Marcela Nochebuena · 21 de marzo de 2026
El cierre del acceso a las cárceles capitalinas no detiene el ímpetu de la compañía de teatro penitenciario Calacas y diablitos, que presentará una nueva temporada en el Albergue del Arte en Coyoacán, para recordarle a la sociedad las ramificaciones de la vida dentro y fuera de prisión.
En marzo, abril, mayo y junio —a partir de este sábado— ofrecerán cuatro propuestas unidas por los temas de reflexión y denuncia que las atraviesan: la corrupción y la burocracia mexicana, la reinserción y la redención, las cárceles mentales, el machismo, las masculinidades o los vínculos amistosos.

La mordida es una puesta en escena que habla de la burocracia mexicana, y de lo que tiene que enfrentar una persona cuando sale del reclusorio, desde el simple hecho de tramitar papeles. Hay ahí una crítica implícita a la carta de antecedentes penales, que merma que alguien pueda tener un trabajo.
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“Todo esto lo llevamos a la comedia, al clown, a algo tan absurdo que realmente lo vemos en varias escenas, que al final la dramaturgia y la dirección nos lleva a una oficina de trámites y servicios y la cuestión es dar o no la mordida, y lo mejor es que el espectador decide eso”, relata Ismael Corona, integrante de la compañía.
Desde hace mucho que, como grupo teatral, se han enfocado en esa reflexión, y si esos actos tenían relación con una persona o un partido, pero la respuesta es que el sistema ya estaba así. La obra está dirigida por Artús Chávez, y se ha ido reformulando desde 2025.
“La espera” se montó por primera vez en 2017 y se trata de una puesta más testimonial, donde cuatro personas –incluidas Ismael— platican sus memorias en torno a lo que esperaban al llegar a la cárcel, durante su estancia en ella y cuando obtuvieron la libertad, incluyendo el propio planteamiento de impulsar una compañía de teatro.
“Al ser teatro testimonial dirigido por la maestra Conchi León, nos damos cuenta de cuáles fueron los motores para que nosotros delinquiéramos, y todo viene desde cómo estamos constituidos como hombres. Entonces, cada uno tiene distintas necesidades y esto es lo que nos lleva a delinquir, y contamos nuestras memorias”, explica Corona.

Ahí subyace la reflexión de cómo un ser humano, no necesariamente encerrado en una cárcel física, sino quizá también mental, empata al ver esas historias, lo que conlleva una intención de prevención del delito. Esas dos obras les llevan a cuestionarse su libertad, ante el hecho de que cuando ya no hay barreras físicas, el teatro es la vía para buscar igualmente la libertad mental, al generar conciencia de sus puestas en escena.
“Y llegamos a la conclusión de que todos somos bien machistas, y venimos de relaciones femeninas que también tienen esa educación machista, nos conflictuamos por estas cuestiones del feminismo disfrazado de machismo, o no, o lo que realmente sí es, y entonces en esta tarea hicimos otro montaje con la maestra Cess Enríquez, un cabaret que se llama Las Hijas de Aztlán”, añade.
Ahí protagonizan los personajes de mujeres que cuentan la historia de Próculo, un revolucionario de 1910 que quiere regresar en 2025 a aquellos tiempos. Por eso cuestiona a los hombres acerca de cómo es la masculinidad frágil. Tres mujeres se enteran de sus reclamos y deciden intervenir pues les parece imposible esta regresión, y entonces se cuenta la historia “de esas tres curanderas del destino”.

