Manu Ureste · 4 de octubre de 2024
–Tenemos miedo de mirar al cielo.
Laura Guzmán, de 55 años, es vecina del Infonavit Alto Progreso, ubicada en la parte alta del puerto de Acapulco. Está sentada junto a otro grupo de unas 20 personas, en su mayoría vecinas, en una banqueta. Todas tienen gesto cansado y de preocupación mientras se van pasando un celular que observan con mucha atención.
En la pantalla del aparato, la imagen satelital de una enorme mancha amarilla con forma de espiral y puntos rojos hace que en automático las mujeres abran mucho los ojos y se lleven la mano al pecho, espantadas. Es el reporte meteorológico que anuncia la llegada de una nueva tormenta tropical a tan solo unos días de que el pasado 24 de septiembre el huracán John trajo cuatro días ininterrumpidos de fuertes lluvias, millonarias pérdidas económicas, y al menos 15 muertos en Guerrero.
–Es que sí, ya nos da mucho miedo mirar al cielo –insiste la señora Laura, que pasea la mirada por los bloques de siete edificios que tiene delante, su hogar y los de sus vecinas.
Lee | Sin realizar recorridos, Claudia Sheinbaum visita Acapulco para evaluar daños por John
El conjunto de inmuebles, en cuya entrada hay un bonito mural de una persona lanzándose –brazos en cruz—un clavado sobre el mar, está arriba de un cerro, cuya ladera se ha desgajado por el paso de John y por las continuas lluvias torrenciales que reblandecieron la tierra.
El deslave provocó que un montón de rocas que sostenían la ladera se derrumbaran aplastando un par de coches y destrozando una carretera estrecha.

Afortunadamente, no hubo víctimas mortales que lamentar. Pero, los edificios, que según explica la señora Laura ya estaban dañados y atravesados por grietas debido a los terremotos que también son comunes en Acapulco, se encuentran a pocos metros de la ladera desgajada, por lo que todos los vecinos y vecinas fueron evacuados por Protección Civil que acordonó la zona en espera de hacer más estudios del inmueble.
—No tenemos dónde dormir. Hemos andado buscando un lugar para rentar estos días, pero no encontramos nada, y lo que hay está carísimo. No lo podemos pagar. Necesitamos que nos volteen a ver –pide la señora Laura Guzmán, que, como el resto de mujeres, alza la mirada con mucha preocupación para observar los nubarrones grises que estos días acechan el puerto de Acapulco, por temor a más deslaves o a un derrumbe fatal.
–Queremos rescatar nuestras cosas. El patrimonio que con mucho esfuerzo hemos ido comprando. Por eso necesitamos que nos apoyen lo más pronto posible, porque esto no es algo de mañana o pasado. Necesitamos ayuda hoy, ya, porque se comenta que vienen más lluvias y no sabemos cuánto van a aguantar esos edificios. Ya se hicieron para atrás –agrega la mujer, sin dejar de mirar el conjunto habitacional, ya completamente deshabitado.
De acuerdo con un reporte de la Guardia Nacional y el Ejército mexicano, ambas instituciones instalaron 86 albergues tras el paso de John, dando refugio, atención médica y alimentación, al menos a 3 mil 455 personas afectadas en Guerrero, incluyendo Acapulco.
Sin embargo, cuando se le pregunta a los vecinos y vecinas del Infonavit Alto Progreso dónde pasarán la noche, algunos responden que se irán con familiares, otros con amigos que les dieron chance por unos días, y otros encogen los hombros con gesto grave en sus rostros.

