¿Cuidar es cosa de mujeres? Del Chicharito al Estado ausente

Redacción Animal Político · 30 de julio de 2025

¿Cuidar es cosa de mujeres? Del Chicharito al Estado ausente

Junio ya pasó, pero dejó una conversación pendiente. Como cada año, el mes del padre pasó más desapercibido que el de la madre. Hubo menos flores, menos homenajes, menos presión. Pero también menos reflexiones incómodas sobre la responsabilidad de cuidar. Y es que, aunque parezca anecdótico, ese silencio dice mucho: lo privado sigue siendo territorio femenino, y lo público, masculino. El cuidado —se asume— es cosa de mujeres. Y cuando se discute lo contrario, no faltan las voces que piden volver a “lo natural”.

Una de esas voces resonó con fuerza recientemente: la de Javier “Chicharito” Hernández. En un video que se hizo viral, el futbolista afirmó que “las mujeres están fracasando” y llamó a que regresen a su “energía femenina”: nutrir, cuidar, sostener. A su juicio, ellas deben enfocarse en limpiar la casa y criar, y permitir que los hombres lideren. Suena arcaico, pero fue presentado como “reflexión espiritual”. Como si el problema de fondo fuera que las mujeres se desviaron del camino, no que históricamente se les ha exigido cargar con todo.

Las reacciones no se hicieron esperar. Activistas, deportistas, académicas y miles de usuarias en redes sociales señalaron el machismo detrás de sus palabras. Incluso la presidenta Claudia Sheinbaum respondió que “tiene mucho que aprender”. Pero más allá del revuelo mediático, el episodio dejó ver algo más profundo: seguimos sin entender que cuidar no es un rol de género, es una necesidad social. Que si se trata de volver a lo “natural”, toca transformar un sistema que lleva demasiado tiempo operando sobre el trabajo gratuito de las mujeres. Y que esa deuda no es solo de los hombres que se ausentan criminalmente, sino también del Estado.

Porque en este país hay otro gran padre ausente: el Estado mexicano. Ese que no se presenta en Instagram, pero que sí manda señales claras sobre quién debe cuidar. Ese que no está cuando se necesitan estancias infantiles ni licencias de maternidad y paternidad, y que no hace lo propio para compatibilizar la vida laboral con la crianza y los cuidados. Ese Estado que no construye infraestructura para el cuidado ni invierte en salud o educación pública de calidad, que no reforma la economía o el espacio laboral, pero sí financia megaproyectos contaminantes, subsidios regresivos y acuerpa (emplea y promueve) violentadores. Ese que parece cantar “¡Oye, Bartola! Ahí te dejo esos dos pesos…”  y cree que con transferencias directas se resuelve la precariedad.

La lógica es la misma que la del padre ausente. Pero cuidar es otra cosa. No es ayuda, es presencia. No es limosna, es corresponsabilidad. Y esa corresponsabilidad debe ser fiscal, institucional, colectiva.

La pandemia nos lo enseñó con brutal claridad: sin cuidados no hay salud ni productividad ni sociedad posible. Pero también evidenció lo poco que hemos hecho por integrar ese aprendizaje a las políticas públicas. Hoy, los sistemas fiscales siguen agotados, los presupuestos se hacen por inercia, y los cuidados no son prioridad. No porque no haya dinero, sino porque se sigue asignando bajo lógicas que ignoran la sostenibilidad vital. Se recortan programas que sostienen el bienestar cotidiano, mientras se celebra cada peso que llega en forma de beca o pensión. Pero ese dinero no reemplaza el tiempo, el cuerpo, los sueños, la voz, ni la salud que cuesta a las mujeres cuidar.

Actualmente, es innegable la aportación del trabajo de cuidados a la economía global. No obstante, sigue ignorándose en los presupuestos públicos, donde el cuidado aparece fragmentado, sin evaluación, sin articulación y, sobre todo, sin recursos suficientes.

La “canasta básica” es ejemplo perfecto de esta omisión. Incluye arroz, frijol, huevo… pero no contempla el tiempo para comprar, cocinar, limpiar, ni quién acompaña a una persona que no puede comer sola. Es una canasta cruda, lista para usarse solo si hay alguien —casi siempre una mujer— que la transforme en alimento. Gratis. Como si eso no costara. Pero cuesta. Y mucho.

Y mientras figuras públicas como el Chicharito promueven que ese rol siga en manos femeninas, el Estado se deslinda de cualquier corresponsabilidad. Ambas cosas están conectadas. Porque cuando el discurso dominante dice que cuidar “es natural en la mujer”, lo que hace es liberar a los hombres… y también a las instituciones. Y así, todo sigue igual.

No es casual que tantos gobiernos se hayan volcado hacia las transferencias monetarias en lugar de construir sistemas públicos de cuidado. Porque las transferencias aplauden, promueven lealtad electoral (ya sea por amor, o por miedo), pero no transforman. Dan votos “baratos”, porque transformar y revolucionar es más difícil. Y pensar que una mensualidad mínima cubre lo que implica cuidar a una persona, es lo mismo que creer que un padre cumple con sus hijas o hijos al pasar una pensión.

No se trata de ayuda. Se trata de política fiscal.

Un Estado que cuida es el que organiza, regula y financia una red de servicios y políticas públicas que sostenga la vida. Que permita que quienes cuidan no lo hagan en soledad. Que entienda que el cuidado no es una tarea secundaria, sino el centro de cualquier economía funcional. Y que actúe en consecuencia, con presupuestos que reconozcan su valor, y con impuestos que no castiguen más a quienes menos tienen y más cuidan.

Necesitamos una reforma fiscal progresiva que grave el capital, invierta en cuidados y coloque la sostenibilidad vital en el centro de la política económica. Ya existen herramientas técnicas para hacerlo. Lo que falta no son ideas: es voluntad política.

Así que no, no es cierto que las mujeres estén fracasando. Lo que está fallando es el sistema. Ese que aún espera que ellas cuiden en silencio, mientras se celebra a los ausentes. Que exige vocación, pero no ofrece condiciones. Que prefiere discursos espirituales y políticas tipo campaña, antes que políticas públicas transformadoras.

Hoy, más que nunca, cuidar no puede ser una carga privada. Es una responsabilidad colectiva. Y su financiamiento, una obligación pública.

*Aura Eréndira Martínez Oriol (@AuraErendira) es experta en finanzas públicas con más de 15 años de trayectoria en gobiernos, centros de investigación, organismos internacionales y organizaciones sociales. Se especializa en integrar evidencia, justicia fiscal y sostenibilidad en los presupuestos públicos, con enfoque de género y cuidados. Contacto: [email protected].