Redacción Animal Político · 18 de julio de 2025
Pienso en lo absurdo que es que casi toda persona nacida en México haya oído la frase “pobre México, tan lejos del cielo y tan cerca de Estados Unidos” y que sigamos sin saber a quién adjudicarla. Lo pienso cuando me topo con una frase de Lindy West en su libro “The Witches are Coming” (Hachette, 2019). La traducción es mía (por eso el cambio de América por Estados Unidos):
“Al igual que Trump, a Estados Unidos le encanta mentir sobre sí mismo, y a lxs estadounidenses les encanta tragarse esas mentiras: cualquier cosa que nos borre nuestros pecados, que nos diga que todo estará bien, que nos convierte en el protagonista infalible y galante de la historia de la Tierra”.
Lindy hace tal sentencia en un texto donde ensaya la manera en que Trump llegó a su primer mandato haciendo uso de un discurso que señalaba culpables con dedo flamígero, usaba otros datos que sólo él creía y no ha podido probar al tiempo de echar mano de una popularidad obtenida con gestos, manotazos y palabrería. Vaya, de alguien que sabe permear la realidad a base de repetición constante de frases. ¿Nos suena?
Pobre México, tan cerca de pensar como los Estados Unidos. Lo hemos dicho antes en este espacio: esta especie de reality show de la política en que vivimos se parece mucho a ese que vemos en la pantalla llamada EU. Allá Trump dice ser “la persona menos racista” que conoceremos y acá escuchamos que estamos como Dinamarca. Que nunca nos van a mentir. Que el PRI robó más. Que bajan las muertes y que hay esperanza en México. Que el pueblo es sabio y quiere elegir a sus propios jueces y juezas. Que el Tren Maya y el AIFA y Mexicana son éxitos sin precedentes. Igual que el Gas Bienestar. Que es una buena idea vendernos chocolates rellenos, cubiertos, espolvoreados de bienestar.
El pueblo es sabio. Eso no puede negarse nunca. En medio de este constante bombardeo de verdades y posverdades, probablemente la equivocada aquí es Lindy West. Usted que lee esto pensando que todo está mal o yo, quien lo escribe. Probablemente lo más sabio que podemos hacer como pueblo es creernos el cuento con el que nos pretendieron fundar por cuarta histórica vez y a partir de ahí ver todo bajo otro color. Creer que el agua tibia nunca hervirá.
Porque desde el entendimiento de lo vivido hasta ahora, por supuesto que el pueblo bueno quiere oír que todo está y que todo irá bien. Se entiende. Nadie quiere un Díaz Ordaz otra vez. Un eunuco emocional que llore frente al país admitiendo que erró. Nadie quiere una mente maquiavélica gobernando y luego yéndose a ser mito en vida del país que pudimos ser.
Ni la pobreza ni la muerte ni la guerra de unos contra otros ni el saqueo ni el robo ni a madres buscando cuerpos que antes llamaron hijos. Ni la “Estafa Maestra” ni un Odebrecht ni otra Casa Blanca. Nadie quiere eso y por eso igual es mejor oír que no. Que ya no hay nada de eso. Que ya todo está bien, que ya todos y todas y todes estamos bien. Porque ahora en este país ya usamos la e para incluir y con eso acabamos con todo lo malo.
Piénselo así, usted; piénsalo tú, quien lee, que lees esto: tal vez en esta alteridad que han creado quienes nos han gobernado siempre, esta en la que vivimos entre muertos -sin poesía rulfiana de por medio- lo mejor es pensarnos más vivos y con más esperanza que nunca. Nos dijeron que eran la esperanza de México y millones, mientras tanto, esperan algo mejor, algo que se les sigue prometiendo. Un traje nuevo para vestir en el día más feliz del mundo. Un traje nuevo para el que no se requiere ser emperador o emperatriz. Un traje nuevo para quien no puede vestirse con el Balenciaga con el que los hijos del creador de esta posverdad, sí. Un traje nuevo y cosas bonitas para quien sí vive con 200 pesos en la bolsa cuando bien le va. Un traje de nuevo, cosas bonitas y esperanza para quien ya no quiere que le mientan y por eso confía.
El pueblo bueno es sabio, y seguro por ello ha apostado por creer.
Lo creamos o no.