Paula Paredes · 9 de octubre de 2026
En las canciones de “Nocturno”, el último trabajo de Miguel Inzunza conviven distintas formas de habitar el mundo: la contemplación que surge frente al mar, la intensidad de los romances en la ciudad y la vulnerabilidad de poner en palabras aquello que, en ocasiones, resulta difícil expresar directamente.
Ahora, este disco doble que reúne dos atmósferas llegará en un formato imperdible a El Catoral en un espectáculo concebido como un recorrido por las emociones.
Conversamos con él sobre el proceso creativo detrás del álbum, la relación entre la poesía y la canción, las complicidades que surgen al colaborar con otros músicos y la manera en que entiende su oficio.
Puedes leer: ‘Everything in Its Right Place’ es lo mío: Harry Styles en conversación con Thom Yorke
“Nocturnos” reúne canciones que Miguel Inzunza escribió a lo largo de los últimos años y que, al observarlas en conjunto se puede notar que algunas composiciones tenían un carácter más contemplativo, mientras que otras estaban atravesadas por la intensidad y la euforia de la vida urbana.
“El disco reúne una colección de canciones que se fue dando a lo largo de los años pasados. Es un disco doble que se llama Nocturnos, pero tiene dos volúmenes: La noche de ciudad y La noche del mar. Me di cuenta de que algunas canciones tenían un componente más contemplativo, que eran las que estaban en el mar, mientras que las otras pertenecían a la ciudad”, explica.
Parte de ese universo nació durante la pandemia, cuando el músico se refugió en una casa junto al mar y encontró en ese aislamiento una forma distinta de observar su entorno.
“Me fui a esconder a una casita junto al mar y me convertí en el chanclautor: me volví una especie de ermitaño marítimo”, recuerda.
La experiencia no solo dejó huellas en las imágenes y las palabras de las canciones, sino también en la perspectiva desde la que fueron escritas.
“Cuando estás en el mar, tienes una posición muchísimo más contemplativa, quizás. Ves las cosas de una manera muy diferente”, agrega.
Frente a esa quietud, la ciudad aparece como el espacio de los romances, la intensidad y una euforia que también puede ser profundamente bella.
La división entre ambos volúmenes refleja, además, una dinámica personal: Inzunza vive en constante tránsito entre esos dos espacios. El cambio de ambiente modifica incluso la manera de experimentar los conflictos. Frente al mar, dice, hasta las cosas problemáticas adquieren otra dimensión.
La búsqueda de una atmósfera particular también definió el proceso de grabación. Como productor del álbum, Inzunza decidió alejarse de la dinámica convencional del estudio y llevar el equipo hasta los espacios cotidianos de los músicos. La intención era capturar algo más que una interpretación técnicamente correcta: quería conservar la relación entre cada músico y su entorno.
“El proyecto de grabación fue algo que disfruté muchísimo. Yo soy el productor, así que grabé a los músicos y fui itinerante con una unidad de producción. En lugar de meternos en un estudio de grabación convencional.Me fui a buscar a los músicos y a grabarlos en sus casas, adaptando los espacios, porque quería capturar un poco esa vibra del músico en su propio entorno, en un lugar donde estuviera más cómodo”, cuenta.
A esa decisión se sumó el interés por integrar las características acústicas de los lugares en el propio registro sonoro. Las voces, por su parte, fueron grabadas en una casa que tiene junto al mar. Así, la intimidad que atraviesa el disco no se limita a las letras, sino que también forma parte de las condiciones en las que fue construido.

La relación entre poesía y música ocupa otro lugar importante en el proceso creativo de Inzunza, quien también es escritor. Aunque algunas de sus composiciones parten de poemas o terminan musicalizadas, el músico distingue entre ambos formatos por la relación que establecen con quien los recibe.
“Siento que la canción es un poco más amable. Demanda una amabilidad hacia la escucha, tanto por lo musical como por el propio lenguaje; es decir, los versos están medidos”, explica.
En la poesía encuentra una relación distinta con la palabra escrita, un diálogo que sucede en la página y que no necesariamente necesita trasladarse a una composición musical. La canción, en cambio, responde a una estructura en la que cada elemento debe encontrar su lugar.
“La canción es como una especie de maquinaria de reloj, en la que todas las piezas tienen que ser funcionales y girar. Es una maquinita, un relojito, y no siempre el poema calza en ella”, afirma.
La posibilidad de convertir un poema en canción depende, entonces, de que el lenguaje y el estilo puedan adaptarse a esa estructura sin perder su naturaleza. Para Inzunza, el reto está en reconocer las fronteras entre ambos lenguajes y saber cuándo conviene mantenerlos separados.
Escribir implica exponerse, pero Inzunza ha encontrado en la construcción de personajes y voces ficcionales una forma de explorar sus emociones sin convertir cada canción en una confesión estrictamente autobiográfica. Ese recurso le permite ocultar parte de la experiencia personal dentro de imágenes que pueden adquirir significados diferentes para cada oyente.
“Uno es vulnerable todo el tiempo cuando escribe. Pero siento que a veces me sirvo de una coautoría con otro sujeto de enunciación, con otro sujeto lírico, con otro compositor que es un compositor ficcional”, explica.
