Claudia Ramos · 6 de febrero de 2026
El pasado 14 de enero, desde el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, convocamos a una conversación pública con María Teresa Blandón Gadea, socióloga feminista y activista nicaragüense, actualmente exiliada en Costa Rica. En este texto comparto la entrevista con ella.
El encuentro partió de una inquietud compartida: pensar los autoritarismos en Centroamérica no como fenómenos aislados ni como simples “desviaciones” del orden democrático, sino como procesos con raíces profundas, inscritos en historias políticas, sociales y culturales de larga duración.
El tema de la charla, Nicaragua, no solo como caso extremo de cierre del espacio cívico y concentración del poder, sino como laboratorio histórico donde se condensan muchas de las tensiones que atraviesan la región: la herencia colonial, la fragilidad del Estado, la captura de lo público por élites políticas y religiosas, y la reiterada promesa —una y otra vez frustrada— de democratización. La conversación buscó entender sus genealogías: cómo se construyen estos poderes, qué memorias activan, qué lenguajes reutilizan y por qué logran, en determinados momentos, arraigar socialmente.
Los autoritarismos contemporáneos —y en particular los populismos de extrema derecha— no reproducen mecánicamente los fascismos del siglo XX, pero dialogan con ellos, reciclan sus repertorios simbólicos y actualizan viejas pulsiones antiliberales bajo condiciones nuevas. No se trata de copias, sino de herencias transformadas: liderazgos personalistas que se presentan como encarnación del pueblo, desprecio por los contrapesos institucionales, construcción de enemigos internos y una relación instrumental con la legalidad.
Pensar Nicaragua desde esta perspectiva genealógica permite escapar tanto de la excepcionalidad como del fatalismo. Permite, sobre todo, comprender que los autoritarismos no se sostienen únicamente por la fuerza, sino por narrativas, alianzas morales y arreglos históricos que es necesario analizar para poder desmontarlos. Esa es la apuesta de esta conversación: entender para resistir sin renunciar a la memoria ni a la imaginación política.
El deterioro democrático en Centroamérica no llegó de golpe: se incubó en Estados frágiles, construidos desde la exclusión colonial, atravesados por alianzas persistentes entre élites políticas, económicas y religiosas, y sostenidos por una idea del poder como botín y saqueo antes que como responsabilidad pública.
Tras los acuerdos de paz de finales del siglo XX, la región pareció abrir una posibilidad —precaria pero real— de democratización. Sin embargo, la pobreza estructural, la desigualdad persistente, la captura del Estado y la violencia criminal erosionaron rápidamente ese horizonte. El golpe de Estado en Honduras en 2009 marcó un punto de inflexión: el retorno explícito de formas autoritarias que ya no necesitan ocultarse detrás del lenguaje democrático, aunque lo siguen haciendo como una revestidura de las nuevas derechas.
Hoy, Nicaragua es un régimen que cancela derechos y también reconfigura el sentido común, normalizando la excepción, la represión y el castigo como formas legítimas de orden social. Frente a este panorama, la pregunta ya no es sólo cómo se consolidan los autoritarismos, sino cómo se resiste cuando el espacio cívico se cierra, cuando la violencia se vuelve política pública y cuando la esperanza parece un gesto ingenuo. Qué podemos aprender en México de mirar a Centroamérica, una región que siempre pasamos de largo en nuestros análisis políticos desde la izquierda pero también para pensar las nuevas derechas que ya no llegan al poder de la mano de los golpes militares sino de procesos democráticos que después del momento populista se establecen como dictaduras más o menos veladas, con derivas propias pero aprendizajes que deberíamos observar de cerca desde México.
En tus análisis aparece una idea incómoda pero persistente: que los autoritarismos centroamericanos no son una anomalía histórica, sino una continuidad. ¿Qué estamos dejando de ver cuando los tratamos como desviaciones excepcionales?
Lo que solemos pasar por alto es que estos regímenes no emergen en el vacío ni rompen del todo con el pasado. Se apoyan en estructuras estatales que desde su origen fueron diseñadas para excluir, controlar y disciplinar. El Estado centroamericano nace como una extensión del orden colonial: administra desigualdades, criminaliza la pobreza y subordina a quienes no encajan en el ideal de ciudadanía dominante. En ese sentido, el autoritarismo no irrumpe; se reactiva.
