Redacción Animal Político · 10 de octubre de 2024
Ahora que se ha vuelto a abrir una polémica artificial —y artificiosa— por parte del gobierno de México, que en realidad busca desviar la atención de lo que debería ser prioridad en el país y que no se atiende -esto es, la corrupción y la seguridad, por no hablar de la educación y la salud-, en la que la presidenta de turno ha reiterado la necesidad de que España pida perdón por la Conquista, leo que en México han decapitado al alcalde de Chilpancingo, Guerrero, la capital de ese estado, aquel lugar donde también se encuentra Acapulco, y en el que ha vuelto a azotar no sólo la inclemencia del clima con un nuevo huracán devastador, como el que ya lo castigó hace un año, sino también el crimen organizado.
Primero fue asesinado el secretario general del ayuntamiento, Francisco González Tapia, y después el alcalde, Alejandro Arcos Catalán, apenas una semana después de tomar posesión. Pero antes, el 27 de septiembre, también había sido asesinado Ulises Hernández Martínez, quien aparentemente se perfilaba para ser el encargado de la seguridad en el gobierno de Arcos Catalán, que llegó amparado por la oposición y que ganó las elecciones en un estado que controla políticamente Morena y, en la práctica, el narco, con una gobernadora hija de un sujeto acusado de violación que también es senador de la República, el clan de los Salgado.
No sólo la Conquista no fue pacífica, tampoco parecen serlo las transiciones de gobierno en México, aunque por esos crímenes ninguna autoridad solicita que se pida perdón a nadie. Es la contradicción de buscar la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio, algo a lo que parece se han acostumbrado los mexicanos, y me excluyo, porque viviendo en España, hay algo de mí que siente vergüenza por mi país, por ese país, aunque esa vergüenza también la expresé en 1994 cuando con todo el poder del Estado había vuelto a ganar el PRI las elecciones presidenciales de aquel año descompuesto. Entonces perdí mi trabajo en Notimex por levantar la voz y escribir una carta.
Decapitar. Se escribe fácil —y más si hablamos de México—, porque la normalización de la violencia que ha propuesto el Estado, donde a los delincuentes se les ofrecen abrazos, se ha extendido por todo el territorio nacional, pero la verdad es que para entornos democráticos (en los que se encuentra España orgullosamente), aquello es estremecedor.
La decapitación, en un Estado democrático, no sólo es un acto de barbarie; es, en esencia, un acto terrorista. Y, sin embargo, se trata de un acto que se llevaba a cabo hace más de cinco siglos, lo que permitió descubrirla a los europeos que conquistaron las tierras americanas —especialmente incas: sí, ya desde entonces se llevaban a cabo decapitaciones, antes de que incluso llegaran “los malos” a invadir “tierras puras”, como les gusta hablar a los populistas y maniqueos que de historia saben poco— y por la que hoy un fulano exige a los descendientes de aquellos que llegaron a tierras que aún no se conocían como México, que pidan perdón —no se sabe a quién—, no por las decapitaciones que ya se realizaban en América sino por las “atrocidades” que los conquistadores cometieron hace 500 años.
Las atrocidades actuales, se entiende en este contexto de realidad paralela, no tienen ningún peso. Al gobierno mexicano le importa lo que ocurrió hace 500 años, no lo que ocurre ahora. Ahora, abrazos para los verdugos y humillación para las víctimas. Si no, que les pregunten a las madres buscadoras de México para quienes no hay la más mínima consideración del Estado en su peregrinar por encontrar las huellas de sus hijos y de sus hijas desaparecidas, no importa que gobierne una mujer o un hombre: son iguales.
Al gobierno mexicano las únicas víctimas que le preocupan son las que ocurrieron en el paleolítico, y uso el humor porque de otra manera hablaríamos de cosas serías y, al parecer, decapitar en México pronto podría ser una actividad olímpica donde alguna medalla ganaría un país que gana pocas. Los Ángeles están a la vuelta de la esquina. A ver quién de “los ardillos” o de “los tlacos”, esas bandas que se pasean con toda impunidad en Guerrero causando terror, irá a representarnos para poner el nombre de México muy en alto.
Pero no tiene gracia. México se ha convertido en el cementerio de América Latina, donde en el sexenio del expresidente López Obrador (el mismo que pide que España se disculpe) ocurrieron cerca de 200,000 homicidios 1 y hasta hace un año contabilizaba 5,600 fosas clandestinas, 2 algo paradójico porque su gobierno obtuvo, pese a esos números escandalosos, una aprobación escalofriante del 80 %, nada más dejar el poder. Y escribo escalofriante porque hace suponer que a más homicidios y a más fosas, mayor es la aprobación de un presidente en México, porque este ha sido el sexenio más sanguinario de la historia del país.
