La crisis entre Pakistán y Afganistán: un desafío para la seguridad internacional

Claudia Ramos · 29 de octubre de 2025

La crisis entre Pakistán y Afganistán: un desafío para la seguridad internacional

El pasado 9 de octubre Pakistán lanzo un fuerte ataque contra territorio afgano. Se reportaron una serie de ataques aéreos en Kabul, Khost, Jalalabad y Paktika. El principal objetivo de estos ataques fue eliminar a altos mandos de Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), un grupo islamista radical asociado a los Talibanes afganos que opera en Pakistán. Este ataque reanudó las tensiones existentes entre Kabul e Islamabad al mismo tiempo que precipitó un espiral de represalias y agresiones mutuas que reavivaron un foco de inestabilidad en una de las regiones más volátiles y estratégicamente sensibles del mundo.

Este ataque no surge en un vacío. El TTP es un objetivo prioritario para las fuerzas de seguridad pakistaníes, sobre todo desde que Noor Wali Mehsud, líder del TTP y principal objetivo del ataque en Kabul, buscara alianzas con otros grupos islamistas e insurgentes en Pakistán. De igual forma este ataque constituye el punto más reciente de una escalada prolongada de tensiones entre Afganistán y Pakistán. Desde hace más de un año, ambos países han protagonizado enfrentamientos esporádicos a lo largo de su frontera común, particularmente en las provincias de Khost, Paktika, Nangarhar, y Kunar, donde los intercambios de fuego y las incursiones militares se han vuelto frecuentes.

Si bien el conflicto fronterizo entre Pakistán y Afganistán deviene de la época colonial, podemos rastrear las recientes tensiones a marzo del 2024 cuando un grupo de extremistas afganos detonó un coche bomba en un puesto fronterizo en el norte de Waziristán, asesinando a 7 soldados pakistaníes. Como respuesta la fuerza aérea pakistaní llevo a cabo una serie de ataques en las provincias afganas de Khost y Paktika. El objetivo era eliminar a mandos de Jaish-e-Fursan-e Muhammad, una celula islamista local asociado al TTP que se atribuyó el ataque.

En respuesta a los ataques pakistaníes. el gobierno afgano lanzo una serie de ataques en contra de puestos fronterizos pakistaníes en la región de Jaiber Pastunjuá, al mismo tiempo que se reportaron escaramuzas en otras zonas fronterizas. Como resultado, el Ejército de Liberación de Baluchistán (un grupo armado separatista que reivindica la independencia de Baluchistán respecto a Pakistán) aprovechó el clima de inestabilidad para lanzar una serie de ataques contra el puerto pakistaní de Gwadar. De manera simultánea, se registraron varios atentados suicidas reivindicados por Hafiz Gul Bahadur, otro grupo armado local con vínculos con el TTP. El gobierno de Islamabad acusó a Kabul de fomentar estas acciones, acusación que el régimen talibán en Afganistán negó rotundamente. En respuesta, ambos países continuaron intercambiando ataques de forma esporádica.

La situación escaló de nuevo cuando en diciembre del 2024 el TTP llevó a cabo un ataque contra un puesto fronterizo pakistaní, que dejó más de 16 militares fallecidos. En respuesta Islamabad lanzó un ataque contra 4 aldeas afganas, dejando más de 40 civiles muertos. Como resultado se incrementaron las escaramuzas fronterizas y Afganistán movilizó a más de 15,000 soldados hacia su frontera sur. A partir de aquí el conflicto se mantuvo contenido a escaramuzas ocasionales y ataques esporádicos.

El conflicto volvió a intensificarse hace un par de semanas, cuando el 9 de octubre Pakistán lanzó una serie de ataques aéreos a gran escala contra diversos objetivos del TTP en territorio afgano, particularmente en Kabul, Khost, Jalalabad y Paktika. Tres días después, el 12 de octubre, la fuerza aérea pakistaní llevó a cabo nuevos bombardeos en las provincias de Kandahar y Helmand. En represalia, tanto militantes talibanes afganos como combatientes del TTP realizaron ataques a lo largo de la frontera pakistaní, provocando decenas de muertos y heridos. El 15 de octubre Pakistán volvió a realizar una serie de ataques aéreos contra instalaciones militares afganas, entre ellas la base militar de Ismat, en Kandahar, en donde la inteligencia pakistaní acusó que se refugiaban mandos del TTP, así como la 4ta y 8va brigada del ejército afgano.

Tras estos ataques, el 19 de octubre Qatar anunció que se había logrado un alto al fuego, resultado de un proceso de mediación conjunta con Turquía llevado a cabo en Doha. Como resultado de estas negociaciones, el gobierno afgano se comprometió a limitar su apoyo a los grupos que atacan a Pakistán, en particular al TTP, y ambas partes acordaron no atacar a las fuerzas de seguridad, civiles ni infraestructura crítica del otro país.

Sin embargo, a una semana del acuerdo, el cese al fuego parece frágil. El domingo 26 se reanudaron las escaramuzas fronterizas, luego de que Pakistán acusara un intento de incursión por parte de militantes afganos que dejó más de 30 muertos. Mientras tanto, se negocian nuevas conversaciones de paz en Turquía, aunque Islamabad ha advertido que está dispuesto a una “guerra abierta” si las pláticas en Estambul fracasan. Paralelamente, el líder supremo afgano, Hibatullah Akhundzada, ordenó la construcción de una presa sobre el río Kunar para obstruir el agua que bajaba hacia territorio pakistaní como respuesta al conflicto, lo que puede generar un nuevo punto de conflicto, especialmente tras la decisión de la India de suspender el Tratado del Valle del Indo en abril de este año, por lo que la situación hídrica se puede convertir fácilmente en un catalizador de conflicto en la región.

La complejidad del conflicto entre Afganistán y Pakistán se evidencia en el papel central de los grupos armados no estatales, como serían grupos extremistas locales, el TTP y sus aliados dentro de Pakistán o incluso el Ejército de Liberación de Baluchistán. Las acciones de estos grupos han tenido un papel fundamental en escalar tensiones locales hacia un conflicto de carácter interestatal. Esto refleja la fragmentación del control estatal sobre la seguridad y el rol que tienen actores armados no estatales como grupos militantes, extremistas y terroristas en ambos países. Esta situación dificulta atribuir responsabilidades y contener los brotes de violencia transfronteriza. En Afganistán, especialmente, la línea que separa a las fuerzas estatales de los grupos armados es cada vez más difusa, generando un escenario donde la violencia y las incursiones fronterizas operan en una zona gris entre las acciones estatales y las insurgentes. En este contexto, cualquier intento de respuesta requiere reconocer tanto la influencia de los actores no estatales en las tensiones locales, como las complejas dinámicas regionales que perpetúan la inestabilidad entre Afganistán y Pakistán.