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A estas se suma el primer montaje de la compañía una vez que estuvieron fuera, que es la farsa “Las 80 mejores amigas”. Tres mujeres en una cabina de radio hablan sobre las amistades, la infidelidad en esos vínculos, y cómo habla la conciencia, la subconsciencia y la inconsciencia a través de mujeres divas de la farándula. Llegar al Albergue del Arte es parte de un esfuerzo de la compañía de moverse a recintos no tan convencionales del teatro.
En abril de 2025, el Sistema Penitenciario de la Ciudad de México, tras pasar de la administración de la Secretaría de Gobierno a la de Seguridad Ciudadana, cerró las puertas a la compañía de Teatro Penitenciario para ofrecer funciones en reclusorios, como lo hicieron durante 16 años.
Esto no detuvo la iniciativa, sino que el año pasado la compañía Calacas y diablitos decidió llevarla a otros estados, como el Centro Penitenciario Regional de Villa de Etla y el cereso femenil Tanivet en Oaxaca, así como el cereso número 1 en San Miguel de Allende, Guanajuato. A través de la experiencia personal, como se hizo en la Ciudad de México, se crean monólogos, dramaturgias o reflexiones sobre temas específicos al final de las funciones. Las posibilidades siguen abiertas a otras entidades.

Por otro lado, la estrategia para seguir teniendo presencia en la capital ha sido moverse mediante las artes gráficas en el Reclusorio Preventivo Varonil Sur, con el taller de costura número 24 y el proyecto Cana 77, de creación de moda con impacto social: prendas que son confeccionadas en el reclusorio e impresas por el taller de serigrafía en el interior como en el exterior.
“Se integran más compañeros, de hecho ya somos más, de tres que éramos ahora somos ocho personas, y buscamos darle continuidad al teatro buscando los apoyos, hacer las gestiones para poder bajar recursos y continuar”, relata. Además, se están preparando para la producción de un cortometraje, que se llamará Lucernario, con Disruptiva Films, donde participará la mayoría de los integrantes de la compañía que ya están en libertad.
Corona recuerda que el mensaje del teatro penitenciario también está sujeto a un cuestionamiento, pues no necesariamente el arte cambia a las personas: “Todo proyecto se desvirtúa y lo autogestivo se capitaliza, entonces creo que es necesario, de cierta forma, pero lo es más el no ser transa, que es lo que platicamos en La mordida, porque si no, nos dedicaríamos a otra cosa, que bien lo sabemos hacer”.
Sin embargo, hoy están convencidos de que ya no les corresponde el universo de seguir delinquiendo, pues hay una alternativa a través de las artes escénicas. Subraya que eso tampoco implica que se les victimice o se les glorifique cuando fueron victimarios, sino simplemente decir que tomaron decisiones por ciertos entornos sociales y familiares.

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“El cuestionamiento es qué hay del otro lado, con el espectador, también los invitamos a cuestionarse dónde están parados, con quiénes se relacionan, porque esto lo hemos hecho; primero generamos un impacto en nuestras personas para después generar el impacto en los espectadores y con las Hijas del Aztlán perderle el miedo al ridículo, porque uno pensaría que cuando sales de la cárcel, todo es violencia, traición y odio.
“Así está constituido y claro que lo aprendes, pero una vez que obtienes la libertad te tienes que quitar esas armaduras para poder estar ligero, porque sino tienes el 80% de posibilidad de regresar, y claro que vas a regresar, porque el sistema así está diseñado para que regreses”, añade.
Consumir este tipo de teatro, remarca, es importante porque se están poniendo esos granitos de arena, más que para la reinserción o readaptación, que es muy difícil porque no hay mancuerna entre las autoridades y la voluntad del individuo, para el tejido social. “Este tejido es necesario y qué mejor que las artes, escénicas, gráficas, fotografía, cartonería, el tejido, el bordado, la costura, que se supondría en otros universos que son trabajos femeninos, pero cuando lo hace también un hombre ya generas otras metáforas, otras formas de visualizar un trabajo”, concluye.

A la compañía la integran Javier Cruz, Ismael Corona, Juan Luis Hernández, Antonio Hernández, Rafael Martínez y Eduardo Sixto. Hoy es independiente y autogestiva, y busca que sus historias partan de experiencias personales o funcionen como espejo frente a la realidad actual.