Marlén Castro/Amapola Periodismo · 29 de junio de 2025
Cuando Yolanda Matías García sale de su habitación, el área del comedor de su casa, se ilumina.
Podría ser por su ropa, una blusa amarilla bordada a juego con la diadema en su cabeza; podría ser la escasa luz que se filtra en la casa y el color de su ropa, lo propicia, de forma natural. O la razón, sea ella. Solamente ella.
Que esto ocurra cuando la poeta náhuatl se aparece es conmovedor. Yolanda emana luz, cuando ella, en su interior, está a oscuras. Lleva 16 años ciega. En 2009 perdió la vista debido a una negligencia médica, un error humano absurdo, incomprensible.
Perder la vista la sumió en una depresión y hubo momentos en que quería morirse pero salió de ahí en tiempo récord.
Sin ver, escribe poesía, arma antologías, participa en recitales. La ceguera volvió a su corazón un cascabelero, como dice uno de sus poemas.
En la comunidad nahua de Atliaca, municipio de Tixtla, en Guerreo, en donde nació y estudió su educación básica, Yolanda Matías recuerda que sus maestros la regañaban o pegaban, si hablaban en náhuatl.
Fue en la Escuela Primaria General Lázaro Cárdenas, de Atliaca, en la que Yolanda padeció maltrato por hablar náhuatl.
“No me pasaba solo a mí. Les pasaba a todas y todos los que íbamos a la escuela y los hacían las maestras y los maestros de todos los grados. Mi maestro tenía una tabla con las que nos pegaba si hablábamos náhuatl”.
Ella pensaba: “porqué, no quieren que hablemos nuestra lengua, si es tan bonita”. Era hija de un maestro de primaria, hablante de náhuatl, lo que le permitió crecer en un hogar con perspectiva acerca de sus orígenes mesoamericanos.
Aprendió a escribir poesía para enseñarle a su pueblo, a su gente, a su familia, a sus maestros, que la lengua náhuatl era bella. Escribía al sol, al agua, a la tierra, a las plantas, a los animales, al amor en general, a los hombres y a las mujeres de su tierra.
Creció. Conforme tenía más edad, cuenta, se hizo más consciente de la discriminación que sufrían los hablantes de una lengua originaria. Se hizo una promesa así misma. Nunca se avergonzaría de su origen, de su lengua, de su cultura; la defendería y la reivindicaría siempre. La poesía sería su herramienta.
Cuando tenía 16 años y estudiaba el primer año de preparatoria, tomó la decisión de enseñar para comenzar a tener sus propios ingresos. Ya había terminado la secundaria y ya podía trabajar como maestra, porque entonces, se podía dar clases después de ese nivel escolar.
“Me fui a trabajar a Copalillo como maestra de primaria. Me pagaban 250 pesos quincenales, pero no abandoné mis estudios. Tres semanas trabajaba y una estudiaba”.
Copalillo, en la región Norte de la entidad, es un municipio con una población hablante de náhuatl, a unas ocho horas de distancia de su comunidad de origen. La travesía para ir a dar clases era agotadora.
Una vez, en Chilpancingo, vio como menospreciaron a una mujer indígena nahua. Ella venía por la calle, traía su traje tradicional, una persona en sentido contrario le dijo que se quitara que no estorbara, que era una india.
“Yo vi eso y me indignó. Supe que tenía que hacer algo para evitar ese maltrato”.
Lo que Yolanda planeó contribuyó a que la población se sintiera orgullosa de sus raíces y viera de otra forma a las culturas originarias. Organizó un programa en Radio Universidad, en el que explicaba la belleza de las lenguas y las culturas originarias.
Cuando Yolanda comenzó a dar clases en Copalillo, conoció a Sabino Estrada Guadalupe, quien después se convirtió en su esposo, en 1987, entonces era una mujer de 20 años.
Sabino Estrada militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), representaba a la izquierda y bajo esas siglas se hizo alcalde de Copalillo, cargo que ocupó de 1990 a 1993. Fue el segundo municipio del país gobernado por la izquierda. El primero fue Alcozauca, en la Montaña alta de Guerrero, con el profesor Othón Salazar. Sabino también era líder del Consejo Guerrerense 500 Años de Resistencia Indígena, una organización de mucho peso político y poder de gestión en la década de los noventa.
En 1996, Sabino Estrada, quien era candidato a diputado federal, fue asesinado en Chilpancingo.
“Le echaron una camioneta encima, aplastaron su carro enfrente del reclusorio”, contó la poeta.

La muerte de Sabino se manejó como accidente por las autoridades estatales y nunca fue investigado. Para los allegados se trató de un crimen. No fue el único líder de la izquierda eliminado en la década de los noventa.
Yolanda Matías cambió su alegría y con ella la esencia de su poesía, pero halló la manera de salir de su depresión. Escribió poemas a Sabino y a su corazón herido por la pérdida.
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De la pérdida surgió una de sus grandes poesías: Toma mi corazón.
Toma mi dulce corazón/guerrero celeste/con el alimenta a las aves para que nazcan las flores/
Toma mi triste corazón/y llévalo a las estrellas/para que mil cantares lleguen en son a la tierra/
Toma mi sublime corazón/y cúbrelo con rosas bellas/despiértalo sutil, suavemente y abrígalo con una sonrisa/
Toma mi desdichado corazón/príncipe de mi pasado/abrígalo con tus fuertes brazos y huye con él a otro mundo/
Toma mi cascabelero corazón/sombra y luz de mis días/y haz con él una fiesta aunque a mí jamás me lo digas/
En 2009, Yolanda Matías, entonces de 42 años, se sometió a una cirugía por una hernia en el estómago. Al quinto día, cuando despertó, no veía nada. Le habían suministrado un medicamento que la hizo perder la vista.
Yolanda estuvo varias semanas deprimida. Sintió que había perdido las ganas de vivir.
“Me hablaron unos maestros del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos para invitarme a un recital. Lo primero que pensé fue: se están burlando de mí. Una amiga me dijo: para un recital no necesitas la vista, necesitas tu poesía, esa la tienes, necesitas hablar y no estás muda”.
Pidió a Lenin, su único hijo, que le acercara todo lo que había escrito, que leyeran sus poemas. A los dos meses estaba participando en el recital. Para Yolanda, la respuesta de las personas que asistieron a ese recital, fue decisivo para salir adelante. Ese fue el primero de muchos recitales, algunos fuera del país. Yolanda participó en el Festival Internacional de Poesía, de Génova, Italia, en 2016. Con el mismo propósito estuvo en Venezuela en una gira poética de la poesía náhuatl y en Nicaragua invitada por la Coordinación Mundial de Creadores en Lenguas Originarias.
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En sus recitales, Roberto Matías García, el hermano de Yolanda, toca el teponaxtle, un instrumento musical de origen prehispánico, parecido a un tambor alargado y su amigo Gustavo Victoriano García, un catedrático de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), toca la guitarra.
La mayor satisfacción de la poeta nahua es su participación en el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), el 20 de mayo del 2024, en el recital Nuestras raíces, junto a otros dos poetas.
Yolanda Matías es autora del libro Tonalxochimej (Flores del sol), obra publicada en 2013, y de las antologías Semanauakuikatl (Canto al universo), publicada en 2018; de Ipetlakayo Anauak (Destellos del Anáhuac), en 2024.