El costo de habitar

Joel Aguirre · 3 de junio de 2026

El costo de habitar

Por Ingrid Solís*

¿Te has cuestionado alguna vez cómo es tu estilo de vida? ¿A qué tienes acceso y a qué no? ¿A qué realmente tienes derecho? Muchas personas sí se lo preguntan, especialmente cuando tienen que despertarse tres horas antes de su entrada de trabajo para llegar a tiempo o cuando dejan de comer lo suficiente para que en seis quincenas ¡puedan comprarse algo que necesitan! Ahí nos damos cuenta de que no basta ponerlo en el vision board, “decretarlo” lo suficiente: la vida se traduce en renuncias constantes para obtener algo. Pero si tu objetivo es tener una vivienda, ¿a qué debes renunciar?

De acuerdo con el INEGI, en México hay un total de 126 millones 14,024 personas, de las cuales solo 22 millones 790, 527 tienen una vivienda propia. Las demás tienen que optar por diversas alternativas: prestar, por adquisición de créditos o financiamientos a largo plazo, rentas, así como hay viviendas que se encuentran intestadas o en litigio, entre otras situaciones, lo anterior basado en la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024.

Ahora bien, si nos enfocamos específicamente en la población que paga renta, la encuesta antes señalada evidencia una marcada desigualdad en los ingresos laborales. Los hogares con menores percepciones reciben en promedio 85 pesos diarios, mientras que aquellos con mayores ingresos alcanzan 1,191 pesos diarios.

Esta brecha resulta alarmante al contrastar con el costo que tienen las viviendas, ya que para quienes perciben menos ingresos las rentas simplemente no son asequibles. Un ejemplos es Yucatán; si quieres vivir en este estado, debes tener en cuenta que se encuentra entre las entidades con salarios más bajos y, por si fuera poco, la situación se torna más compleja cuando notas que las viviendas más “económicas” rondan los 6,000 pesos mensuales y que tampoco existe una regulación en los aumentos anuales de rentas con base en la inflación, a diferencia de lo que puede ocurrir en otras entidades como Ciudad de México, donde su Código Civil sí lo contempla.

¿Qué pasa cuando ya no alcanza para rentar una vivienda? Una realidad cada vez más presente para las personas en el país como consecuencia de la gentrificación y la turistificación. En Yucatán desde hace años las personas han sido desplazadas del centro histórico de la capital, ¿y por qué? Por el alza de la vida: rentas impagables, aumento del valor catastral, transformaciones del espacio urbano para otros intereses, etcétera.

Esta misma dinámica se replica en municipios con las denominaciones de “Pueblos mágicos”, donde el fenómeno “marca” funciona como justificación para elevar el costo de vida, priorizar los servicios turísticos, lucrar con la folclorización de la cultura local y ejercer racismo.

El caso de la vivienda en Yucatán

Por si fuera poco, se estima que tan solo en la ciudad de Mérida hay aproximadamente alrededor de 7,000 propiedades que funcionan como alojamientos temporales (Airbnb). Por lo que se ha reducido de manera preocupante la oferta de vivienda para uso habitacional, toda vez que, a las personas que tienen el privilegio de tener una vivienda les parece más rentable alquilar por menos tiempo y a un alto costo, que a un costo fijo por un largo lapso, volviendo complicado encontrar una vivienda como uso habitacional. Como consecuencia, en Mérida, el acceso a la renta se concentra en zonas periféricas o en áreas consideradas socialmente aceptables o “seguras” para la blancura y blanquitud. 

Esta situación se agrava cuando encontramos memes en redes sociales de mapas de la ciudad en donde se señala cuáles zonas son consideradas “buenas” y cuáles no, lo que enriquece y normaliza lógicas clasistas y racistas.

Y a todo esto, ¿y si quiero una vivienda digna? Lo que debería ser una realidad garantizada hoy día se ha convertido en un privilegio que obtienen las personas que tienen mayores ingresos y que pueden resistir a un sistema inmobiliario cada vez más excluyente. Porque, para una gran parte de la población, una renta o hasta el sueño de una vivienda implica sacrificios desproporcionados que comprometen otros aspectos de la vida, como alimentación, movilidad, descanso o incluso vida social.

Sí, existe una brecha de desigualdad urbana, provocada por la falta de regulación en los precios de renta, la expansión de alojamientos temporales, la gentrificación, etcétera, situaciones que solo acentúan las desigualdades, el desplazamiento de las personas y la normalización de discursos discriminatorios que jerarquizan los territorios y a quienes los habitan. 

Lo anterior evidencia que esta problemática no es individual, que no se mide en el “esfuerzo” ni de lógicas como “el pobre es pobre porque quiere”. Se trata de una problemática estructural, donde el Estado vele por las personas, porque la vivienda no es una mercancía ni un privilegio, se debe reconocer como realmente es, un derecho indispensable para una vida digna y ya no tener que preguntarte: ¿a qué debo renunciar para obtenerlo?

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*Ingrid Solís es abogada con enfoque en derechos humanos, apasionada por el trabajo comunitario con las personas, sobre las realidades sociales de manera interseccional. Actualmente colabora como investigadora del Centro de Investigación Aplicada en Derechos Humanos “Digna Ochoa y Plácido» de la CODHEY. Redes: @ingritt_solis / @codhey