Redacción Animal Político · 19 de agosto de 2025
Diego: voy con todo para poder contestarte.
Felices primeros 11 años.
Vendrán más y nos vamos a seguir ganando
todos los dulces en las piñatas.
“Una civilización extraterrestre podría echar un vistazo y preguntarse: ¿qué están haciendo estos? ¿Por qué no paran de dar vueltas sin ir a ningún lado? La Tierra es la respuesta a todas las preguntas”, dice Samantha Harvey en ‘Orbital’ (Anagrama, 2025). Con esta obra, Harvey se hizo acreedora al Premio Booker en 2024 y a los aplausos de la crítica en todo el mundo. La historia, gira (¡orbita!) en torno a 6 tripulantes que trabajan en una misión en la Estación Espacial Internacional.
Tal aventura los lleva a enfrentarse consigo mismos en medio de una trayectoria que aparentemente es privilegio de pocas personas. Después de todo: ¿cuántas de quienes leen esta columna lo hacen o harán en el espacio? Por poner un vago ejemplo.
Regreso a la pregunta (¿qué están haciendo estos?) para celebrar uno de los logros de la autora. Harvey hace que uno encuentre en la misma página de papel elementos para celebrar nuestra capacidad para traspasar lo que nos hace terrestres y tocar apenas un poco esa ilusión de no serlo. Esto, al tiempo que nos topamos con reflexiones vía los personajes sobre lo sencilla que puede ser la traza de nuestra naturaleza humana. Samantha Harvey, a quien han llamado “una especie de Melville de los cielos” (James Wood de The New Yorker es el responsable), nos avienta al espacio conforme avanzan sus letras.
Y en medio de ese trayecto donde por un lado vemos la nada y por otro una cierta visión del todo, Harvey me hace preguntarme cómo le explicaríamos varias cosas a esa civilización que podría cuestionar ¿qué están haciendo estos?
Sabes, sabe, perfecto que tengo razón. ¿Cómo les explicamos que compramos botellas de plástico (y no agua) para tirarlas unos segundos de uso después?
¿Cómo explicar que el mundo teme las decisiones de una exestrella fallida de los reality shows que ahora preside por segunda vez a Estados Unidos?
¿Cómo explicar a Elon Musk y a Jeff Bezos?
¿Cómo que hemos hecho de la masacre televisada una parte más de nuestra programación habitual?
¿Y el concepto “frontera”?
¿Y nuestra adicción al combustible fósil?
¿Y a las pantallas táctiles?
¿A la ropa de un solo uso?
¿A las Kardashian?
¿Cómo explicar que alguna vez un multimillonario compró en una subasta un cálculo renal de William Shatner, protagonista de Viaje a las Estrellas? No lo digo yo, lo cuenta Juan Villoro en No soy un robot (Anagrama, 2024).
La mera existencia de billonarios y la muy próxima aparición del primer trillonario en la historia.
Que todo apunta a que éste será blanco, heterosexual y sin entendimiento de la justicia ecológica. Como casi todos esos hombres que han dirigido nuestro camino a los hoyos más negros de nuestra miseria.
De ahí a las bodas de perros, el caso del personaje que se envenenó por hacer caso a su IA o la manera en que tratamos la pandemia de Covid 19, la lista es interminable. Suma, sume, tus, sus favoritos.
En uno de los momentos que hacen a esta novela una estrella en el cielo de la literatura de los últimos años, Pietro, el integrante italiano de la tripulación se pregunta “¿quién puede contemplar el asalto neurótico del hombre sobre el planeta y encontrarlo bello?”. Lo hace en el espacio a partir de una conversación con su hija en la Tierra. ¿Una conversación trans-terrestre? Ni siquiera cabe preguntarlo: una conversación y ya. Una que no puede responderse.
Pienso en ello y dejo de pensar en la mera idea de explicar esto que somos y esto que hacemos a una raza de otros confines cósmicos. Me importa saber cómo haré para lograr caer parado ante las preguntas antigravitacionales que muy probablemente me harán algún día (muy próximo, me temo) mis sobrinos.
Vienen días y años, no hay que ser adivino para saberlo. Vienen preguntas que ni nosotros mismos podemos respondernos ahora y sin embargo, en aras de pensar futuro como se trata de hacer en este espacio de #CausaFutura, Harvey se aventura otra vez a través de Pietro. El italiano dice a quienes tripulan con él: “¿Sabeís qué es lo que me apetecerá reencontrar cuándo llegue el día?, dice. “Pues cosas que no necesite. Cosas inútiles. Un objeto de decoración inútil sobre una repisa. Una alfombra”, termina.
Digo que Harvey se aventura porque creo firmemente, al menos desde hace un tiempo, que hay que voltear siempre al cielo pero sentir siempre la tierra con los pies. Y tal vez ahí, en estos tiempos de crecimiento exponencial de las miles de IA, las criptomonedas y las métricas nuevas de TikTok, quepa la respuesta: en voltear a vernos quedito, igual en silencio. Dormirnos lento y despertarnos aún más. Acelerar nada, exigirnos días más tiernos y tiempos más humanos. Errar más, ser más comunes y no portentos del logro diario.
Dejar de producir al tiempo de consumir.
Parar tantito, abrazar y desear que venga algo mejor.
Igual es poco, pero es un deseo bueno.
Un deseo de futuro.