Por si alguien quisiera saber qué piensa un amplio número de españoles sobre la polémica del perdón, basta leer un par de comentarios de un periódico en España sobre la noticia de la decapitación del alcalde de Chilpancingo:
“Pero el problema importante es que España pida perdón, no que México sea un estado fallido que se parece más a un infierno lleno de asesinatos y atrocidades que a un lugar dónde vivir”.
“Dra. Claudia Sheinbaum, y expresidente, Sr. López Obrador, dedíquense a combatir los graves problemas que tienen ustedes en su país (narcoterrorismo, recesión, pobreza…) y no pierdan el tiempo acusando a España porque bastante trabajo tienen ustedes para enderezar su propio país que está al borde del abismo, así que no se ocupen/preocupen de los demás. Hay que tener cara”. 3
En efecto, hay que tener cara, o morro como se dice en España, para andar buscando problemas de hace 500 años y hacernos creer que con tanto militar suelto en las calles, ahora que la Guardia Nacional se ha convertido en un apéndice de la Secretaría de la Defensa, se solucionarán los problemas de seguridad. Un apéndice que, hay que recordarlo, inauguró el mandato de la nueva presidenta disparando contra migrantes indefensos en Chiapas. La solución de la seguridad parece que está a un paso o a un “piso”, ahora que gusta tanto la palabra tonta, de solucionarse. Las armas están listas… en contra de los indefensos.
Decapitar es un acto no sólo de humillación y superioridad, es un acto de crueldad que coloca al ser humano en el escalafón más bajo del desarrollo e inteligencia de los seres vivos; es un acto al que han recurrido grupos terroristas como el Estado Islámico —no podemos olvidar la muerte de James Foley en 2014, hace diez años—, y al que ahora recurren grupos terroristas en México.
La cabeza de Arcos Catalán se colocó en el techo de una camioneta, mientras su cuerpo yacía en el asiento del copiloto de la misma camioneta. La fotografía que algunos medios difundieron es la imagen de la deshonra de un país que le ha perdido miedo a todo, es la imagen de la vergüenza y de la pena de un país que ha dejado de tener límites en la ejecución de su violencia y sobre el significado de dignidad, del que lo desconoce todo. La decapitación de Arcos Catalán es un crimen de guerra al nivel de los de Putin y Netanyahu. Me atreví a ver la fotografía para escribir este texto. He visto horrores, ese es uno de ellos. Un país incapaz de pedir perdón él mismo por la barbarie que ocurre en él, es un país sin vergüenza. México la ha perdido.
“Los Incas […] usaban las cabezas de los enemigos más importantes como trofeos y las convertían en jarras para beber, lanzando un claro mensaje de supremacía militar. También los conocidos Jíbaros de Ecuador reducían las cabezas de sus rivales y las atravesaban con cuerdas para poder transportarlas con ellos. Pero, hasta la fecha, la evidencia más antigua de esta práctica que impresionó a los conquistadores europeos hace más de cinco siglos se remontaba a hace unos 3,000 años. Y, además, todas ellas habían sido encontradas en el área andina” (Corral, 2015). 4 Pues bien, los narcos mexicanos han retomado la tradición. Alguien necesitará pedir perdón dentro de 500 años.
“Un estado fallido” y “un país al borde del abismo” escribe el lector medio en España sobre México, un país cuya preocupación se centra en lo que ocurrió siglos atrás. Es una locura, como lo es aceptar que la cabeza de un hombre que ganó una alcaldía de la capital de un estado en México en las últimas elecciones sea exhibida en el toldo de una camioneta y que nadie rechiste de ello ni haya gente que se diga avergonzada, como me digo yo, de ser mexicano. Seré el primero, tal vez.
Yo pido perdón por haber nacido ahí. Ojalá vengan otros y digan lo mismo, y podemos hacer algo para concientizar que eso que ocurre no es normal. Ojalá que a los que les corresponda pedir perdón, lo hagan. Uno acaba de dejar el poder —o eso dice—, pero es un incompetente —no quiero imaginar el escándalo que se hubiera hecho si el decapitado hubiera sido él y alguien hubiera colocado su cabeza en el asta bandera del Zócalo—. Hoy somos millones —o eso espero— para los que una decapitación nos hace pensar que algo ha fallado en México y que es precisamente México el que debería pedir perdón al mundo y a su gente. A ellos les digo: podría ser su padre el decapitado, podría ser su madre, podría ser su hija o su hijo. Es su futuro, es el nuestro. Es el México que, visto lo visto por el apoyo de continuidad que ha tenido el gobierno, muchos quieren. Yo no. Yo no voté por eso. Yo sí me avergüenzo. Y doy la cara. Y pido perdón.
* Juan Manuel Villalobos es escritor. Su última obra es el libro de relatos La peor parte (librosampleados; México, 2020).
3 Comentarios a la nota “Decapitado el alcalde de Chilpancingo una semana después de asumir el cargo” firmada por David Marcial Pérez (10/07/2015). El País.
4 Corral, Miguel G. (09/24/2015) “¿La decapitación más antigua del mundo?”. El Mundo.