Redacción Animal Político · 7 de mayo de 2025
Uno de los mayores dilemas éticos de la medicina estética es la distinción entre lo que podría considerarse una necesidad médica o emocional, y lo que se considera vanidad o deseo superficial de cumplir con los estándares de belleza.
A primera vista algunos procedimientos pueden parecer completamente estéticos, como el uso del bótox o la liposucción, que tienen más que ver con mejorar la apariencia que con tratar una condición médica. Sin embargo, para muchas personas, estas intervenciones pueden estar motivadas por una necesidad emocional profunda, como la autoestima, la resolución de problemas de imagen corporal o la superación de traumas físicos o psicológicos. Por ejemplo, una persona que ha sufrido un accidente o una enfermedad que ha alterado su apariencia puede recurrir a la cirugía reconstructiva no sólo por razones estéticas, sino también para recuperar su bienestar emocional. En estos casos, el tratamiento podría considerarse una necesidad médica; en otros casos, las intervenciones estéticas se realizan en personas que no padecen ninguna dismorfia o trauma y se someten a procedimientos para cumplir con expectativas sociales de belleza.
Aquí surge la pregunta ética: ¿un médico debería realizar una cirugía estética sólo para cumplir con un estándar de belleza, basado en presiones sociales y no en una necesidad genuina del paciente? ¿Es ético promover este tipo de tratamientos cuando hay un riesgo inherente para la salud o cuando no hay una razón médica para realizarlos?
En bioética la autonomía es un principio central que defiende el derecho del individuo de tomar decisiones informadas sobre su propio cuerpo y su salud. En el contexto de la medicina estética, la autonomía implica que los pacientes deben tener el derecho de decidir someterse a procedimientos estéticos siempre que estén completamente informados sobre los riesgos, beneficios y alternativas. Un médico debe evaluar si el tratamiento solicitado por el paciente en realidad responde a una necesidad de salud o si está siendo impulsado por razones superficiales o influencias externas. El derecho del paciente a la autonomía puede contradecir el principio de no maleficencia del médico. Este principio garantiza que un cirujano estético nunca actúe en contra de los intereses de los pacientes o de una manera que pueda perjudicar a un paciente.
Los cirujanos estéticos consultores pueden negarse a operar a pacientes si no creen que la cirugía sea lo mejor para ellos; deben ser reacios a operar a quienes tienen expectativas poco realistas, si los riesgos de la cirugía superaran los beneficios. Los pacientes con problemas de salud graves tienen un mayor riesgo de sufrir complicaciones bajo anestesia general y, de nuevo, los riesgos pueden superar los beneficios. Esto implica un delicado equilibrio entre respetar la autonomía del paciente y prevenir daños potenciales, ya sea psicológicos o físicos, derivados de la búsqueda de una perfección estética que no es realista ni sostenible.
La presión social juega un papel crucial en el aumento de la demanda de procedimientos estéticos; los estándares de belleza promovidos por los medios de comunicación y las redes sociales tienen un impacto significativo en la forma como las personas perciben su apariencia y la de los demás. En muchas culturas, especialmente en las occidentales, la belleza se asocia con el éxito, la felicidad y la aceptación social, lo que lleva a las personas a someterse a tratamientos estéticos con la esperanza de mejorar su calidad de vida. Sin embargo, esta presión también puede generar efectos negativos, como el aumento de la insatisfacción corporal y los trastornos de imagen, especialmente cuando los resultados de estos procedimientos no cumplen con las expectativas poco realistas impuestas por la sociedad.
Otro aspecto ético importante es el acceso desigual a estos procedimientos. En muchos casos, los tratamientos estéticos resultan costosos y no accesibles para todas las personas, lo que puede generar una división social y reforzar las desigualdades preexistentes. La ética de la medicina estética también involucra reflexionar sobre cómo el acceso a estos tratamientos puede convertirse en un lujo exclusivo, y si esta exclusividad contribuye a una cultura de discriminación basada en la apariencia.
En conclusión, la medicina estética plantea una serie de preguntas éticas que deben ser abordadas cuidadosamente, tanto por los profesionales de la salud como por la sociedad en general. Mientras que algunos procedimientos pueden ser necesarios para el bienestar emocional o físico de los pacientes, otros pueden estar impulsados por la vanidad o por presiones sociales, lo que genera riesgos psicológicos y emocionales. Los médicos tienen la responsabilidad de asegurarse de que sus pacientes tomen decisiones informadas y responsables, basadas en una evaluación honesta de sus necesidades y deseos. Al mismo tiempo, la sociedad debe reflexionar sobre los estándares de belleza que promueve y su impacto en la salud mental y emocional de las personas. Además, es fundamental que las intervenciones quirúrgicas estéticas se realicen en instalaciones adecuadamente equipadas, con tecnología de reanimación y personal capacitado en soporte vital avanzado. Asimismo, los cirujanos, clínicas y hospitales que ofrecen estos procedimientos deben contar con la certificación y regulación de las autoridades competentes, garantizando así la seguridad y el bienestar de los pacientes.
* Lidia Rosaura Santoyo Castro es médico veterinario zootecnista por la UNAM, y cuenta con una maestría en Dirección y Monitorización de Ensayos Clínicos, Santa Cruz de Tenerife, España. Promueve las buenas prácticas clínicas y la protección ética de los participantes en proyectos de investigación.
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