Redacción Animal Político · 30 de enero de 2025
Ríos de tinta han corrido en la crítica especializada, y no voy a insistir en lo que ya se ha dicho hasta el cansancio: Emilia Pérez ofrece una representación absurda de México, banaliza la violencia y las desapariciones forzadas, y lo más grave, trivializa a las víctimas del narcotráfico. El director Jacques Audiard ha defendido su película afirmando: “No quería hacer una película de narcos, y no hice una película de narcos. Es la historia de alguien que busca un nuevo comienzo, no una redención del crimen. ¿Por qué negarle a una persona la oportunidad de convertirse en quien realmente desea ser?” Y, sinceramente, estoy de su lado. Ese es el enfoque al que tendríamos que atenernos. Pero atenerse no gana corazones.
Aprecio su valentía al filmar en un idioma que no domina, sobre una cultura que desconoce y al atreverse con un musical que intentó fusionar thriller, drama, comedia e identidad de género. Sin embargo, el resultado es tan hueco como un tambor de hojalata. No me inquieta el chovinismo que ha indignado a tantos espectadores mexicanos, porque muchas de mis películas favoritas han sido interpretadas por españoles que no son alemanes, gitanos que no son andaluces, judíos que son islámicos o mexicanos que son puertorriqueños. Las representaciones étnicas, minoritarias o subculturas fallidas me tienen sin cuidado.
Los problemas de Emilia Pérez son otros, y el primero ni siquiera es culpa del director: la intención de verla como un melodrama. No lo es. Es una comedia musical con un guion descuidado y punto (me reí a carcajadas mientras la veía, atónita, a las 2 de la mañana). Todos los personajes son caricaturescos, imposibles de tomar en serio. Son criaturas idiotas que cometen el crimen de la estupidez una y otra vez, y cuyo destino, inevitablemente, es la tragedia absurda que persigue a todos los imbéciles del mundo.
Pese a todos los memes y clips ofensivos de los que, con vergüenza, confieso haberme burlado, la actuación más rescatable es la de Selena Gómez. Es la única que no sabe qué hace ahí, que está encabronada (la única emoción real y honesta del tinglado) porque su marido la exilió lejos de su amante y a quien la prima Emilia jamás terminó por caerle bien ni una pizca; a diferencia de Karla Sofía Gascón y Zoe Saldaña, que gravitan en una narrativa dramática que ni el camarógrafo se creyó. Selena es todo un gozo, y su español es tan deprimente que raya peligrosamente en la entrañabilidad.
En mi opinión, el mayor problema de Emilia Pérez es que la promoción nos quiere vender una obra maestra audaz y original por tocar temas tabú como la identidad de género, la violencia, la religión y la política, cuando en realidad es uno de los musicales menos originales y arriesgados que recuerdo.
La semana pasada conversé con mi querido amigo Dan Zlotnik sobre cómo abordo una crítica cuando me enfrento a un bodrio insalvable: vinculándolo con otra obra similar de la que tenga una opinión diametralmente opuesta. Y al terminar Emilia Pérez, entendí por qué está recibiendo un odio inmerecido y, al mismo tiempo, identifiqué todo lo que hace de manera regular, mal y fatal en contraste con Hedwig and the Angry Inch, cinta que tuvo el mérito en su momento de hacerme olvidar cuánto odio los musicales.
Hedwig and the Angry Inch (2001), escrita, dirigida e interpretada en el papel estelar por John Cameron Mitchell (y basada en su musical de rock neoglam post-punk teatral de 1998), cuenta la historia de Hansel, un chico de Alemania del Este que crece sabiendo que es diferente, sin reconocer con claridad su identidad sexual. Se enamora de un militar estadounidense y sueña con seguirlo a Estados Unidos, pero se enfrenta a un obstáculo peculiar: como hombre, no podrá emigrar con él. La única solución es someterse a una cirugía de reasignación de sexo para que puedan casarse y ser felices como perdices.
Hansel renace entonces como Hedwig, pero la cirugía es un desastre. Su transformación la deja atrapada en un cuerpo que no reconoce y, peor aún, abandonada en un parque de trailers. Sobrevive prostituyéndose en una base militar hasta que consigue trabajo y conoce a Tommy (Michael Pitt). Se convierten en amantes, hasta que Tommy descubre la transexualidad de Hedwig y escapa horrorizado. Poco después, asciende al estrellato robando las canciones que ella le enseñó, mientras Hedwig se queda con las cicatrices —físicas y emocionales.
Mi parte favorita de la película es el contraste musical: mientras Tommy, ahora convertido en estrella de rock, llena estadios, Hedwig presenta su show en la barra de una cadena de comida rápida, de manera tan auténtica como performativa, con canciones que exponen argumentos valientes y disruptivos sobre el género y la identidad.
Estrenada hace veinticuatro años, Hedwig and the Angry Inch puede jactarse de haber superado la prueba del tiempo porque logró contar una historia poderosa sobre una persona queer que se deja la piel por encontrar su lugar en el mundo de manera honesta, bien escrita y con originalidad a prueba de cancelaciones.
Si algo le agradezco a Emilia Pérez —además de las honestas carcajadas— es que me hizo recordar otra película que acertó en todo lo que esta falló. Y si este espacio sirve para rescatar del olvido a una obra maestra, les recomiendo una cinta de vitalidad anárquica, con una emocionante banda sonora y que, a pesar de sus imperfecciones, fue un consuelo para toda una generación de personas queer que buscaban desesperadamente un reflejo de sí mismos. Una película que, al menos, no insulta la inteligencia ni la sensibilidad del espectador. ¿Y si lo hace, who cares? Para eso y nada más para eso existe el punk.