—Muchos no tenemos a dónde ir. Los refugios están llenos y ya no nos quieren recibir. Por eso pedimos a las autoridades que nos reubiquen en algún lugar, porque aquí ya no podemos estar –subraya doña Laura, que apunta de nuevo a los edificios que, insiste, están ‘ladeados’ por los movimientos de tierra.
–Ya toda esta parte del cerro está muy frágil y se puede caer. Nos da miedo volver. Tienen que checar muy bien y a detalle los edificios. Más lluvias fuertes o un temblor, y se vienen abajo. Tienen que apoyarnos, lo hemos perdido todo.
El pasado martes, la alcaldesa de Acapulco, Abelina López, recorrió precisamente este Infonavit, y prometió a los vecinos que se les daría atención y ayuda. Por lo pronto, ordenó a Protección Civil que instalara unas largas lonas sobre la ladera desgajada para, en caso de nuevas lluvias torrenciales, tratar de mitigar en algo el riesgo de más derrumbes. Aunque, para los vecinos y vecinas se trata de una medida estéril que poco o nada contendría los embates del clima, en caso de nuevas inundaciones.
Lee también | Claudia Sheinbaum anuncia reparación de bombas de suministro de agua y censos de damnificados para Oaxaca y Guerrero tras John
–La presidenta municipal está preocupada, claro, porque no nada más es nuestro caso. Hay muchos otros lugares en la ciudad donde hay mucho destrozo –plantea el señor Juan, también vecino del inmueble dañado.
–Nos dio un camino de esperanza para resolver esta situación. Se comprometió a que va a seguir viéndonos para llegar a un acuerdo y se nos dé el apoyo total –agrega el hombre, que a continuación endurece el gesto para advertir que no disponen de mucho tiempo, pues mucha gente está, literal, viviendo en la calle en espera de una rápida intervención de las autoridades, a las que les exigen una respuesta.
–Queremos enfatizar que la situación que vivimos es crítica y urgente. Nuestros edificios están en riesgo de colapso y hemos sido evacuados. Lo hemos perdido todo.
Lee también | Afectados por John en Costa Grande, Tierra Caliente y Montaña de Guerrero denuncian falta de apoyos
A no muchos kilómetros del lugar, también en la parte alta de Acapulco, en la colonia Libertad, otro nutrido grupo de unos 30 vecinos aguardan sentados sobre la banqueta y sobre los restos de dos coches que fueron aplastados por enormes piedras que cayeron de lo alto de un cerro muy próximo, a que unos 10 soldados terminen de abrir brecha en una calle intransitable por el lodo.
La mayoría perdió también su casa.
Heriberto, al que todos en la conocen más como Erick, se levanta de inmediato del coche nada más ver a los periodistas y con un ritmo vertiginoso comienza a explicar que él es el dueño del auto completamente siniestrado, y de otro vocho que tiene colina arriba, el cual fue sepultado, literal, por lodo, piedras y un enorme árbol que cayó sobre él arrastrado por la fuerza descomunal del agua que bajaba de la sierra.

En esta colonia, los vecinos dicen bajando la voz y con gesto compungido que fallecieron dos personas, un hombre y una mujer. Según relatan, tres días después de que John tocara tierra y se desataran las lluvias torrenciales, el 27 de septiembre, a eso de las cinco de la mañana comenzaron a escuchar ruidos extraños en el cerro, a la par que el suelo se cimbraba a cada rato. Pensaban que era un temblor, sin percatarse de que se trataba de enormes piedras que rodaban por la pendiente del cerro, llevándose por delante todo a su paso. Entre las viviendas que impactó estaban las de los dos vecinos fallecidos.
—La gente pedía auxilio, pero no podíamos hacer nada por ellos. Eran las cinco de la mañana y todo estaba oscuro. Las rocas enormes venían rodando desde allá arriba. Se escucha horrible –lamenta Erick, aún visiblemente afectado tras perder su casa y sus dos carros.

