Redacción Animal Político · 2 de octubre de 2025
Conversar, para los romanos, significaba un modo de vida en común, una manera de encontrarnos. Conversar comparte también la raíz con convertir. Conversamos, se supone, dispuestos a dejarnos transformar por la palabra del otro. Conversamos para construir un territorio común de significados a partir de los cuales entendemos el mundo, nombramos las cosas, imaginamos futuros.
Hace unos días nos dimos cita en Barcelona alrededor de sesenta personas de decenas de países de todos los continentes para hablar sobre la polarización, buscando construir ese espacio común que permitiera intuir si, detrás de las palabras, se asomaban los mismos significados. La polarización, según Sartori, es “la distancia ideológica entre los actores políticos y sociales que, al incrementarse, hace más difícil la construcción de consensos y la estabilidad democrática”. Consensos, esos territorios comunes, cada vez más escasos, dispuestos a salir de la autorreferencialidad.
Según Arjun Appadurai, “la polarización es una economía del miedo, en la cual se movilizan emociones colectivas para definir un ‘ellos’ y un ‘nosotros’, erosionando el terreno común necesario para la vida en sociedad”. Y el miedo vive de enemigos alimentados, creados, por discursos de odio. Esos monstruos construidos que habitan debajo de cada cama y acechan a la vuelta de cada esquina. Escribimos y contamos historias de odios y enemigos que encuentran en las redes sociales sus cajas perfectas de resonancia.
Y es aquí en donde me invade la duda de la narrativa. Tenemos que construir una narrativa, oigo decir por doquier, que contrarreste a la narrativa trumpista (por ejemplo) que arremete en contra de la narrativa demócrata de los derechos humanos (por ejemplo, también). O una narrativa capaz de convencer al ingenuo votante de que, cuando cree en una narrativa ajena, está siendo manipulado, poco crítico, pero cuando cree en la que yo propongo, discierne y entiende. Y, así, coexisten narrativas que, en términos de Aristóteles, no son contrarias, sino contradictorias. Si fueran contrarias, darían cabida a un punto medio (o a muchos), como entre lo frío y lo caliente, lo blanco y lo negro; pero son contradictorias, como el extremo entre lo vivo y lo no vivo, ahí no hay nada. Ese territorio está vacío. No hay cabida a un campo común de significados compartidos. ¿En dónde queda, entonces, la verdad cuando estamos inundados de narrativas autorreferenciadas? ¿Qué criterios son válidos para que una prevalezca sobre otra? Sin embargo, ¿cómo se comunica la verdad sin narrativa? ¿Cómo la justicia, la paz?
Hannah Arendt advertía ya en 1967 sobre el peligro de la mentira organizada, que produce una “realidad ficticia” donde lo verdadero y lo falso (contrarios, por cierto, no contradictorios) pierden relevancia frente a lo útil para sostener una narrativa. ¿De qué manera las narrativas, tan socorridas hoy, contribuyen a esa mentira organizada, orquestada, de la “realidad ficticia”?
La polarización, con sus propias narrativas, no solo divide opiniones, sino realidades. Cada bando, de los múltiples que hay, habita su propia burbuja de esa realidad ficticia, con sus medios, sus expertos, sus hechos, sus programas, sus columnas, su lenguaje (tantas veces desaforado), sus adeptos, sus críticos siempre criticados, sus monstruos (casi siempre) inventados. El resultado es un terreno social en el que múltiples narrativas contrarias y contradictorias coexisten, compitiendo no en argumentos, sino en volumen, en dádivas, en miedos, banalizando ya no el mal, como le preocupaba a Arendt, sino la verdad, haciendo imposible esa vida común de la que hablaban los romanos, esa manera de encontrarnos, de escucharnos y la posibilidad, absolutamente remota, de dejarnos transformar por las palabras ajenas.
* Ana Paula Hernández (@ensusmarcas) es coordinadora del Diálogo Nacional por la Paz (@dialogopazmx).