Manu Ureste · 24 de octubre de 2025
Todo ocurrió en cuestión de minutos. Entre las 12:15 y las 12:20 horas del 14 de octubre.
Pleno día, en plena calle.
María de los Ángeles Valenzuela, de 26 años, estaba en la puerta de su casa, en la colonia Salvador Allende de Mazatlán. Conversaba sobre cosas cotidianas con su esposo y su suegro, en presencia de uno de sus dos hijos de dos y cuatro años. Poco después, los hombres subieron a una camioneta para ir a la tienda.
Entonces, antes de que María alcanzara a entrar de nuevo a su vivienda, un auto blanco frenó frente a ella. Las puertas se abrieron de golpe y dos hombres descendieron con armas largas en las manos.
—Mi hija se defendió lo más que pudo, pero la subieron a la fuerza al coche —cuenta en entrevista la señora Rosas, madre de María de los Ángeles, quien tuvo acceso al video de la cámara de vigilancia instalada en la casa.

Durante el forcejeo, dos personas intentaron ayudarla, pero los sujetos también les apuntaron. El vehículo se puso en marcha y tomó una calle principal, muy cerca de una escuela llamada Pemex. Ahí, cuenta Rosas, su hija logró abrir la puerta y saltar del carro, pero solo momentáneamente. Otra pareja que estaba en la calle trató de auxiliarla, pero también fue amenazada. Los agresores la volvieron a subir al auto y se la llevaron.
Desde ese momento no se sabe nada más de María de los Ángeles.
Su caso se suma a las más de 500 denuncias por desapariciones registradas en un año en la ciudad portuaria de Mazatlán, pero tiene una particularidad: María es fundadora del colectivo de búsqueda Corazones Unidos. Desde el 15 de noviembre del año pasado buscaba a su padre, Manuel Valenzuela Osuna.
Ahora, ambos están desaparecidos.
La señora Rosas —que pide no mencionar su nombre— ya no está en Mazatlán, por seguridad. No sabe por qué se llevaron con violencia a su hija, a quien define como una mujer “luchona, platicadora, amistosa, y muy aventada para hacer las cosas”. Quizá por envidias —la mujer dice que su hija estaba muy activa en redes sociales, donde mostraba su trabajo haciendo manicure, pedicure y alisando el cabello—. Quizá alguien pensó que tenía dinero porque, a veces, prestaba pequeñas cantidades a sus amigos, organizaba colectas y donaciones para ayudar a los pacientes del Hospital General, y le gustaba vestir bien.
O, probablemente, tuvo que ver con su actividad como buscadora y activista en un estado como Sinaloa, que desde septiembre del año pasado, cuando estalló la guerra al interior del Cártel de Sinaloa, tras una supuesta traición de uno de los hijos del Chapo Guzmán al capo Ismael El Mayo Zambada, detenido y preso en Estados Unidos, suma más de dos mil asesinatos y dos mil desapariciones en una de las entidades más violentas de México.
—Una vez me contó que le mandaron un mensaje diciéndole que ya no anduviera moviéndole a nada —relata la señora Rosas—. Pero ella salía para todos lados. Pienso que no le daba importancia a eso.
María de los Ángeles está por cumplir ya dos semanas como desaparecida. Tiempo en el que su madre denuncia que las autoridades de la Fiscalía sinaloense “no han hecho nada” por encontrarla. Incluso, denuncia que tuvo que insistir para que publicara la ficha de búsqueda de su hija.

—Mazatlán está horrible. Pero nadie lo quiere entender. Y si usted va a la Fiscalía a poner una denuncia, lo ignoran por completo —acusa la mujer, que se siente desesperada por el paso de los días y la ausencia de noticias y de alguna pista que lleve al paradero de María de los Ángeles.
—Lo único que quiero es que me la regresen, sea como sea —dice la mujer tras exhalar un largo suspiro—. Pero que me la regresen. Quiero una pista, algo, porque no tengo nada. No sé si tengo miedo, o qué es lo que siento. Solo le pido a Dios que me regresen a mi hija. Lo demás no me interesa.
Tras la desaparición, el colectivo Corazones Unidos por una Misma Causa AC, publicó un comunicado en el que exige a las autoridades la búsqueda inmediata de María de los Ángeles y su regreso con vida, y lamentó el hostigamiento en contra de las personas buscadoras en Sinaloa y el país.
“No es posible que quienes buscamos verdad y justicia sigamos siendo perseguidas y silenciadas. ‘No más violencia contra las buscadoras!”, pidió el colectivo a través de una publicación en redes sociales.
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Si bien no hay un registro oficial de personas buscadoras desaparecidas, reportes periodísticos e informes de diferentes organizaciones civiles señalan que en el pasado sexenio de Andrés Manuel López Obrador se registraron, al menos, nueve casos de personas buscadoras desaparecidas. Mientras que en los últimos 13 años se han registrado 26 casos de asesinato, feminicidio o desaparición de familiares de personas desaparecidas en el país, para un promedio de dos cada año.
Tres casos recientes de desaparición —además del de María de los Ángeles— son los de Lorenza Cano Flores, integrante del colectivo Salamanca Unidos Buscando Desaparecidos. Ella fue privada de la libertad el 15 de enero de 2024 en Salamanca, Guanajuato. Actualmente continúa como no localizada.
Héctor Aparicio Martínez, integrante del colectivo Familiares en Búsqueda María Herrera, desapareció el 26 de enero de este año en Tihuatlán, Veracruz.