Cuando hablamos de “retrocesos democráticos” damos por sentado que hubo democracias sólidas, cuando en realidad lo que existió fue una institucionalidad frágil, capturada por élites, con partidos políticos cada vez más alejados del bien común. Los liderazgos autoritarios explotan ese vacío: prometen orden donde hubo abandono, seguridad donde hubo violencia impune, pertenencia donde hubo exclusión. El problema no es solo el caudillo; es el terreno fértil que lo hace posible.
Muchos de estos gobiernos se presentan como respuestas eficaces a la criminalidad, a la corrupción. ¿Por qué ese discurso logra tanta adhesión social incluso cuando implica la renuncia explícita a derechos?
Porque ofrece algo que la democracia liberal en la región nunca terminó de garantizar: certezas. En contextos marcados por el miedo, la precariedad y la desconfianza institucional, la promesa de orden resulta profundamente seductora. El autoritarismo no se impone solo por la fuerza; se legitima emocionalmente. Construye un relato donde el castigo se vuelve sinónimo de justicia y la obediencia de estabilidad.
Además, estos proyectos se apoyan en imaginarios conservadores muy arraigados: el patriarcado, la moral religiosa, la idea de que ciertos cuerpos y ciertas vidas son sacrificables en nombre del bien común. Así, la suspensión de derechos deja de percibirse como una pérdida colectiva y se convierte en una medida “necesaria” contra enemigos internos cuidadosamente construidos: delincuentes, feministas, periodistas, defensores de derechos humanos.
En ese sentido, ¿qué papel juegan los conservadurismos religiosos y morales en la consolidación de estos regímenes?
No son aliados circunstanciales; son pilares. Los autoritarismos necesitan un marco moral que justifique la represión, y los conservadurismos ofrecen exactamente eso: una narrativa del orden natural, de la obediencia, del castigo como corrección. La fusión entre poder político y poder religioso refuerza la idea de que el líder no solo gobierna, sino que encarna una voluntad superior, casi providencial.
Esto tiene consecuencias muy concretas: la criminalización de las mujeres que defienden su autonomía, la persecución de personas LGBTIQ+, la censura de la educación crítica, el ataque frontal a la noción misma de derechos humanos. Todo aquello que implique pluralismo, diversidad o igualdad se presenta como una amenaza externa, como una imposición ajena a la “identidad nacional”.
Frente a un cierre tan agresivo del espacio cívico —cárceles, exilio, desnacionalización, censura—, hablar de resistencia puede sonar abstracto. ¿Dónde ves hoy las posibilidades reales de resistir al autoritarismo en Centroamérica?
Resistir no siempre significa confrontar de manera frontal. En contextos autoritarios, la resistencia adopta formas fragmentadas, a veces invisibles: redes de cuidado, memoria compartida, documentación de abusos, pedagogías clandestinas, solidaridad transnacional. Defender la vida cotidiana se vuelve un acto político.
También es clave disputar el lenguaje. Los autoritarismos avanzan cuando logran nombrar el mundo sin que encuentren oposición: cuando seguridad significa militarización, cuando soberanía significa impunidad y no pasa nada. Resistir es insistir en otros significados, sostener la idea de que los derechos no son concesiones del poder, sino conquistas históricas. No es una tarea épica; es persistente, colectiva y profundamente desgastante, pero necesaria.
Para cerrar: en un contexto tan adverso, ¿cómo se defiende la esperanza sin caer en la ingenuidad o el voluntarismo?
Defender la esperanza no es negar la gravedad del momento, sino rechazar la idea de que el autoritarismo es inevitable. Centroamérica tiene una historia dolorosa, sí, pero también una memoria densa de luchas, de organización social, de conquistas parciales que parecían imposibles. Recordar eso es un acto político.
La esperanza, hoy, pasa por reconstruir vínculos, por sostener diálogos incómodos, por no resignarnos al cinismo. No se trata de idealizar la democracia que tuvimos, sino de insistir en la que aún podemos imaginar y construir. Resistir es, en última instancia, negarle al autoritarismo el monopolio del futuro.