Redacción Animal Político · 9 de junio de 2025
La maternidad es lo peor / mejor que hay en la vida. Sin duda.
Pero.
Dejemos de romantizar la ecuación más perra, radical, importante e imprevisible que jamás haya existido.
Estoy pariendo una nueva yo, porque la de antes ya me apretaba. Me desacomodaba todo.
Me cansé de no saber estar.
Estar sin habitarme.
Estar sin mí, pero siempre conmigo en cada imagen distorsionada que surgía de una realidad cabrona.
Mi cabeza como una flor que no abría porque no había suficiente luz.
Mis pistilos permanecían en posición fetal. No querían nacer, porque les contaron que cuando naces, hay quienes te arrancan de ti y se entintan sus corazones con tu polen para brillar mientras te aplastan.
¿Cuál será el aroma del aburrimiento?
¿Qué sustancias segregamos cuando estamos aburridos?
Me aburrí de ser yo.
De estar en mí. De todos esos achaques espirituales. Del juicio talla extra large.
Cuando la veía de afuera a esa que yo era, veía pura cosa de perfección. La veía y hasta la admiraba. Sentía respeto, seducción y envidia.
Claro, viéndola de lejos porque nomás habitaba ese cuerpo mío, todo se enredaba y no quedaba un hilo suelto con el cual des-reburujar la madeja de mierda.
Todo convertido en esa masa reciclada; de esa que bien moldeada hace formas bien bonitas sobretodo navideñas, alegres, perfumadas de encanto; de las que ponen nacimientos con todo y niño Jesús y preferentemente artesanales. Donde todo es dizque dizque. Bueno ya sabes lo que te digo: por afuera me gustaba mucho, era nomás cuando veía por dentro que me ponía dudosa porque intuía lo que atraviesa la carne. Y es que el pensamiento también trae face-tune y te da la impresión de que todo está bien, cuando en realidad está medio del huevo.
¿Te ha pasado confundirte así?
Cállate y corre al espejo de nuevo para ver eso que te han contado los que tanto te han amado. Ese animal genial de mirada profunda. Esa belleza.
Esa belleza…
Y no, no es que les haya creído ni media palabra -ojo-, nomás me lo aprendí de memoria todo de escucharlo harto.
Pero.
Luego la mente se desmaquilla, se quita los filtros y el espejo me escupe una especie de lepra no solo en el pensamiento.
No.
También de cada frase chula que yo tenía memorizada de la del espejo.
Niña mala.
Mala madre.
Perdía mi centro y no me hubiera dado tanta hueva si de vez en cuando lo hubiera encontrado.
Pero no.
Grasa intelectual.
Mana, es como si te vendieran Kobe Beef, pero te sabe a salchicha Swan. Y no es como que me vomite la salchicha -no-, pero wey, me vendieron entre vergazos, vergüenzas, cariñitos, actos heroicos y humillaciones que yo era Kobe Beef. Cuando lo podía ver, pensaba —me voy a ir a la lumbre un rato para ver si alguien me sigue, me salva o me hace el favor de dejar que me convierta en carbón.
AGOTADOR.
Y entonces salpicada de la magia que siempre me acompaña, me embarazo en plena menopausia de mí misma. Ha sido largo el trayecto, pero ando pariendo a una persona que entre más injusticias le ocurran o mientras más sola la quieran dejar, más ganas le dan de vivir.
De ser valiente.
De ser valiente y quedarme hasta el último segundo que me toque estar aquí.
Así, por puras ganas y por lo que falta; por lo que pueda yo dar y servir, contribuir.
Pero también porque sé que la vida conmigo vale mucho la pena y esa sí que no me la pierdo.
Quiero que sepan a los que nacieron de mí lo que duele, para ahorrarles la pena de cometer los mismos errores dos veces o tres o mil.
Para que ya nunca se dejen lavar el cerebro por nadie (aunque sea sin que se den cuenta).
Que sepan amar al límite, y que logren ser leales a los que los cuiden y los amen sin interés.
A los que les curen las gripas con aromaterapia y besos.
A quien no los juzgue nunca. Al que no les mienta. A los que los ayuden en todo sin comerciales y sin esperar nada a cambio.
Si aprenden eso antes de volver a abandonar a alguien que les haya dado la vida, me voy a la hora que la señora diga y con una dignísima (y elegante) sonrisa.
Como cuando me iba a morir, pero me picharon otra ronda.