Redacción Animal Político · 15 de julio de 2025
A propósito de Crisis o apocalipsis. El mal en nuestro tiempo, de Javier Sicilia y Jacobo Dayán.
Hay libros que no se reseñan: se cruzan en silencio, con respeto, como se cruzan ciertos umbrales. Crisis o apocalipsis. El mal en nuestro tiempo, escrito por Javier Sicilia y Jacobo Dayán, fue para mí una de las lecturas más difíciles de mi vida. No por su densidad conceptual —que la tiene—, sino porque su potencia está en otro lado: en su decisión radical de mirar de frente.
Mientras lo leía, me sentía pequeña entre dos gigantes. Era como asistir a una conversación a media luz entre dos almas muy antiguas. Uno, el poeta que carga el dolor como forma de lucidez. El otro, el jurista que ha tocado el cuerpo roto de la historia. El diálogo entre ellos no es un ensayo ni un tratado. Es un espacio de exposición —en el sentido más hondo del término—: la palabra puesta a prueba por el espanto.
El libro no sólo piensa el mal. Lo convoca. Lo hace aparecer en su dimensión concreta, histórica, política. No es el mal metafísico de las religiones ni el mal psicológico de los noticieros: es el mal que se ejecuta con burocracia, con siglas, con órdenes. El mal que tiene rostro, uniforme, firma, cómplices e incluso, causas. El mal que no se disfraza, sino que se normaliza.
Entre los muchos nombres que el libro pone a circular —víctimas, perpetradores, ausencias—, hubo dos que me dejaron en silencio, días enteros.
Uno fue el de Germana Stefanini. Tenía 67 años, estaba inválida, y fue secuestrada y ejecutada por las Brigadas Rojas en 1977 tras un “juicio revolucionario”. Su cuerpo nunca fue recuperado. Germana trabajaba como guardia civil en la prisión de Rebibbia; su función era entregar paquetes a los presos. La acusaron de ejercer una “función represiva” sobre la piel de los detenidos comunistas. La sentenciaron a muerte en nombre del pueblo.
¿Qué pasó ahí? ¿Qué derivas ideológicas permiten que una mujer vieja, sin poder, sin defensa, sea convertida en enemigo a aniquilar? ¿Cómo se desfigura el rostro del otro hasta hacerlo prescindible?
La historia de Germana no cabe en ningún relato heroico. Incomoda. Porque desarma la ilusión de que el mal es siempre el otro, el monstruo reconocible. Nos recuerda que el fanatismo no necesita verdad, solo justificación. Y que el mal, cuando se administra desde el dogma, se vuelve ciego, implacable, absoluto.
El otro estremecimiento que experimenté vino con los hermanos de la Rosa Blanca. Estudiantes alemanes que resistieron al nazismo desde dentro de la Universidad de Múnich. Jóvenes que escribían panfletos, los multiplicaban en secreto y los dejaban en los pasillos, confiando todavía en la fuerza de la palabra. Yo ignoraba todo sobre ellos. Pero no pude —no quise— dejar de imaginar a Hans y Sophie Scholl, temblorosos pero decididos, bajando por las escaleras con los abrigos llenos de hojas clandestinas.
No tenían más de 25 años, carajo. Hans tenía 24. Sophie, 21. Fueron detenidos. Fueron ejecutados.
Y sin embargo, en su gesto resiste algo inmenso: una ética del riesgo, de la desobediencia, del cuidado por el mundo.
Ese es el tipo de temblor que este libro convoca. Sicilia y Dayán no nos invitan a contemplar el mal: nos obligan a preguntarnos qué hacemos con él. Cómo lo nombramos. Cómo lo enfrentamos. Cómo evitamos volvernos sus instrumentos.
En medio del temblor que produce esta lectura, resuena una figura que el propio libro convoca: Jean Améry, filósofo y sobreviviente de Auschwitz, que pensó el mal desde el cuerpo roto, desde el resentimiento como derecho y forma de lucidez ética. Améry defendía con fuerza la idea de que no todo debe ser reconciliado ni olvidado ni perdonado.
“Sólo perdona realmente quien consiente que su individualidad se disuelva en la sociedad…”.
La frase corta el aliento. Porque nos recuerda que hay duelos que no buscan clausura. Que hay dolores que no pueden —y quizás no deben— ser absorbidos por el mandato de la reconciliación. Y que la memoria, a veces, se sostiene mejor en el filo que en el alivio.
Crisis o apocalipsis no elude esa tensión. La deja abierta. La escucha. La transita con dignidad. Y en ello reside gran parte de su potencia: en no buscar consuelo, sino verdad.
Siempre he guardado una distancia crítica con el trabajo de Byung‑Chul Han. Su perspectiva sobre los universos y prácticas digitales me parece más que un análisis situado, un pensamiento fatalista. En sus críticas hay un peligro inverso: reducir lo digital a una distopía sin matices es cerrarlo; impedir ver que en ese territorio hay también formas de resistencia, de construcción colectiva, de memoria viva.
“Lo que hacen las humanidades digitales es más que empleo de herramientas: crean objetos que ni son libros ni música; son otras entidades en red. Estas tecnologías habilitan narraciones, comunidades y memorias que antes no cabían en el relato impreso”.
Estas palabras, firmadas por Jaime Ricardo Huesca, no son retórica académica: son una reivindicación de la digitalidad como espacio ético, político y creativo. Muestran que lo digital, lejos de ser mero instrumento —como teme Han—, es una trama viva donde se articulan memorias, se crean archivos, se juntan voces de resistencia, y donde se articula comunidad. Esa potencia es parte del mismo gesto ético del libro de Sicilia y Dayán: no solo nombrar el mal, sino documentarlo, dispersarlo, extenderlo para que no muera en silencio.
En un mundo donde no sobra la esperanza, y donde —como bien dice Jacobo Dayán— “nuestras acciones parecen no reparar nada”, la idea de reparación adquiere el rostro de una pura resistencia. Y es ahí donde aparece, con fuerza, la figura del Kathekón: ese principio que, dicho en simple, retrasa, contiene, detiene el colapso inminente.
Quizás sin proponérselo del todo, Javier Sicilia y Jacobo Dayán han creado con este libro un kathekón. No para tranquilizar. No para cerrar. Sino para no sucumbir. Para entender lo que duele. Para no colapsar. Para poner al centro a las víctimas, a la memoria, al mal nombrado sin atajos. Y en estos tiempos oscuros, eso es ya un acto luminoso. Gracias.