Cuando el envejecimiento y el cambio climático van de la mano

Jorge Avila · 14 de abril de 2026

Cuando el envejecimiento  y el cambio climático van de la mano

En octubre de 2024, una DANA arrasó la Comunidad Valenciana. Más de 224 personas murieron y la mayoría eran personas mayores. No murieron en condiciones excepcionales ni aisladas. Murieron en sus casas, en calles que conocían, en entornos cotidianos que dejaron de ser seguros en cuestión de horas. No fue solo una inundación, fue la señal clara de algo que no estamos terminando de entender: el cambio climático ya está impactando a sociedades que envejecen, y lo está haciendo de manera profundamente desigual.

Durante años, la conversación sobre cambio climático se ha concentrado en emisiones, energía y sostenibilidad. La conversación sobre envejecimiento, pensiones, salud y cuidados. Ambas agendas avanzan en paralelo, como si no se tocaran. El tema de fondo es que ambas agendas se cruzan y cuando lo hacen, multiplican los riesgos.

No se trata únicamente de olas de calor, aunque ahí el impacto es evidente. La Organización Mundial de la Salud ha documentado que las personas mayores de 65 años representan casi el 85% de las muertes por contextos de calor extremo. Pero reducir el problema al calor es quedarse corto. El cambio climático está intensificando inundaciones, incendios forestales, sequías prolongadas y fenómenos meteorológicos extremos que afectan de manera directa las condiciones materiales de la vida cotidiana: el acceso al agua, la estabilidad de la vivienda, la continuidad de los cuidados, la capacidad de desplazarse o de recibir atención médica. Si a esto sumamos que las alertas no consideran la especificidad y necesidades de las personas en este rango, el riesgo es mayor. En la DANA de Valencia muchas personas mayores murieron antes de que se diera la alerta.

En todos esos escenarios, la edad importa.

No por una idea abstracta de vulnerabilidad, sino por la forma en que interactúan el cuerpo, el entorno y la estructura social. En edades avanzadas es más común vivir con enfermedades crónicas, depender de medicamentos, tener menor capacidad de adaptación térmica o requerir apoyo para actividades básicas. Cuando el entorno se vuelve extremo, esas condiciones dejan de ser manejables y se convierten en factores de riesgo. Una evacuación no es solo una decisión logística, es una capacidad física y social que no todas las personas tienen.

El problema no es únicamente biológico. Es de infraestructura.

Las ciudades no están diseñadas para proteger a poblaciones longevas en escenarios de crisis climática. Viviendas sin aislamiento térmico, edificios sin elevador, falta de espacios públicos adecuados, sistemas de transporte que colapsan bajo presión, ausencia de redes de apoyo para quienes viven solos. Lo que en condiciones normales ya limita la autonomía, en un contexto de inundación, incendio o calor extremo puede volverse letal.

En las zonas rurales, el escenario es distinto, pero no menos crítico. El envejecimiento de la población agrícola es una tendencia documentada en múltiples regiones del mundo. A esto se suma la intensificación de sequías, la degradación del suelo y la inestabilidad de los ciclos productivos. Para muchas personas mayores, esto no sólo implica pérdida de ingresos, sino deterioro progresivo de las condiciones de vida, con menos acceso a servicios de salud, menos movilidad y menos alternativas para adaptarse.

No se envejece igual en todos los territorios. Tampoco se envejece igual frente al cambio climático.

Cuando se incorpora la dimensión de género, la estructura se vuelve aún más evidente. Las mujeres viven más que los hombres, pero lo hacen con menos recursos acumulados y mayor probabilidad de vivir solas. A esto se suma su papel desproporcionado en el trabajo de cuidados. No es una inclinación natural, es una asignación social. Son ellas quienes cuidan a personas mayores, quienes permanecen en los hogares durante las crisis y quienes sostienen la vida cotidiana cuando los sistemas fallan.

Diversos organismos internacionales han documentado que las mujeres están desproporcionadamente expuestas a los efectos del cambio climático debido a desigualdades económicas y sociales previas. En contextos de envejecimiento, esto significa algo muy concreto: no solo viven más años, sino que viven más años en condiciones de mayor exposición al riesgo y con mayor carga de responsabilidad.

El cambio climático no llega a un terreno neutral. Llega a sociedades con estructuras desiguales, con sistemas de cuidado incompletos y con ciudades que no han sido pensadas para proteger ni ser espacios seguros para la vida en edades avanzadas. Lo que está en juego no es solo la intensidad de los eventos climáticos, sino la capacidad de las sociedades, las instituciones y los entornos para proteger a estas personas y mantenerlas a salvo.

En Valencia, como en otros eventos recientes, lo que falló no fue únicamente la previsión meteorológica. Fallaron los sistemas de alerta, las condiciones de vivienda, las redes de apoyo y la capacidad de respuesta frente a una población que no puede reaccionar con la misma rapidez ni en las mismas condiciones que otras. Esa combinación es la que convierte un fenómeno climático en una tragedia.

La longevidad ya no puede analizarse al margen del entorno en el que ocurre y el cambio climático ya no puede pensarse sin considerar a las poblaciones que viven más años dentro de él.

El resultado de ignorar esta convergencia no es una abstracción. Se mide en vidas concretas que no pueden vivir con autonomía y seguridad cuando el contexto las pone en riesgo.