Mirar el monstruo a los ojos

Redacción Animal Político · 10 de agosto de 2025

Mirar el monstruo a los ojos

La primera vez que dije que mi abuelo fue un genocida recuerdo que pensé “qué duro suena esto”. No sentía las palabras como propias, me parecía exagerado. Antes, había usado términos como represor, perpetrador o militar de la última dictadura argentina. 

Pero cuando dije genocida y me pude hacer cargo de que heredé muertos, desaparecidos, vidas truncadas, familias heridas e identidades robadas, fue como salir de una oscuridad en la que había estado sumergida durante muchos años. Se sintió como volver a respirar. Porque aunque una no tenga responsabilidad directa con estos hechos aberrantes, son historias que recibimos, como el apellido, las costumbres y los valores.

Orlando Oscar Dopazo ejerció como jefe de la División Inteligencia G2 de la VIII Brigada de Infantería de Montaña de la Provincia de Mendoza. También participó de áreas operativas de secuestro, desaparición y exterminio en Centros Clandestinos como La Perla y Campo de Mayo en Córdoba y Buenos Aires, Argentina entre 1976 y 1981. 

Al mismo tiempo, Orlado fue para mí el sinónimo de una infancia feliz, acompañada de un abuelo que me cuidaba todas las tardes de mi vida hasta que terminé la escuela. Pero a medida que fui creciendo y fueron pasando los años, ese pasado heroico se transformó en una pesadilla. Juicios, detenciones domiciliarias, noticias y testimonios que, cuando pude leerlos, me enfrentaron a la dura realidad de haberme criado con una persona que había cometido crímenes de lesa humanidad. 

Todavía me pregunto qué hubiera pasado si yo hubiese sabido antes todo lo que se ocultaba en mi familia. Porque en la mayoría de los casos, no nos cuentan la historia completa. Hacer preguntas y cuestionar decisiones de vida, en estos entornos, es leído como traición. Nuestros grupos familiares y de afectos se manejan como enclaves cerrados donde nos relacionamos únicamente con aquellos iguales a nosotros. Y entonces, disentir puede llegar a generar distancias muy dolorosas. Hablar con la verdad tiene un costo alto para nuestra vida, similar a perderlo todo. Y al mismo tiempo, callar y negar nos encaminan a una deshumanización aún peor. 

Si bien en la última dictadura militar argentina había una estrategia de visibilidad y ocultamiento constante, donde las cosas estaban frente a los ojos de la sociedad y, al mismo, tiempo eran negadas discursivamente. Nos llevó muchos años de investigación y escucha poder reconstruir el sistema de exterminio operado por el Estado. En cambio, ver un genocidio en vivo es algo que nunca imaginé que me iba a pasar. Siempre me pregunté, efectivamente, qué había hecho mi abuelo. Luego de años de investigar tengo certeza sobre sus responsabilidades, pero poca claridad acerca de cómo pasaba sus días. Hoy, al ver las grabaciones de los asesinatos de niños desde la mirada de los propios soldados del ejército de Israel, pienso en la herencia que le están dejando a los suyos. 

A lo largo de las conversaciones familiares que tuve para entender cómo pudimos convivir con un asesino, entendí que en muchos casos mi entorno negó la realidad. Mi familia prefirió naturalizar conversaciones sobre enfrentamientos armados, acuartelamientos u operativos.  Esos términos estaban hablando de acciones que en definitiva implicaban la muerte de personas que no conocíamos. No habíamos visto sus caras. No teníamos idea de quiénes eran los familiares que a partir de ese momento pasarían el resto de su tiempo buscando a sus seres queridos. 

Hoy en día escucho argumentos similares que se utilizan para justificar lo injustificable, la amenaza que representa Palestina al Estado de Israel tiene paralelismos discursivos a los grupos armados de los años 70 que ponían en riesgo el futuro de la Argentina. Nada explica el ensañamiento y la crueldad. Y ningún razonamiento puede avalar el daño que vemos sobre los cuerpos de los niños y las niñas palestinas.

Muchas veces nos hacen sentir que no podemos hacer nada, pero siempre nos queda el espacio de la desobediencia y el repudio, aunque sea en la intimidad de nuestras familias. ¿Cómo podemos tolerar muertes en nombre de la democracia occidental? Desobedecer es el primer paso para caminar hacia la defensa de la vida en todas sus formas. No tengamos miedo, miremos al monstruo a los ojos y llamemos las cosas por su nombre.  

 

*Natalia Dopazo (@NaDopazo) forma parte de Asamblea Desobediente (Instagram / Facebook) un colectivo argentino de familiares de genocidas de la última dictadura argentina a favor de la memoria, verdad y justicia. Vive y trabaja en Ciudad de México.