Jorge Avila · 8 de abril de 2026
En el mundo, los océanos sostienen una de las cadenas alimentarias más importantes para la humanidad. Más de mil millones de personas dependen del pescado como fuente principal de proteína, y las pesquerías artesanalesrepresentan un pilar económico y cultural en múltiples regiones costeras. Sin embargo, junto con la sobrepesca y el cambio climático, existe una amenaza silenciosa que altera la confianza en los productos del mar: la sustitución de especies.
Este fenómeno —conocido en términos técnicos como mislabeling o fraude alimentario— ocurre cuando un producto se vende bajo el nombre de otro. Puede ser un engaño deliberado o simplemente resultado del desconocimiento en una cadena de valor cada vez más compleja. Lo cierto es que, desde los mercados internacionales hasta los restaurantes locales, la sustitución de pescados y mariscos ha sido documentada como una práctica frecuente que afecta tanto a los consumidores como a los ecosistemas marinos.
De la estadística global a la realidad mexicana
México no es la excepción. Al contrario, los datos muestran que el problema es especialmente relevante. Estudios genéticos realizados en el país indican que alrededor del 38 % de los pescados y mariscos analizados no corresponden a la especie declarada, casi el doble del promedio internacional cercano al 20 %.
La sustitución puede tomar distintas formas y operar en múltiples niveles. Puede suceder en la venta a pie de playa, en las congeladoras de los mercados, en centros de distribución o en restaurantes de ciudades turísticas. A veces responde a la lógica económica de vender especies de menor valor a precios más altos —como cuando la tilapia se comercializa como mero— y otras veces permite introducir al mercado organismos provenientes de pesca ilegal, no declarada o no regulada.
El problema de fondo es estructural: la opacidad de la cadena de valor pesquera. Desde el momento en que un pez es capturado hasta que llega al plato del consumidor, la información sobre su identidad, origen o ruta comercial puede perderse. Sin mecanismos claros de registro y verificación, identificar dónde ocurre la sustitución resulta prácticamente imposible. Los análisis realizados en diferentes ciudades del país muestran que esta práctica no es aislada. Algunas especies presentan porcentajes alarmantes de sustitución. Entre ellas destacan el pez vela (100 %), el marlín (más de 90 %), el mero (alrededor del 72 %) y el huachinango (más de la mitad de los casos).
Este último es un ejemplo ilustrativo: se han identificado hasta 16 especies distintas comercializadas bajo su nombre, incluyendo organismos que habitan en aguas profundas y que difícilmente forman parte del consumo cotidiano.
Detrás de estas cifras hay consecuencias económicas, sociales y ambientales. El consumidor paga más por un producto distinto; los pescadores que operan dentro de la legalidad enfrentan competencia desleal; y las especies vulnerables pueden comercializarse sin controles adecuados. Si miramos hacia el Golfo de México, la problemática adquiere una dimensión aún más clara. Esta región concentra importantes pesquerías ribereñas que sostienen comunidades costeras enteras. Para ellas, la sustitución de especies no es solo un asunto de mercado: es una cuestión de justicia y supervivencia.
Cuando un pescado capturado de manera responsable compite con otro que se vende bajo un nombre falso o proviene de pesca irregular, se distorsiona el valor real del trabajo pesquero. La falta de transparencia en la comercialización puede reducir los ingresos de las comunidades, desincentivar prácticas sustentables y afectar la salud de los ecosistemas marinos. El desafío es complejo. La sustitución de especies debilita los sistemas de manejo pesquero al generar información errónea sobre patrones de consumo y presión de pesca. Esto puede retrasar la adopción de medidas de conservación o permitir la explotación de poblaciones ya deterioradas.
Además, el comercio encubierto de especies en riesgo representa una amenaza directa para la biodiversidad marina. En un contexto de crisis climática y degradación de hábitats, la falta de control sobre la identidad de los productos pesqueros puede acelerar la pérdida de especies y comprometer la resiliencia de los ecosistemas.
La trazabilidad como solución urgente
Frente a este escenario, la ciencia y la política pública coinciden en una respuesta clara: la trazabilidad. Se trata de la capacidad de seguir el recorrido de un producto desde su captura hasta el consumidor final, con datos verificables sobre la especie, el origen y el método de pesca. Implementar estos mecanismos permitiría identificar los puntos críticos donde ocurre la sustitución y fortalecer la transparencia del mercado.
Sin sistemas de trazabilidad robustos, avanzar hacia la solución del problema será virtualmente imposible. En cambio, contar con ellos podría beneficiar a todos los actores: consumidores mejor informados, pescadores con condiciones de competencia justas y océanos manejados con base en datos confiables. Por último, la sustitución de especies no solo implica un problema económico o legal: también puede afectar la salud de los ecosistemas. Al ocultar la verdadera identidad de los organismos comercializados, se dificulta detectar señales tempranas de sobreexplotación o declive poblacional, lo que puede llevar a la pérdida irreversible de especies marinas.
Dr. Antar Mijail Pérez Botello es especialista en Ciencia de Oceana en México.