Redacción Animal Político · 11 de diciembre de 2024
“Debemos empezar por reinventar el futuro
sumergiéndonos en un presente más creativo”.
Michel Foucault,
Conversación sin complejos con el filósofo
que analiza las “estructuras de poder”
En el libro titulado Trilogía de la extinción. Ensayos sobre biopolítica, tecnología y animales, recientemente publicado por el Programa Universitario de Bioética (PUB) y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), he intentado configurar un cosmograma biopoético que, como sugirió John Tresch, pueda servir para meditar sobre dos dimensiones de la temporalidad que, en todo caso, tienen que ver con el futuro y el origen, así como con el punto histórico de dónde venimos y el punto histórico hacia dónde vamos. Tarea nada fácil. Más aún cuando el futuro y el punto hacia donde vamos, gracias a los excesos del siglo pasado, coinciden en un imaginario apocalíptico en el que no se puede meditar sino sobre el fin del mundo (humano) y de la vida (humana), ya sea por el calentamiento global o el cambio climático; ya sea por las pandemias, las sequías extremas, la escasez de agua o las inundaciones devastadoras, entre otras catástrofes: el futuro no pinta nada bien. En consecuencia, tal imaginario sólo nos indica que vamos lentamente hacia el precipicio, que no es otra cosa sino una metáfora para disfrazar la catástrofe de la extinción.
A este vistazo del futuro he querido contraponer, a manera de exhortación, una meditación sobre varios orígenes históricos en los que coinciden los seres humanos, la tecnología y los demás animales, ya sea al describir el encuentro entre los seres humanos y los ajolotes en laboratorios; el encuentro fantástico entre los seres humanos y las ballenas mediante barcos, o las campañas de conservación de especies, como la del lobo mexicano. He mostrado que el punto histórico de donde vienen los seres humanos en realidad es la convergencia de una forma de cohabitación y de un modo de coproducción que involucra tanto a la tecnología como a los demás animales. En este sentido, los seres humanos, en la dimensión antropogenética, vienen históricamente de múltiples convergencias que en todo momento los hacen ser y llegar a ser, tanto como no-ser y dejar de ser. La existencia de los seres humanos está dada por una red de relaciones por la cual se altera y altera aquello con lo que cohabita. Por ende, aunque parezca una obviedad, los seres humanos no vienen solos al mundo -porque antes de nacer hay un complejo tecnológico que los recibirá con los objetos técnicos abiertos- ni son los únicos habitantes del planeta Tierra -porque son una especie biológica entre muchas otras, con quienes en algunos casos comparten cierta animalidad.
De esta manera, una meditación sobre el futuro que parta de la convergencia histórica de la cual vienen los seres humanos podría cambiar o modificar la red de relaciones establecida con la tecnología y los demás animales, para cohabitar de otra manera el planeta, que hasta la fecha sólo padece los efectos negativos de tipo antropogénico. Así, la meditación sobre el futuro se podría convertir en la posibilidad de darle forma a un imaginario que no sólo se rija por la visión apocalíptica, sino que busque cambiar el panorama presente al hacer, más bien, una revisión y un análisis de las relaciones de poder que dicha visión esconde y que en todo caso la produce.
De acuerdo con la propuesta de los cosmogramas, una vez que se hace el relato de dónde venimos y hacia dónde vamos, cabe la posibilidad de revelar uno de los imaginarios relacionados con el binomio orden-caos, que en este caso tiene que ver con cierto ejercicio de poder sobre la vida o biopoder. En este sentido, se podría afirmar que no se conoce realmente el caos, porque la red de relaciones de poder le da cierta forma al orden. Ahora bien, en lo concerniente con la vida, el ejercicio de biopoder, tal como lo pudo haber analizado Michel Foucault, no sólo invade enteramente la vida, sino que también busca transformarla a partir de varias tecnologías políticas, dentro de las que destaca la biopolítica de la población, que se enfoca en objetivizar el cuerpo-especie, transido por los procesos y la mecánica de lo biológico.
De esta manera, al hacer la revisión y el análisis del ejercicio de poder sobre la vida en términos históricos —que se puede conocer ahora como biohistoria—, se puede dar forma a un imaginario del futuro en términos de una biopoética, que no sólo diga cómo sucedieron las cosas, sino que busque, en primera instancia, diseñar la red de relaciones de poder cual ojalá hubieran pasado y, en segunda, hacer que los procesos de la vida se conviertan en un movimiento histórico. De ahí que haya insistido en configurar el cosmograma biopoético tomando como ejemplo la capacidad (dynamis) regenerativa de los ajolotes, ya que si bien es una capacidad que han perdido los mamíferos, las biotecnologías han hecho lo posible por recuperar esa memoria vital. En suma, el cosmograma biopoético le daría forma a un futuro en el que la regeneración podría llegar a ser un movimiento histórico capaz de alterar la visión apocalíptica que nos ha tocado vivir. Más que sólo cambiar el mundo, de lo que se trataría sería de regenerarlo, dando el primer paso de la desespecialización del origen y del fin en lo concerniente a la subjetividad imperante, para producir una red de relaciones de poder diferente, así como crear la posibilidad de cohabitar la Tierra con otras entidades humanas, no humanas, inhumanas y más-que-humanas.
* Jorge Vélez Vega cursó los estudios de maestría y doctorado en Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En esta misma institución participó en el Programa de Becas Posdoctorales del Personal Académico (2022-2024). En 2023 obtuvo la candidatura para formar parte del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII).
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