Redacción Animal Político · 21 de julio de 2025
Algunos saben que me fui a un retiro de una semana con el joven [de espíritu y corazón] Joe Dispenza. Tengo el bubu alegre por todo lo que aprendí y por la venda que me quitaron -a punta de meditaciones- de mis ojos.
Y nada, que ya no me puedo hacer pendeja nunca más aunque quiera. No hay retorno al mundo de la mentira personal en 3D. Estoy muy orgullosa del trabajo personal y del esfuerzo sobresaliente que hice para despertarme al alba y meditar como si no hubiera un mañana. Terminaron siendo 35 horas de meditación en siete días. Si me lo hubieras dicho mana, neta te escupo. TREINTA Y CINCO HORAS, NOMÁS.
Y yo que pensaba que los que meditaban 20 minutos diario eran iluminados o primos del Dalai Mama… Es más, hubo una de CINCO HORAS. Sí leíste bien. Un vuelo México – Los Niuyores completito meditando #zamamada.
Pensé que no era para mí y resulta que es para todos y como dice #miidolito #todossomosuno [léase con voz de robot mono-tono y eco, tipo mensaje automatizado #wink].
No tengo permiso personal todavía para explayarme al respecto –por mera autorregulación– pero puedo, sin embargo, echar metáfora chida en Agustín Lara, así que…
Comenzamos: fíjate que hay un emperador romano del que soy muy fan. Se llama Marco Aurelio. Este fulanito fue un emperador estoico, escritor involuntario, genio irreverente y quizá el único líder del que no me molestaría recibir un mensaje de voz. No porque haya sabido gobernar un imperio —eso lo hacen hoy hasta los pinches algoritmos— sino porque sabía gobernarse a sí mismo. Y eso es ciencia oculta en un mundo saturado de ruido –en el cual solemos confundir emoción con argumento y rating con verdad. Marco Aurelio sigue siendo incómodamente vigente. Mientras todos pelean por tener la razón, él te dice: “No te distraigas con lo que dicen los demás. Ocúpate en lo que tienes que hacer. Hazlo bien. Hazlo con amor. Y cállate”.
Wink a don Joe.
La claridad de ese pensamiento no se lleva con la experiencia contemporánea, que es adicta al enredo y al show. En tiempos donde hasta los jefes de Estado compiten en likes con los comediantes, leer a Marco Aurelio es como afilar el cuchillo antes del banquete: no hace ruido, pero corta cabrón.
Este dude no te dice que no sientas, te dice que no te vuelvas esclavo de lo que sientes.
Ojo. Aplicar a Marco Aurelio hoy no es encerrarse en una cueva, bebés de luz, sino filtrar el mundo con elegancia: dejar de responderle a todo lo que vibra bajo 60 Hz; decir que no, sin miedo a perder la aprobación de la tribu, y elegir el silencio antes que la histeria coreografiada para TikTok. Porque la verdadera subversión ya no está en gritar más fuerte, sino en pensar mejor. Pensar CLARAMENTE es, pues, un acto heroico #siono.
Marco Aurelio escribió Meditaciones no para la historia, sino para no pudrirse por dentro mientras todo se descomponía afuera. Dos mil años después, sigue diciendo cosas que ningún líder moderno se atreve a pensar en voz alta.
El tipo tenía guerras en las fronteras, una peste que mataba por millones y una corte plagada de traidores. En vez de buscar culpables o escribir arengas, escribía cosas como: “¿Qué me está pidiendo esta situación? ¿Quién debo ser frente a esto?”. No buscaba salvar al mundo: buscaba no convertirse en lo mismo que lo estaba destruyendo.
¡Ay! Que me da la proyectada, tú.
Hoy, en un país donde el poder se ejerce como performance emocional —a gritos, con lágrimas, con fotos photoshopeadas— aplicar a Marco Aurelio es casi obsceno. Su estoicismo, en lugar de apelar al corazón colectivo, te exige asumir responsabilidad personal #wink. En vez de ofrecer narrativas, ofrece disciplina interna #WinkAgain. Cosa incómoda para quien necesita que todo tenga un culpable, menos uno mismo #FAAAAAK.