–El agua y las piedras se lo llevaron todo. Casas, coches y personas –interviene Jaime Ramírez Lorenzo, otro vecino damnificado. Su casa de techo de lámina, de la que saca como puede un colchón, estaba a unos pocos metros de la calle empinada por donde pasaron rodando las enormes piedras de la montaña. Parte del cerro donde está asentada la casita se desgajó también, pero la vivienda no colapsó de milagro, y él, su mujer, y sus dos hijos salvaron la vida “por cuestión de segundos”. Por eso, dice que está “aliviado” y “agradecido con Dios”, porque alcanzaron a salir muy rápido de la casa siniestrada, aunque por otro lado también se muestra “muy preocupado”, pues su vivienda quedó inhabitable, como la mayoría de las que estaban en la calle Niños Artilleros, ampliación Libertad.
–Llevo 32 años viviendo en esta colonia y nunca se había mirado algo así, de esta magnitud. Ni con Otis, ni con Paulina. Nunca hubo un derrumbe aquí. Y ahora… mire esta desgracia –dice el hombre rodeado de escombros, en mitad de un lodazal por el que aún continúa filtrándose el agua que baja del cerro.
–Llovió tanto –agrega con una sonrisa trémula–, cayó tanta agua, tantas piedras y tanto lodo, que una semana después todavía no sé dónde quedó mi carro.

La señora Francisca Morales también es vecina de la calle Niños Artilleros, de la colonia Libertad y también perdió su vivienda. Siniestro total por el impacto de las piedras que bajaron rebotando desde lo alto de la montaña. Afortunadamente, ella había salido un día antes de la casa para refugiarse con unos familiares. Pero ahora, también lo ha perdido todo.
–Yo digo que el Gobierno nos tiene que reubicar en otro sitio. Si ya no nos van a dejar vivir aquí, supongo que nos prestará ayuda para vivir en otra parte, ¿no? –se pregunta la mujer de 71 años.
–Aquí ya no podemos volver –niega con la cabeza y con ambos brazos puestos en jarra sobre la cintura–. Tenemos miedo de que haya otro derrumbe, y si luego se vienen más lluvias, ¿cómo le vamos a hacer? –vuelve a preguntar la mujer, que solo obtiene un largo silencio por respuesta.

En la colonia 20 de Noviembre, otro de los lugares dañados en la parte alta de Acapulco –desde sus laderas se aprecia la inmensidad del puerto y del mar que baña la Bahía–, sucedió algo muy similar a lo acontecido en la colonia Libertad: de lo alto de los cerros comenzaron a caer piedras rebotando contra carros y casas.
Una de las viviendas dañadas es la del señor Juan Fuentes Sánchez, de 76 años, un criador de gallos que viste una playera amarilla que alguien le regaló luego de perderlo todo. Su humilde casa de techo de lámina y piso de tierra quedó prácticamente inhabitable, con varios metros de lodo cubriendo el piso. Muy cerca de ella, una piedra que debe pesar varias toneladas pasó rodando cerro abajo. Milagrosamente, se detuvo frente a la puerta de otra casita donde habitaba un matrimonio que salvó la vida por apenas unos centímetros.
El señor Juan, que va tocado por un sombrero de paja para cubrirse del sol de Acapulco, aunque van varios días que el clima se mantiene muy nublado, pero sin lluvias fuertes, también salvó la vida por poco, asegura. Arriba de una piedra que cayó cerca de lo que queda de su hogar enfangado, el hombre explica que se estaba haciendo algo de cenar, cuando escuchó ruidos y se puso unos zapatos, un short, y un par de calcetas al hombro. Abrió la puerta de su casa y en mitad de la oscuridad del cerro vio un torrencial de agua bajando por la ladera, y un montón de “piedrotas” rodando. Sus perros y sus gallos fueron arrastrados por la corriente junto a las piedras.

Al día siguiente, las vecinas no lo encontraban. Pensaban que también había sido arrastrado por el aguacero, como el vocho que hay volcado en mitad de un barranco y completamente destrozado; o como la casita de otro vecino que fue, literal, arrancada de cuajo de su base, y arrastrada montaña abajo hasta chocar con otra casa.
Pero Juan salvó la vida. Por eso, como Jaime Ramírez, el vecino de la colonia Libertad, dice que está muy agradecido con Dios, aunque también muy preocupado por no saber, literal, dónde dormirá en la noche, ni qué comerá mañana.
–Hasta ahora nadie ha venido aquí a darnos una ayuda. Ninguna despensa, nada. Aquí arriba estamos solos –lamenta el hombre con el gesto compungido.