Claudia Ramos · 9 de febrero de 2026
Nos dijeron que la escuela, las aulas, el laboratorio, el campo, los juzgados, no eran lugares para nosotras. Se nos cuestionó si tendríamos “el estómago” para trabajar en temas sensibles o si nuestra empatía podría nublar nuestra objetividad, sin entender que esa empatía es en realidad una de nuestras mayores fortalezas. Ser mujer y ser científica es poner el conocimiento al servicio de la memoria y la justicia. En este Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia escribo esto para la niña preguntona que fui y para todas las niñas que vienen delante. Que la curiosidad no sea nunca silenciada por un sistema que no nos esperaba.
¿Por qué puedo ser científica? Entre otras razones, porque hay en la historia mujeres que como punta de lanza abrieron el camino, como Rosalind Franklin, que capturó la primera fotografía del ADN; Helia Bravo, la primera bióloga titulada en México y creadora del Jardín Botánico de la UNAM, y Alexandra Elbakyan, fundadora de Sci-Hub y representante mundial de la democratización del conocimiento.
En el caso de la genética forense (mi área de estudio), entre las mujeres que más destacan se encuentra Mary-Clair King, genetista que sostiene que la ciencia debe ser utilizada con un propósito social, ético y de derechos humanos. Durante la dictadura de Videla en Argentina (1976 a 1981), muchas personas fueron torturadas y desaparecidas; en esos años, un grupo de mujeres sumamente valientes conocidas como Las Abuelas de la Plaza de Mayo comenzaron a juntarse en secreto, dando vueltas alrededor de la plaza mientras discutían cómo podían identificar y recuperar a sus nietos sustraídos por el ejército y la marina, y se acercaron a distintas instituciones académicas en busca de ayuda. Fue entonces cuando Mary-Clair King, junto con otros investigadores, desarrollaron el índice de abuelidad. 1 Mary-Claire King tenía experiencia trabajando con ADN mitocondrial y, teniendo en cuenta las circunstancias en las que los niños fueron sustraídos, el ADN mitocondrial resultó ser un marcador sumamente importante porque permite establecer relaciones de parentesco aun cuando falte la información de una generación (en este caso, las madres y los padres que fueron secuestrados y desaparecidos).
Mi primera vez en un laboratorio fue dentro de la Facultad de Ciencias de la UNAM, mi mamá nos llevaba a mi hermana y a mí en algunas ocasiones cuando después iríamos a algún otro lado o cuando mi papá tenía concierto y no podía cuidarnos (y al revés también, muchas veces fui a conciertos de mi papá cuando mi mamá no podía cuidarnos). Estudié en una escuela primaria en la que nos enseñaron a aprender y a cuestionar todo lo que nos rodea; mi abuelo siempre me ha dicho que de pequeña era demasiado preguntona. ¿Mi mayor privilegio? Tener una familia que siempre alimentó mi curiosidad en favor de mi aprendizaje.
Cuando llegó el momento de elegir una carrera, lo único que tenía claro era que quería ayudar, hacer algo que tuviera un impacto positivo para el país y para la sociedad, pero no sabía exactamente qué. Intenté estudiar medicina y afortunadamente me quedaba a uno o dos aciertos, nunca lo logré y fue gracias a eso que conocí mi carrera. Por consejo de mi mamá, descubrí que existía la Licenciatura en Ciencia Forense en la UNAM y al ver el plan de estudios noté que era exactamente lo que yo quería: seguir aprendiendo de todo un poco.
He entendido mi carrera como un puente entre el derecho penal y todas las ciencias que coadyuvan en un proceso. Todos los semestres llevé clases de derecho y en un mismo día pasaba de aprender sobre leyes, a ponerme la bata para trabajar en el laboratorio. Llevé materias de todos los temas: psicología, fotografía, química, toxicología, entomología, criminalística, dactiloscopía, criminología, medicina, por mencionar algunas, y, las dos que más me movieron fueron la genética forense y la sociología del derecho. En todas las materias aprendíamos lo suficiente para seguir aprendiendo si nos interesaba, ese fue mi caso. Cuando llegó el momento de titularme, tuve que elegir entre hacer una tesis sobre la tortura dentro de los sistemas penitenciarios o la genética con fines de identificación humana. A pesar de haber llevado únicamente un semestre de genética, terminé eligiéndola y como proyecto de titulación modifiqué y adecué una técnica de análisis del ADN mitocondrial para que funcionara específicamente con población mexicana.
Gracias a mi trabajo de titulación, terminé de enamorarme de la investigación y del trabajo en el laboratorio. Actualmente soy estudiante del Programa de Doctorado en Ciencias Biomédicas de la UNAM y trabajo en la elaboración de una base de datos (genética) del genoma mitocondrial de la población mexicana con fines de identificación humana. ¿La intención? Atender la crisis humanitaria que está atravesando México en este momento.
En un país con más de 110 mil personas desaparecidas y más de 70 mil cuerpos sin identificar, la antropología, la genética, la medicina y la odontología se convierten en herramientas de identidad y dignidad ¿Por qué es importante? Durante el proceso de descomposición cadavérica, el ADN dentro de las células se degrada y se fragmenta. En esos casos, el otro ADN que contienen las células en sus mitocondrias puede ser una alternativa, ya que dentro de una sola célula tenemos muchas mitocondrias y cada una puede tener varias copias de ADN. El genoma mitocondrial, a diferencia del genoma nuclear, se hereda únicamente por línea materna, es decir que tu ADN mitocondrial es una copia idéntica al de tu mamá, al de las hermanas de tu mamá, tu abuela, la mamá de tu abuela, etc. De esta forma, ese linaje materno que estudio en el laboratorio no sólo son técnicas de biología molecular aplicadas, es un recordatorio simbólico de las miles de madres que buscan a sus hijxs desaparecidxs y que comparten con ellxs la misma secuencia mitocondrial.
Sin embargo, mi experiencia no es la norma; al contrario, es la excepción a una estadística. Aunque las mujeres en México llevamos años haciendo ciencia, la brecha de género persiste. Cuando estudié la licenciatura, en mi generación éramos 80 % mujeres; hoy, en el posgrado somos poco más de la mitad, porque la realidad es que conforme aumenta la jerarquía, la cantidad de mujeres disminuye drásticamente. Algunos lo llaman “la tubería que gotea”, como una metáfora que describe la pérdida progresiva de mujeres en carreras científicas y puestos de investigación. De hecho, dentro del Sistema Nacional de Investigadores, en 2025 las mujeres representaban apenas el 37 % y si buscamos a lxs investigadores eméritos (que es el nombramiento más alto de la SECIHTI), el porcentaje de mujeres baja drásticamente a 30 % ¿A dónde se van todas esas niñas científicas?
Ahora ya soy grande, ya soy científica, y quiero que todas las niñas puedan serlo, si así lo desean.
1 Fórmula estadística y análisis genético que determina con una precisión superior al 99,99 % el vínculo biológico entre abuelos y nietos.