Redacción Animal Político · 30 de octubre de 2024
Imagina que un ser querido ha sido diagnosticado con la enfermedad de Alzheimer. Probablemente, la angustia de verlo perder sus recuerdos y capacidades te resultaría insoportable. Ahora, imagina que te ofrecen una opción: utilizar un animal para avanzar en la investigación de una posible cura. Quizá, sin dudarlo, aceptarías, pero ¿qué pasaría si en lugar de un solo animal fueran necesarios miles y miles a lo largo de varios años para lograr un pequeño avance?
Éste es uno de los dilemas éticos que enfrenta la investigación biomédica desde hace décadas en el campo de las investigaciones neurodegenerativas: ¿cuántos animales pueden utilizarse en la búsqueda de soluciones para aliviar las enfermedades y los padecimientos humanos? Con los años, la pregunta se ha vuelto cada vez más compleja, y aunque es cierto que la bioética ha intentado buscar soluciones, la discusión sobre el uso de animales todavía es una cuestión debatible con dos caras.
Por un lado, tenemos la necesidad de avanzar en la medicina para tratar y curar enfermedades que afectan a millones de personas en todo el mundo. Por otro lado, existe una responsabilidad ética de evitar daño y dolor innecesarios a los animales que, como seres sintientes, deberían ser también considerados en términos similares a los que tenemos con otros seres humanos, a quienes consideramos seres morales.
El uso de animales en la investigación científica se remonta a la Antigüedad, cuando personajes como Aristóteles, Hipócrates o Galeno realizaban experimentos con ellos para entender la anatomía y la fisiología. Con el tiempo, esta práctica se consolidó como una herramienta esencial en la medicina, permitiendo descubrimientos cruciales como la vacuna contra la viruela y los antibióticos. Actualmente la conciencia sobre los derechos de los animales ha crecido, por lo que su uso en las investigaciones se ha vuelto un tema controversial.
El principal argumento a favor de la experimentación con animales radica en su similitud biológica con el ser humano y su potencial para salvar vidas humanas. Gracias a estudios preclínicos que analizan la seguridad, eficacia y efectos biológicos de nuevos tratamientos en organismos vivos, se han desarrollado tratamientos y terapias para enfermedades como el cáncer, la diabetes y las enfermedades neurodegenerativas. Sin estos modelos, la transición de la teoría científica a la aplicación clínica sería, en extremo, lenta y menos efectiva, ya que probar fármacos directamente en humanos conlleva riesgos éticos y de seguridad.
Por ejemplo, en la investigación sobre el Alzheimer, el uso de modelos animales ha sido importante para comprender cómo se desarrollan los procesos neurodegenerativos y para probar posibles tratamientos que frenen o reviertan el deterioro cognitivo.
Aunque el dilema bioético en torno al uso de animales no es nuevo, las posiciones enfrentadas continúan siendo motivo de un debate intenso. Una de las posturas éticas que se ha utilizado para intentar resolverlo es el utilitarismo, el cual sostiene que las acciones deben ser evaluadas en función de su capacidad para maximizar el bienestar y minimizar el sufrimiento.
Entonces, si el sufrimiento de un número relativamente pequeño de animales puede conducir a curas y tratamientos que salven millones de vidas humanas, ¿podría argumentarse que el balance de la ecuación moral se inclina hacia la justificación de su uso?
Peter Singer, uno de los defensores más destacados de la corriente filosófica del utilitarismo, argumenta que no hay una justificación moral válida para dar mayor consideración a los intereses humanos por encima de las vidas animales. Desde esta perspectiva, infligir dolor a seres sintientes “en nombre del progreso” e independientemente de los beneficios potenciales, sería moralmente inaceptable, ya que el sufrimiento de los animales en los laboratorios merecería el mismo peso moral que el sufrimiento humano. Esto plantea dudas éticas en las investigaciones biomédicas en tanto que cuestiona la práctica de su uso como medio para llegar a un fin.
Además, existen preocupaciones sobre la efectividad de los modelos animales para predecir respuestas humanas, ya que muchos tratamientos exitosos en animales no han logrado replicar los mismos resultados en humanos. Aunado a esto, la creciente disponibilidad de tecnologías alternativas, como los organoides y la modelización computacional, ofrece nuevas formas de investigar sin recurrir al uso de animales, sugiriendo que es posible seguir avanzando en las investigaciones biomédicas sin causarles daño.
Es aquí cuando los Comités Internos para el Cuidado y Uso de Animales de Laboratorio (CICUALes) tienen un papel crucial en el proceso de las investigaciones, ya que trabajan bajo el principio de las 3R (reemplazo, reducción y refinamiento), lo cual garantiza que los experimentos sean vitales y necesarios, al asegurar que el uso de animales esté justificado y que se minimice su sufrimiento, o bien que se busquen alternativas para reemplazarlos.
Estos comités no sólo evalúan la justificación científica de los experimentos, también su moralidad, y aunque es cierto que han logrado avances significativos en cuanto a la protección de animales, hoy en día la ciencia y la tecnología plantean nuevos desafíos que requieren una continua reevaluación de las prácticas y normas existentes. En ese sentido, es importante que los CICUALes encuentren un equilibrio entre la necesidad de la investigación biomédica y las consideraciones éticas relacionadas con el bienestar animal.
Posturas como el utilitarismo nos llevan a reflexionar y a tomar en cuenta los intereses de todos los seres afectados por nuestras acciones, sean humanos o no. Esto crea una tensión inherente entre la necesidad de salvar vidas humanas y la obligación de respetar la vida y el bienestar de los animales, por lo que la pregunta persiste: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para encontrar curas a las enfermedades humanas?
No hay una respuesta simple, sin embargo, hasta ahora, la balanza ha estado inclinada a favor del ser humano, pero lo que queda claro es que el sufrimiento animal no puede ser ignorado en la búsqueda de soluciones médicas. Cualquier avance debe hacerse con un profundo respeto por toda forma de vida y tratando de mover la balanza hacia un punto mucho más equilibrado.
* María Clara Vadela Claus estudió Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM y es tesista del Taller de Estudios Filosóficos, Históricos y Sociales sobre Biología Evolutiva, donde investiga temas relacionados con el uso de animales de laboratorio y la pertinencia de la normativa en México desde un enfoque bioético. Ricardo Noguera Solano es profesor de tiempo completo de la Facultad de Ciencias, miembro del Programa Universitario de Bioética donde coordina el Seminario Raíces evolutivas de la moralidad y actualmente también es secretario técnico del Seminario Universitario de Evolución de la UNAM.
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