Redacción Animal Político · 6 de agosto de 2025
Horrorizados observamos en tiempo real la muerte de una población entera. Frente a la crisis humanitaria en Gaza, desde la impotencia, surge la pregunta de cómo es posible que suceda una tragedia de esta dimensión a cielo abierto… así nomas. El asombro se asienta sobre la promesa de “nunca más”, pues la humanidad ya pasó por aquí y salió de aquella experiencia con la idea de que se habían instalado salvaguardas que evitarían los excesos de la deshumanización. Testigos de los crímenes atroces de la segunda guerra mundial, se expresó la determinación de que nunca más se permitirían actos aberrantes como los sufridos por las múltiples víctimas de la guerra y específicamente el pueblo judío. Para ello se instaura la noción del derecho internacional y en particular del derecho humanitario. Sin embargo, aquello que se creó para el “nunca más”, no alcanza para detener el genocidio en Gaza, ¿por qué?
La creación de las Naciones Unidas, hoy con 193 Estados miembros, se declaró con el ambicioso objetivo de poner fin a las guerras, pero reconoció la naturaleza beligerante de nuestra especie: por si las dudas de que la guerra como tal no se extinguiera, dibujó un sistema con diversos niveles de acción. Desplegó un aparato importante para acciones de promoción de derechos humanos. De entre estos esfuerzos están las conocidas acciones de organismos tales como UNICEF o ACNUR, laborando en áreas de especialidad en colaboración con los gobiernos de cada país. Si la prevención de conflictividad no fuera suficiente, creó un sistema de negociación e intervención, dotando a su Consejo de Seguridad de poderosas facultades. Este puede intervenir ante la beligerancia naciente interrumpiendo comunicaciones, transportes y comercio, y así forzar la conciliación de disputas. Para la última instancia en que llegaran a existir guerras, estableció el derecho humanitario. Se trata de reglas básicas de cómo pelear limpio y evitar que un conflicto armado incurra en atrocidades que denigran a la humanidad.
En realidad son reglas bastante evidentes, que pudieran incluso existir en un juego infantil:
El sistema evidentemente no cumple el propósito para el cual fue creado y hoy en día no le sirve a la humanidad para frenar un genocidio. En otras ocasiones el derecho internacional ya había mostrado debilidades importantes y se habían expuesto diversas razones para explicarlas. Tal vez el caso más impactante fue su incapacidad de detener la matanza en Ruanda, donde entre 500 000 y 1 000 000 miembros de la población Tutsi fueron brutalmente asesinadas. En ese caso se argumentó que los hechos sucedieron con demasiada velocidad, que las comunicaciones fueron demasiado lentas y esto no dio tiempo al sistema de reaccionar. Mas allá de cuestionamientos sobre si esta razón justifican la inacción oportuna de los organismos internacionales en el 1994, es evidente que este no es el caso en el conflicto actual en Gaza. A casi dos años de iniciado el conflicto, el mundo ha observado día con día el grave deterioro de las condiciones de la población civil. A pesar del férreo cerco que impide acceso a la prensa y observación internacional, la tecnología de comunicación hoy existente ha permitido que el mundo entero conozca la gravedad de los eventos que se desenvuelven. El fracaso en Gaza no es circunstancial: se trata de una crisis provocada por el propio diseño del aparato del derecho internacional.
La realidad es que el sistema diseñado no escapa una lógica política y no establece un verdadero estado de derecho. El estado de derecho se sostiene sobre la premisa básica de que la ley impera por encima incluso de los miembros más fuertes. Si la ley no se logra imponer sin distinción sobre todos por igual, no se trata de un estado de derecho. En el caso de las Naciones Unidas, su diseño es desigual. Su aparato más poderoso, el Consejo de Seguridad, no trata a todos sus miembros con equidad.
El Consejo de Seguridad opera con quince miembros. De éstos, cinco son miembros permanentes: China, Reino Unido, Estados Unidos, Rusia y Francia. Las resoluciones del Consejo de Seguridad se determinan por votación, pero toda acción aprobada debe contar con los votos de los cinco miembros permanentes. Es decir, los miembros permanentes tienen “de facto” el poder de veto sobre cualquier resolución propuesta. En el caso de Gaza, 4 resoluciones que promueven el resguardo del derecho humanitario han sido vetadas por Estados Unidos y 2 resoluciones, que en menor medida promueven el derecho humanitario, propuestas por Estados Unidos, han sido vetada por China y Rusia. Es decir, el derecho se ve subyugado a la política.
Al fracasar las medidas existentes para evitar una tragedia humanitaria, al derecho internacional no le quedan más que sus órganos previstos para evitar la impunidad. Son las piezas del rompecabezas que actúan una vez cometida la atrocidad: la Corte de Justicia Internacional (parte del sistema de naciones unidas) y la Corte Penal Internacional (independiente del sistema de Naciones Unidas). Ambas son instancias juzgadoras de hechos consumados. La primera juzga Estados y actualmente delibera un caso presentado por Sudáfrica en contra del Estado de Israel. La segunda juzga a individuos y actualmente delibera posibles ordenes de aprehensión en contra de Benjamín Netanyahu, Primer Ministro de Israel y Yoav Gallant, Ministro de Defensa de Israel al momento de la solicitud. Se trata de instancias, que por ser jurisdiccionales laboran bajo imperativos técnico-jurídicos y son menos susceptibles a la voluntad política que el Consejo de Seguridad. Pero, como todo órgano jurisdiccional, caminan lento. Su resolución llegará tarde.
El derecho humanitario propone una premisa fundamental: se trata de reglas del juego que aplican sin importar de qué lado se considera tuviera la razón. Son reglas de humanidad, que aplican para todos, tanto los que combaten con causa justificada como los que no. En teoría esto debería separar al derecho humanitario de las discusiones sobre el conflicto Israel-Palestina. Trátese de quien se trate, las reglas deberían aplicar. Algunas voces argumentan que las reglas no pueden aplicarse al conflicto actual dado que una de las partes combatientes ha infiltrado a la población civil y opera oculta entre la misma. Este argumento claramente destruye toda posibilidad de sostener un estándar humanitario. Cualquier sospecha de infiltración, en cualquier población europea, americana o de donde fuera, sería justificación para el ataque indiscriminado a dicha población.
La humanidad hoy enfrenta un dilema un tanto más simple. Se trata de definir si se quieren reglas mínimas y si incluso la guerra debe tener límites atados a la dignidad humana… de todo ser humano. Si la respuesta es positiva, los mecanismos del derecho internacional deben operar con equidad entre sus participantes. La aplicación de estándares humanitarios deben ser exigibles a todos. Si sólo se debaten opiniones sobre el conflicto histórico de la guerra en Gaza, se ha perdido brújula. La pregunta es menos compleja, pero es indispensable hacerse la pregunta correcta: ¿Queremos un mundo en el que existe la guerra sin cuartel o debe haber reglas mínimas de humanidad que aplican para todos por igual?
* Margarita Griesbach es coordinadora de la Clínica Jurídica de Derechos de la Infancia Ibero-CDMX y consultora independiente.