Y José Francisco ‘Panchito’ Arias Mendoza, integrante del colectivo Hasta Encontrarte. Él fue secuestrado el 9 de junio pasado en Irapuato, Guanajuato. También continúa desaparecido. En su caso, reportes refieren que sujetos armados ingresaron a su casa y lo secuestraron, luego de asesinar a su hijo de 27 años, Jaime González Vazquez.
Don Panchito y su esposa Eva María buscan a su hijo Miguel Ángel González Vázquez, desaparecido el 20 de enero de 2022, y localizado sin vida en febrero de 2023. Pero como la Fiscalía sólo restituyó fragmentos del cuerpo, ellos decidieron continuar con la búsqueda, así como apoyar en el rastreo de otras víctimas de desaparición y participar en marchas activamente.

Otro caso reciente, pero de asesinato, es el de la madre buscadora María del Carmen Morales, que formaba parte del grupo Guerreros Buscadores de Jalisco que detectó el campo de entrenamiento del crimen organizado en el rancho Izaguirre a principios de marzo pasado.
La mujer fue asesinada la noche del 23 de abril junto a su hijo. María del Carmen buscaba a otro de sus hijos, desaparecido. De acuerdo con las autoridades, dos hombres en motocicleta atacaron a su otro hijo de 26 años y la madre buscadora trató de defenderlo, por lo que también fue agredida.
La desaparición de María de los Ángeles se da en un contexto de aumento de la violencia en la ciudad portuaria de Mazatlán, en el Pacífico mexicano.
De acuerdo con datos del Registro Nacional de Personas Desaparecidas, entre septiembre de 2024 —cuando se produjo la ruptura entre mayitos y chapitos— y el 20 de octubre de este 2025, suman 553 denuncias por desaparición, de las cuales continúan vigentes a la fecha 404, el 73 %.
Esta cifra supone un aumento de denuncias del 83 % en comparación con el mismo periodo del año anterior, antes del estallido de la guerra en el cártel, cuando se registraron 296.
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Por otra parte, tan solo entre enero y septiembre de este 2025, suman 95 asesinatos en Mazatlán; hasta un 227 % más que en el mismo periodo del año pasado. De hecho, en nueve meses de este año suman más asesinatos que en todo 2022 y 2023 juntos.
Ante estas cifras oficiales y los casos recientes de desaparición de la madre buscadora María de los Ángeles Valenzuela, de los dos primos Edwin e Isaac, de 17 y 15 años, y del duranguense Carlos Emilio Galván, de 21, especialistas en seguridad como David Saucedo plantean que “era cuestión de tiempo que la guerra del cártel llegara a Mazatlán”.

“En Culiacán convivían las dos facciones, había una línea de frontera entre los dominios de los chapitos y los mayitos. Por eso es ahí donde se ha dado mayoritariamente la batalla”, planteó el experto en una entrevista.
“Mazatlán, en cambio, era un territorio libre de violencia porque estaba controlado solo por los chapitos. Ellos se encargaban del cobro de derecho de piso, de controlar a las autoridades locales, de financiar campañas, etcétera. De igual manera a como hacían en otros territorios serranos”.
“Sin embargo —agrega—, era evidente que tarde que temprano la guerra iba a llegar a Mazatlán, porque aunque el Mayo Zambada y su gente controlan Guaymas y otros puertos del Pacífico sur, en algún momento llegarían para cortar a los chapitos la entrada de precursores químicos y de cocaína a ese puerto”.