Redacción Animal Político · 28 de marzo de 2025
Una vez estuvo cerca del amor
Si es que estuvo cerca del amor
¿Cuántas veces cerca, cerca del amor?
Pedro Guerra
Quiero escribir este texto liberándome de toda culpa por ser quien soy y dejando a un lado, por un momento, la constante autorrevisión, que se asemeja más a una crítica severa e inflexible que a una observación compasiva de mis errores y defectos que serán un montón, pero no son muchos más que los que tiene el resto del mundo. Soy una persona promedio con la perpetua misión de autodestruirse de manera extraordinaria en sus vinculaciones sexoafectivas.
Quiero escribir esto permitiéndome el autorreconocimiento como víctima y victimaria, propia y ajena; como daño directo y colateral de mi forma de aceptar y buscar la mirada y el amor de los hombres. Los años pasan y la experiencia se repite: un mensaje de insuficiencia en dosis pequeñas y constantes que se convierten en verdades irrefutables para mi autoestima, pero que en el día a día pasan desapercibidas, haciéndome creer que por fin logré romper con mi propia maldición.
Quiero escribir este texto sin sentir que, en lugar de deshojar una margarita, me desmembro a mí misma en nombre del amor o, mejor dicho, en nombre de lo que no fue ni será. Quiero escribir esto sin la agonía ni la carga de sentirme una mujer insuficiente.
Vivir un duelo abiertamente es difícil; vivirlo en silencio por una relación donde te eligieron a medias, termina siendo la confirmación de que eres la mujer de las relaciones que nunca se concretan ni cuajan. Es injusto el duelo invisible que atravesamos quienes nos quedamos atoradas en la bandeja de salida, por perder un lugar que en realidad nunca tuvimos porque no nos fue ofrecido u otorgado.
Dicen que desear es buscar. Pero estoy cansada de perder constantemente el deseo y las ganas de relacionarme. Y entre esos enormes paréntesis de sinsentido personal, pensándome desde mi ser mujer, empapada de lo que hoy se encuadra como amor romántico (destructor infalible de ilusiones femeninas), cuando encuentro a alguien que me entusiasma lo suficiente como para compartir mi intimidad, mis anhelos, mis luchas internas y mi historia, tengo el mal tino de elegir a quien, desde el inicio y hasta el final, decide no estar por completo a mi lado. Las razones siempre sobran.
¿Por qué? Quisiera saberlo: que la vida, la terapia, las charlas o mi propia mirada tuvieran una explicación tan contundente que me hiciera entender que esas elecciones, donde me convierto en fantasma, me ayudaran a aceptar de manera más profunda las razones por las que me coloco en ese no-lugar tan recurrente y familiar.
Es imposible escribir esto sin sentirme un poco miserable. Y, aunque nada de lo que pienso o siento ahora son verdades absolutas ni definitivas, duele como si realmente este callejón emocional no tuviera salida. Mientras miles de historias de amor suceden, se me rompe un poco el corazón al saber que no soy la protagonista, sino la mujer que acompaña a alguien más a llegar a su siguiente historia.
A veces solo quiero creer que mi autocompasión supera ese filtro viejo y arraigado que pongo en mis relaciones sexoafectivas. Mientras tanto, aquí, deshojada o desmembrada como margarita que busca (y desea) respuestas, continúo transitando por los lugares más incómodos en los que me coloco para saber que, el día que salga de ahí, no habrá de ser por una maldición rota, sino por la astucia y el arrojo de una mujer (auto)reparada que se pregunta constantemente si está cerca del amor.