No hay espacio para el estoicismo en una matrix construida sobre la teatralización del agravio. Un mundo que convierte la victimización en herramienta y que no puede digerir la idea de que la virtud no necesita testigos.
[Ya no dramatices man, las pedradas son pa’ mí, PERO si te identificas #SorryNotSorry].
¿Tres tips?
Vivimos rodeados de personajes que desbordan emoción, pero no toleran el silencio. Que ejercen el poder como si fuera una herida, y la herida como si fuera autoridad. Gente que se cree profunda por estar rota, y buena por estar enojada. En ese ecosistema, la compostura es vista como frialdad, y la mesura como cobardía.
Tenemos etiquetas para todo y para todos. Etiquetas que SEPARAN y lo que separa jode profundamente, ppl; si no lo crees, basta con mirar cualquier mañanera.
Y mi adorado Marco Aurelio pensaba al revés: que el autodominio es una forma de compasión. Que gobernar implica, antes que nada, no dejarse arrastrar por el impulso. Que el poder sin estructura interior se convierte en delirio.
Marco Aurelio no tenía hashtags (emoticón con ojitos a la ciela). Tenía perspectiva. Y eso, hoy, es más disidente que cualquier consigna pintada en la pared.
Meditaciones no fue escrito para los demás. Es el cuaderno íntimo de un hombre que, en medio de guerras, pestes y traiciones, intentaba no traicionarse a sí mismo. Ninguna pose, ninguna épica. Solo recordatorios para no actuar como idiota cuando todo alrededor lo empujaba a hacerlo.
Hoy, la exaltación emocional se ha vuelto norma. La narrativa reemplazó al criterio. Y lo político, más que un espacio para deliberar, es un escenario para performar. En ese contexto, el estoicismo de Marco Aurelio no ofrece consuelo, sino estructura. Una forma de habitar el caos sin entregarse a él.
“No pierdas tiempo discutiendo cómo debe ser una buena persona. Sé una”, escribió. Difícil de digerir en un mundo donde importa más parecer que ser.
Es cansado ver que la moral se terceriza sin piedad en el discurso, pero no se practica en lo cotidiano. A ver, y Marco Aurelio no hablaba de aguantarlo todo. No. Hablaba de no perder el eje. De no confundir ruido con verdad ni reacción con respuesta. De ejercer una forma de libertad interior que no depende del escenario externo. Y eso, hoy, es una tremenda provocación.
Este mundo no necesita más personajes carismáticos ni mártires del micrófono. Necesita humanos con pensamiento propio. Con pausa. Con capacidad de actuar sin necesidad de ser vistos. Gente que no confunda emoción con legitimidad. Gente que no se desplome cada vez que el exterior deja de aplaudir.
Marco Aurelio no dejó un modelo político. Dejó un modelo de integridad. Y a veces, eso es más revolucionario que cualquier consigna tanto personal, como colectiva.
No todo lo que sientes es verdad. No todo lo que piensas debe decirse. No todo lo que sucede merece tu energía. Y eso, que parece simple, desarma la lógica de un sistema que vive del escándalo, el victimismo y el ruido.
Falta gente con alma. Gente capaz de soportar el vacío sin tener que llenarlo con ruido. Gente que sepa cuándo actuar, cuándo callar y cuándo sostenerse.
Meditaciones es una conversación privada consigo mismo. Un cuaderno de resistencia. No para encontrar alivio, sino para sostenerse en la claridad mientras gobernaba un imperio en crisis y enterraba a sus hijos.
Hoy puedo ver que el estoicismo no es anestesia ni represión.
El dolor –sin reflexión– se convierte en mercancía china de dólar. FUCK! Duro pero cierto.
Meditaciones es, pues, un cuaderno personal que nunca pensó publicar y que, sin embargo, hoy debería ser lectura obligada en todos los gabinetes, congresos, consejos editoriales y hasta desayunos de señoras pendejas.
[incluida yo].