Ese espejo imaginario funciona como una distancia creativa que, lejos de restarle honestidad a la obra, amplía sus posibilidades de interpretación. En lugar de ofrecer una experiencia cerrada, la canción deja espacio para que otras personas reconozcan en ella sus propias historias.
“La diferencia, está en que una canción demasiado confesional puede colocar al público en la posición de un observador, mientras que una obra abierta a distintas interpretaciones permite que cada persona se apropie de ella. Cuando lo dejas así, polisémico, puede sufrir él y decir: “No, creo que soy yo de quien está hablando””, explica.
En Nocturnos, la participación de Leonel García representa uno de esos encuentros musicales que también tienen un significado personal para Inzunza. Admirador de su trabajo como compositor y cantante desde hace años, el cantautor lo invitó a interpretar una de sus canciones y encontró en su intervención una nueva dimensión emocional para la pieza.
“Lo primero que me impresionó fue cuánto creció la canción con su participación, porque una cosa es tener una voz increíble y otra es ser un gran intérprete. El intérprete amplifica las emociones, y la verdad es que Leonel me regaló eso: una gran expansión de las emociones”, comparte.
La colaboración también tiene un valor simbólico para alguien que creció escuchando las canciones de Sin Bandera. Cruzar caminos con García, construir una amistad y encontrar complicidades creativas representa una satisfacción que va más allá del resultado musical.
“Es como un abrazo al joven compositor que fui, que soñó con sus canciones y que escuchaba esa música en su entorno”, expresa.
Miguel ahora llevará nocturnos a el Cantoral, y el tránsito entre lo íntimo y lo expansivo también será uno de los ejes del concierto que Miguel Inzunza prepara.
El espectáculo reunirá a una banda integrada por músicos con los que busca construir una experiencia capaz de recorrer distintos niveles de intensidad, desde las interpretaciones acústicas hasta la fuerza del ensamble completo.
“Estoy armando un show con una banda poderosísima de músicos. He tenido la fortuna de que estén en la ciudad porque todos ellos son estrellas y viven de gira. He logrado reunir una banda muy poderosa”, adelanta.
El repertorio alternará momentos de guitarra limpia con otros en los que la banda tomará el protagonismo. También habrá intervenciones individuales, como la participación de una violinista, para abrir espacio a diferentes matices sonoros.
La presentación, además, será documentada. Para Inzunza, registrar esa noche responde tanto a la importancia del encuentro como a las características del recinto, cuya acústica considera un elemento fundamental de la experiencia.
“Es un intento de documentar una noche especial y, en un espacio tan especial, había que intentarlo. El Cantoral es uno de los escenarios más virtuosos en términos de acústica y belleza de toda Latinoamérica. Presentarse allí también amplifica, a su manera, lo musical”, comenta.
El músico también anticipa que habrá invitados especiales, aunque prefiere reservar sus nombres para anunciarlos posteriormente.
A lo largo de su trayectoria, Inzunza ha recibido dos nominaciones al Grammy en las categorías vinculadas con su trabajo como ingeniero y productor. Sin embargo, al hablar sobre el significado de esos reconocimientos, establece una diferencia entre el aval de la industria y la conexión íntima que puede surgir entre una canción y quien la escucha.
“Yo lo dividiría muy fácilmente. Son del orden del marketing musical, porque para lo que te sirve un poco eso es para cacarear que la industria te sonríe de alguna manera. Pero no se compara para nada con que alguien se acerque y te diga: “Me puse tu canción como abrigo en esta situación tan difícil”, afirma.
Para el cantautor, esa experiencia pertenece a otro ámbito: uno en el que la música deja de ser únicamente una obra o un producto y se convierte en compañía. Los reconocimientos tienen su lugar dentro de la industria, pero no sustituyen la posibilidad de que alguien encuentre en una canción una forma de atravesar un momento complicado.
“La industria funciona de una manera, tiene sus incentivos y sus notas: encabezado, nominado y todo eso. Pero para mí no representa más que la experiencia de saber que alguien tuvo una experiencia cercana con alguna de las canciones”, sostiene.
Cuando explica por qué eligió dedicarse a la música, Inzunza responde con humor. Recuerda una canción en la que bromea sobre su falta de talento para otras actividades, aunque pronto lleva la reflexión hacia una idea más amplia: la posibilidad de encontrar satisfacción en aquello que uno disfruta hacer, más allá de la promesa de alcanzar una meta.
“Yo creo que quise jackear el sistema de la felicidad y entonces me di cuenta de que, haciendo canciones, podía ser feliz en el camino y no en el destino. Ser músico es un poco jackear el sistema, si lo sabes hacer, porque en el camino estás todo el tiempo feliz de hacer lo que te gusta”, concluye.
Esa idea también parece resumir el espíritu de Nocturnos: un proyecto que encuentra en el contraste entre el mar y la ciudad dos formas distintas de experimentar las emociones. En el Cantoral ambas convivirán en un concierto que Inzunza imagina como una experiencia compartida, una noche para escuchar, sentir y dejarse llevar.
“No se lo pueden perder, porque es una excelente oportunidad para hacer una cita con su pareja, por ejemplo, y pasar una noche que estamos diseñando como una especie de ritual de las emociones”
Te puede interesar: El lado más noble de Guillermo del Toro: del altruismo al activismo