sin embargo, con el tiempo, comienzo a mirarla desde otra perspectiva: una tradición que encierra contradicciones éticas al utilizar animales como herramientas en prácticas que perpetúan dinámicas de explotación. Hoy invito a redescubrir la charrería desde una mirada crítica, reflexionando sobre su legado y el trato hacia los animales.

La charrería, reconocida en 2016 por la Unesco como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, es una tradición ecuestre, espejo de la historia colonial. Originalmente practicada por hacendados y trabajadores rurales, fue un medio para perfeccionar habilidades relacionadas con el manejo del ganado y un ejercicio de liberación y progreso para los campesinos. 1 Con el tiempo, evolucionó en un espectáculo competitivo que simboliza el orgullo nacional mexicano, y destaca valores como el respeto por el campo, el trabajo y la tradición.

Dentro de las suertes charras, el “paso de la muerte” es una de las más emblemáticas. En esta prueba, el jinete debe pasar de un caballo manso a uno bronco a todo galope, sin utilizar silla ni riendas. Los caballos son dirigidos mediante señales auditivas, olfativas y, sobre todo, táctiles, como los frenos en su cara y hocico, las espuelas en sus costados y las cuartas o varas para impulsarlos a avanzar.

En un principio, al no ser específico, pareciera no existir violencia; sin embargo, como se pregunta Ana Cristina Ramírez Barreto en su texto El juego del valor. Varones, mujeres y bestias en la charrería, ¿qué haría yo si fuera caballo?, luego de entender la práctica como ella la explica:

En la interacción con el/la jinete, los caballos tienen la expectativa de anticiparse a una señal intensa o un castigo, evadiéndolo, defendiéndose o cumpliendo con prontitud peticiones cada vez más sutiles. Si esta expectativa es sistemáticamente frustrada, si no hay coherencia en las señales que se le dan y la suspensión inmediata de la presión cuando ha cumplido la orden, lo que tenemos generalmente es un caballo confundido, sin interés por aprender, quebrado en su espíritu, a veces resentido e incluso peligroso para los humanos que se le acerquen.

Esta práctica, además, refleja un imaginario tradicional vinculado a la masculinidad. Desde la vestimenta hasta las narrativas heroicas que envuelven al charro, la charrería perpetúa valores asociados a un sistema patriarcal donde el control, la destreza física y la dominancia sobre los animales simbolizan virilidad, temeridad, dominio y autoridad. Estas características la convierten en un símbolo de un México rural idealizado, pero también en un terreno fértil para reflexionar sobre los valores que aún defendemos como sociedad.

El concepto de patrimonio cultural, según la Unesco, se refiere al legado que heredamos del pasado, vivimos en el presente y transmitiremos a las generaciones futuras. Bajo esta definición, el patrimonio debe entenderse como una fuente de vida e inspiración, un puente entre lo que fue y lo que será. Sin embargo, este ideal se enfrenta a tensiones cuando las prácticas reconocidas como patrimonio perpetúan formas de explotación o maltrato, como ocurre en la charrería con el uso de animales no humanos.

Dejar de ver el patrimonio cultural desde un enfoque estático y glorificante invita a analizar no sólo el valor emocional de las tradiciones, sino también sus implicaciones éticas y sociales. La charrería, al centrarse en la destreza humana sobre los animales, puede interpretarse como una expresión de dominancia que contradice los valores de respeto y equidad que intentamos construir en la actualidad.

Aunque es innegable que la charrería simboliza una identidad nacional y genera un sentido de pertenencia, es necesario reflexionar si las prácticas que implican el sufrimiento animal deben seguir siendo parte de lo que transmitimos a las futuras generaciones. Si los conocimientos heredados son un caudal de sabiduría, ¿no sería nuestra responsabilidad revisarlos críticamente para asegurar que evolucionen en armonía con los valores contemporáneos?

La relación entre los humanos y los demás animales dentro de la charrería genera sentimientos encontrados. Para quienes crecimos con esta tradición, representa un vínculo con nuestras memorias familiares, recuerdos de infancia y momentos de admiración; sin embargo, el conocimiento sobre el estrés y la explotación que sufren los animales en estas prácticas reconfigura esa relación, llevándonos a cuestionar lo que celebramos y perpetuamos.

Con profundo respeto, el ejemplo del trabajo infantil puede ofrecernos una gran analogía. Hubo un tiempo en que se consideró necesario e incluso honorable que niñas y niños contribuyeran al sustento familiar con largas jornadas laborales. Aunque esto era aceptado socialmente, la reflexión ética transformó la percepción de esa práctica, llevándola a ser rechazada en la mayoría de los contextos. De manera similar, podemos cuestionar si es ético continuar usando a los animales como herramientas en tradiciones culturales, cuando ya reconocemos su capacidad de sentir dolor, miedo y angustia.

La propuesta no es borrar la charrería ni sus memorias asociadas, sino transformarla: cuestionar colectivamente si estos actos deben ser preservados como prácticas vivas o resignificadas en archivos simbólicos que respetan la dignidad animal. Es un desafío que no se resuelve con prohibiciones, sino con una comprensión que transforma la memoria a partir de valorar tanto la historia como el respeto hacia todas las formas de vida.

Redescubrir la charrería desde una perspectiva crítica no significa rechazarla, sino entenderla en toda su complejidad. Las memorias que despierta, como las de aquellas tardes viendo películas del cine de oro con mi abuela, forman parte del cariño y del orgullo que muchas personas sienten por esta tradición, pero la charrería también nos plantea un dilema ético ineludible: ¿cómo equilibrar el respeto hacia los animales con la preservación de nuestras tradiciones?

Hoy somos una generación que hereda un caudal de conocimientos y costumbres que agradecemos y valoramos. Pero también tenemos la responsabilidad de decidir qué queremos transmitir al futuro. Si en el pasado aprendimos que las personas no deben ser herramientas de trabajo forzado, ahora entendemos que los animales tampoco deben serlo. Este cambio no se trata de un rechazo al pasado, sino de un acto de amor hacia lo que somos y lo que seremos.

La charrería puede transformarse en un símbolo de evolución, donde lo que amamos deja de ser una práctica viva para convertirse en una memoria compartida, en un archivo que nos conecta con nuestras historias sin perpetuar el sufrimiento. No se trata de destruir, sino de construir un legado en el que la tradición y la ética convivan.

* César Luciano Jiménez Chimal es estudiante de la carrera de Desarrollo y Gestión Interculturales en la UNAM, con enfoque en patrimonio cultural. Cursó una especialidad en artes plásticas y visuales en el Centro de Educación Artística Diego Rivera, donde desarrolló un interés por el uso del arte como herramienta de cambio social, alejándose de las narrativas institucionales del patrimonio. Jean Azcatl Pineda es licenciado en Geografía por la UNAM y especialista en geografía de los animales y estudios críticos del patrimonio y turismo. Actualmente es estudiante de la maestría en Geografía en la máxima casa de estudios.

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad exclusiva de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

1 Sanz, N. y Muñoz, I. (2018). Libro blanco del patrimonio cultural Unesco en la Ciudad de México.